Esperanza y miedo

chucky 001

Me siento frente a un televisor en este momento escribo, reunida con gente de casi todas las preferencias; menos godos y uribistas… tan poco parecían haberse proliferado que ninguno conocía a alguien de tales preferencias. Todas las caras son una mezcla que trato de describir. Escribo esto no sé muy bien para expresar qué: ¿rabia? ¿Decepción? ¿Tristeza? ¿Confusión? Todas las emociones se mezclan un poco.

Cada quien aquí tiene su posición: simpatizantes fuertes y convencidos de Mockus, quienes creen que es simplemente ‘lo menos peor’, liberales tradicionales y vehementes, personas del Polo Democrático Alternativo, desencantados, y hasta quien cree que el candidato verde y el oficialista son “la misma mierda” (perdonarán la palabra… o no).

Primera –y todas– decepción, primera tristeza, rabia, confusión: la abstención, 51%. No lo digo por aquellos militares, trabajadores, coaccionados, que hacen parte de ese porcentaje, parte de la gente que no marcó un tarjetón. Lo digo por quienes se había calculado que votarían, los famosísimos primivotantes, al igual que los nuevos-no-jóvenes emocionados con estas elecciones. Esa famosa fuerza de la ola verde. Otra vez lo mismo. Yo soy simpatizante de Mockus y al fin y al cabo, me alegra que haya pasado a la segunda vuelta. Pero, ¿dónde está el tsunami? ¿dónde está la fuerza? Y bueno, no sólo verde, ¿dónde está el 70% de asistencia calculado por la Registraduría? Los mismos que eligieron y reeligieron a Uribe están catapultando a Santos. Invade el sentimiento: nada, nada cambia en este país; el ‘delfinismo’ no es sólo de elegidos, también de electores.

Lo que más me indigna no es que no haya ganado Mockus, claro que no. De hecho, no consideraba probable que lo hiciera, me parecía una buena idea regulativa para la campaña, más que un hecho plausible. Lo que me sacude es su diferencia con Santos, quien no sólo lo dobla en términos de votos sino que además conquista casi la mitad de los escasos votantes. De nuevo, el futuro político del país casi lo decide la mitad de la mitad de la mitad de la población, o algo parecido. Otra sorpresa fue que Santos ganara en Bogotá. Muchas personas no lo esperábamos… ¿Bogotá? ¿Esta capital dizque famosa por no ser oficialista, por no ser goda recalcitrante?

Me pregunto “¿Dónde quedó la “ola verde”? Tengo mi camiseta verde puesta, mi manilla, y me lo pregunto.

Y al mismo tiempo, me doy cuenta que soy un poco injusta; esto es todo resultado del diagnóstico de Vladdo: ‘encuestitis’ aguda. La decepción, me refiero. Las encuestas inflaron la campaña verde; inflaron la esperanza. Cierto es que las encuestas son inexactas, apenas dan un paneo de una situación general proyectando resultados particulares; pero esto ya es la tapa. Ninguna encuesta –ninguna– le pegó a nada: que foto-finish entre Santos y Mockus, que a ellos les seguía o Petro o Noemí (¡oh sorpresa! ¡Vargas Lleras!).Los desaciertos no son simple margen de error. ¿Exageración? ¿Coacción —con un fusil, con asistencialismo?¿Corrupción? ¿Tráfico de votos? ¿Abstención? ¿Todo junto?

Pues sí, inflamos la fuerza verde. Creamos una imagen de un tsunami, cuando teníamos una olita de cici aquapark. Y esa inflación es la que nos decepciona tanto. Quizás la ola estaba ya consumada en que Antanas Mockus recibiera poco más de tres millones de votos, cuando hace unos meses probablemente apenas hubiera llegado al millón. Quizás la movilización estaba en que Santos, delfín uribista no ganara en primera vuelta y que alguien como Gustavo Petro siguiera, por menos de 200.000 votos, a Germán Vargas Lleras y mantuviera al Polo ahí (al menos por ahora).

Quisiera recordar aquí las palabras –parafraseadas, claro– de un filósofo judío, de un excomulgado, un hereje, un marrano, un demócrata del S. XVII: que aquello en el hombre fuente de la superstición es el miedo, y aquello que lo complementa para moverlo, según la buena o mala fortuna, es la esperanza. Nos movemos, irreflexivamente, por miedo… también, por esperanza. Y esta vez, hablamos de esperanza hiperbólica, ni siquiera metódica.

Sin embargo, con toda la exageración creada, algo se logró. Aquí seguimos y lo que queda es una tarea inmensa. En lo que viene, prefiero apostarle a una esperanza más calmada, una esperanza trabajada, haciendo campaña fuerte… una esperanza más metódica. Mockus hizo lo que debía en su pronunciamiento post-elecciones: dejó puertas abiertas al candidato que desee unirse, que desee impulsar una nueva ola, esta vez para la segunda vuelta. Los votos que ya se contaron hoy no se pierden; ahora menos que nunca es el momento para abandonar el barco.

Prefiero esta fresca y sana esperanza a un viejo, muy viejo, pestilente miedo.

Links:

  • Te comento que conozco el Putumayo, y es una zona donde lamentablemente solo opera la ley del más fuerte. La votación de mockus en Putumayo no tiene nada que ver con legalidad, todo lo contrario, muchas personas del Putumayo fueron ‘afectadas’ por la terminación de la pirámide DMG, fenómeno que allá se originó, y juraron odio eterno contra uribe por haberles quitado su modo de hacer plata fácil.

