Las elecciónes en diferido

Deber porque a veces se nos olvida que no es simplemente un derecho sino que, para mantener un Estado que pretende basarse en la democracia representativa –palabras bastante vapuleadas y despreciadas en estos tiempos–, el voto es un deber. Sin embargo, esto, como mucho, se queda en ideal no sólo por quienes simplemente no salen a votar, sino también por amenazas, coacción y toda una serie de fenómenos que ni la nombrada “política de seguridad democrática” ha logrado subsanar. Peor aún, los índices de abstención durante la época en que Uribe ha estado en la Presidencia de Colombia, han aumentado. Y siguen. Afortunadamente todavía me alcanza la convicción y se dan las condiciones para poder salir, tranquilamente, a votar. Sobre todo: a votar por quien yo hubiera decidido.

Muchas cosas estaban en juego en estas elecciones. Bien es cierto que Uribe ya no está en el panorama político como opción explícita para la Presidencia, pero esto no elimina al “uribismo”. Eran tres los focos de estas elecciones: el Congreso, la consulta por el Partido Verde y la consulta del Partido cConservador, o consulta goda, como la han llamado.

El Partido Verde aspiraba a no perder la personería jurídica y logró más que eso: cuatro senadores, dos representantes a la cámara. De esta manera, se logra consolidar como una fuerza independiente, aunque pequeña, en el congreso. Y Antanas Mockus, precandidato presidencial, arrasó en la votación frente a sus compañeros –no competidores– de partido, Lucho Garzón y Enrique Peñalosa. Yo voté por Mockus. Sé que muchos dicen que es autoritario a su manera, entiendo por qué lo dicen. Sin embargo, creo que no es un seguir la ley ciego, sin más –como sí siento que lo promueve, por ejemplo, Fajardo–, tremendamente peligroso. Mockus es un buen kantiano, un buen Ilustrado. Cuando habla de educación, ciertamente no se refiere a construir escuelas en cada esquina. Habla de una educación de la ley, en la ley; una educación en la legalidad: entender qué es lo legal y por qué es lo legal. Así, las leyes no son una imposición que tratamos de evadir apenas podemos, son algo que asumimos como necesario para una sana convivencia. La legalidad no está solamente en los tribunales de justicia, en el arma del militar; está también en el actuar del ciudadano. Es un autoritarismo de la educación, que suena a contrasentido, ya que todo quien haya sido educado sabrá también, en qué momento ha de enfrentarse a la ley. Porque conocer la ley es también conocer su falibilidad, su fragilidad, no para “buscarle el quiebre”, como diríamos coloquialmente, sino para saber cuándo no funciona y así, cuándo han de buscarse alternativas.

Ganó el Partido Verde, ganó una alternativa frente a la dicotomía uribismo–antiuribismo.

Sin embargo, sea quien sea el próximo presidente de Colombia, gran parte de lo que haga o deje de hacer en su gobierno depende del congreso, y por más “alternativo” que pretenda ser, con un congreso heredero del uribismo, no podrá hacer mucho. Y así fue como quedó la cosa. Debo aceptar que no fue extrema la sorpresa de ver que el Partido de la U haya obtenido la mayor parte de las curules. Un poco sorpresivo fue que el Partido Conservador fuera el segundo. Eso sólo confirma la fuerte alianza godo-uribista de los últimos tiempos. Hay mucha gente de luto, hay mucha gente velando a su mesías, hay mucha gente que prefiere conformarse con un uribismo sin Uribe, sin proyectar a futuro lo que podría ser de este país si se pensaran las nuevas necesidades que ese mismo uribismo, con su férreo guerrerismo, ha creado. Sobre todo, la anulación del sentido de pertenencia –no quisiera aquí hablar de “identidad nacional”– al país, porque quién, con dos dedos de frente, quisiera representar un país que hiede a corrupción, a abuso, a clientelismo y casi, casi a dictadura.