    En los noticieros de t.v. del mediodía del lunes, entrevistaron ciudadanos del Putumayo y contestaron ratificando lo que estoy diciendo.

    Para mí, que la gente del Putumayo haya votado por mockus, en retaliación a que el gobierno les haya terminado un negocio ilegal, me ha parecido la prueba más contundente de que el proyecto de mockus es incoherente e inviable en las circunstancias actuales. Pues parecen sus seguidores unos pecadores, indudablemente muchos utilizando computadores con software pirata, promoviendo una legalidad que no se va a redimir por la elección de un presidente aparentemente honesto.

    Las cosas no funcionan así en las democracias libres, donde los ciudadanos deben tener la opción de ser buenos, pero también, la de ser ‘malos’ o irrespetuosos con las normas, y que sea una justicia fortalecida la que determine quien es quien.

    No se debe olvidar en qué país estamos, ni de donde venimos, ni quienes somos, por supuesto que hay que trabajar por un futuro mejor, lo cual eventualmente se logrará siempre y cuando nos mantengamos dentro de los parámetros de la realidad y lo viable.

  • Ariadna

    @chandaxi:
    Es cierto que se sobredimesionó la fuerza de la campaña verde; en eso contribuyó el ‘show-off’ de las manifestaciones, el refugio en lo virtual, los resultados de las encuestas, la esperanza… sin embargo, no creo que se haya tratado de “despreciar al resto del país”. Faltó ampliar la visión y desarrollar estrategias claras y contundentes para hacer campaña en esos sitios. Pero Putumayo, por ejemplo, es un ejemplo de lo que una campaña en pro de la legalidad puede hacer, y que no se trata de haberse centrado en las urbes. También eso está ligado al tipo de campaña que se quiere hacer, según los principios que pretenden sostenerse desde el partido verde; el intento de difundir ideas y principios generales con respeto se mostró mucho menos efectivo frente a un “ese les va a quitar el subsidio”.

    Desde cualquier clase social, sigue imperando el bien particular sobre el general (caso también de, por ejemplo, la baja votación que Rafael Pardo obtuvo) —la finquita, el subsidio (sea familias en acción, sea AIS), etc… Podemos identificar todo tipo de miedo que se manipula para movilizar votación; miedo que no hay que simplemente juzgar sino entender y buscar maneras de combatir, ya que es claro que son miedos que se refieren a la situación más concreta e inmediata de los votantes, miedos vitales.

    Definitivamente estoy de acuerdo: la campaña de los verdes, o busca un redireccionamiento, o está jodida. Eso es claro, se necesita contundencia, claridad, propagación.

  • Ariadna

    Cesar: qué buenas palabras.
    Tienes toda la razón; la filosofía en últimas siempre pide un pueblo. Sobre todo hablando de política, pide un pueblo que la haga irrumpir, que es lo que permite que acontezca. Quizás cuando se junta la esperanza filosófica con la «ingenuidad» de la juventud las caídas son triplemente duras. Y sí, ahí está la filosofía para argumentar y mitigar la decepción, para permitirse soportar la caída sin tantos daños colaterales. Por eso recuerdo a Spinoza.
    Como para reírse (irónicamente) un rato: http://instantaneasinmigrantes.blogspot.com/2010/05/animal-politico.html

  • Me identifico plenamente y agrego tres observaciones:
    1) Queríamos que ganara alguien como nosotros, o por lo menos alguien con quien nos identificáramos. Lamentablemente @chandaxi tiene razón y en este país los que son como nosotros son los menos.
    2) Una pista sobre lo que pasó en Bogotá tal vez la tenga un taxista: me dijo que, gustándole Vargas Lleras, votaría por Santos para evitar que ganara Mockus. La razón: “Mockus y Peñalosa nos jodieron a los taxistas cuando fueron alcaldes“.
    3) Lo que creímos eran metidas de pata de la campaña Santos, pudieron haber sido bien planeadas jugadas mediáticas. Aquí una muy buena explicación.

  • La burbuja verde fue una campaña que, de manera ilusa y hasta prepotente, se dirigió a la gente menos necesitada y a los ‘inteligentes’, desconociendo o mejor, despreciando, al resto del país verdadero, que es la mayoría.

    Algunos de sus activistas hoy dicen que la gente se vendió por un almuerzo, y que fueron los ignorantes quienes no votaron por mockus, lo cual, si de alguna manera es cierto, pues no se trató de un secreto, y demuestra en exceso la incapacidad de esa campaña para adoptar las direcciones correctas y oportunas.

    A la burbuja verde le veo más futuro como ONG que como gobierno.

  • César Gómez

    Adriana… creo que esto demuestra por qué la filosofía no sirve en última para nada, pero además, por qué en estos momentos es más urgente que nunca. Lo que decepciona es siempre un pueblo, o mejor, su inexistencia, o inoperancia. El pueblo es lo que falta, y esa es la denuncia una y otra vez de la filosofía… pero además el pueblo poca veces llega, los que sí llegan son la “gente de bien”. Tranquila, que no será la última decepción. Prepárate que para eso sí que sirve la filosofía, para tener argumentos y vivir decepción.