Pero en medio de todo, el triunfo del uribismo abanderado en esos dos partidos no fue tanta sorpresa como el triunfo del PIN, con ocho curules en el senado (el doble del Partido Verde, más que el Polo). De hecho, en el PIN confluye la sorpresa con la indignación. Un partido político formado por familiares de políticos vinculados con el paramilitarismo (la famosa parapolítica), entre otras, es una indignación. Sobre todo, también, indignación que la Reforma Política promovida por el gobierno haya sido la que permitió un fenómeno tal (en su momento, junto a los famosos tránsfugas), ya que establece que los familiares de personas vinculadas a tal tipo de actividades no tienen ningún impedimento para ejercer un cargo público. Bueno, pues acordémonos del Ministro del Interior Fabio Valencia Cosssio. Para robarme sus palabras –ya robadas del presidente Uribe–, el PIN ha sido, por el momento, la hecatombe electoral.

Con la consulta goda viene el mayor desastre de las elecciones: el desastre logístico-técnico en el que se metió el Registrador Nacional Carlos Ariel Sánchez. De lo menos grave fue el hecho de que en algunas mesas de votación no se hubiera proveído el formato adecuado para registrar los votos para la consulta del Partido Verde. De lo menos grave. Porque, por otro lado, lo que sucedió el domingo fue que difirieron las elecciones. Y lo hicieron descaradamente. Ni siquiera fue como aquel año en el que el país se durmió con Rojas Pinilla como presidente y se despertó con Misael Pastrana. Esto duró casi una semana. Fue un efecto de diferido que mina la ya vapuleada transparencia de las elecciones. Eso sí claro, como siempre hubo también compra de votos por aquí, coacción por allá.

Está también la cuestión de la poca preparación de la firma responsable de sistematizar los votos e informar sobre los resultados parciales: la página de la Registraduría se cayó en la noche y no volvimos a saber más. Por la demora en el conteo se responsabiliza a la velocidad (o a su falta) de los jurados, a su poca preparación, y la cantidad de votos (senado, cámara, consultas -goda y verde-, parlamento andino). Como un paréntesis valga anotar el sentimiento de tristeza al saber que más de un millón de votos fueron anulados por falta de información sobre cómo marcarlos. Personalmente no me pareció un reto, pero sí puede ser que le haya falta a la Registraduría divulgación sobre cómo votar. Todo terminó en el triste espectáculo de bolsas de votos sin contar arrumados, los cuales fueron después (para aumentar la falta de confianza en la transparencia de los procesos gubernamentales de la ciudadanía) trasladados para ser contados.

Era martes, y sólo sabíamos que Noemí Sanín aventajaba a Andrés Felipe Arias por 404 votos. Así estaríamos hasta el jueves, cuando por la noche nos enteramos (después de una discusión pública, con acusaciones subrepticias entre el Registrador Nacional y Uribe) que Arias le había ganado a Noemí en Bogotá. Me invadió un poco de decepción. Bogotá, el lugar por excelencia en Colombia para aquello que llamamos diversidad, pensamiento alternativo, y demás rótulos posmodernos, y había ganado Arias. A medio día del viernes, nos avisan que en el Valle del Cauca arrasó Noemí, y le ganó, en definitiva, a Arias. Respiré.

Noemí no se presenta, en principio, como una amenaza por ser, por un lado, una figura que llamo “light” (a veces me han dado ganas de compararla con Sarah Palin, pero tampoco), que no considero que tenga la fuerza de llegar a la segunda vuelta, como si lo podía hacer Arias. El pincher representaba el terror de tener que elegir, en segunda vuelta, entre él y Juan Manuel Santos. Por otro lado, hasta el momento, Arias ha descartado la posibilidad de hacer alianzas con algún otro candidato, en otras palabras, con Juan Manuel Santos. Tampoco creo que alguien que haya votado por la mano extra-dura que representaba Arias le confiaría el voto a Noemí, aunque, peligrosamente, tal vez sí se lo concedería a Santos. Y bueno, ¿qué tan mal tenemos que estar para cruzar los dedos esperando que quede elegida Noemí Sanín?

A poco más de dos meses de la primera vuelta quedamos con: Juan Manuel Santos, Noemí Sanín, Germán Vargas Lleras, Rafael Pardo, Sergio Fajardo, Gustavo Petro, Antanas Mockus. Siete opciones que, considero, son demasiado: mucho simplemente puede confundir, y lo que termina prevaleciendo es el voto de opinión. ¿Qué tanto conviene esto?

Aunque el diferido me haya dejado un muy mal sabor de boca, sigo alegrándome con el triunfo de los verdes. Yo sigo, hasta donde pueda, con Antanas Mockus.