Política de Educación = Proyecto de Nación

Finlandia, país nórdico con poco más de 5 millones de habitantes, ha sido repetidamente catalogado como “el mejor sistema de educación en el mundo.” Dicho reconocimiento se debe a su continuo y rotundo éxito en las pruebas de evaluación internacionales PISA (Program for International Student Assessment), un competitivo examen administrado en los países industrializados, cuyo objetivo es medir la capacidad de lectura, matemática y en ciencias, de todos los estudiantes de 15 años. Finlandia ha figurado entre los primeros tres puestos, en las tres capacidades, durante la última década. Pero ¿en qué radica el éxito de este sistema?

Describamos primero el andamiaje, para luego definir la raíz de su efectividad. Para empezar, el sistema educativo finlandés es absolutamente gratuito, desde la educación preescolar hasta la superior. Cada una de las instituciones educativas dentro de ese territorio está financiada por el Estado. No existe un sólo plantel, ni una sola universidad que esté sostenida con recursos privados y todo el mundo tiene acceso a la misma calidad de educación. Todos los programas han sido cuidadosamente diseñados: la educación temprana es considerada como el espacio donde el niño “aprende a aprender”; la educación básica empieza a los 7 años y termina a los 16, momento en el que los estudiantes escogen el camino académico o el vocacional, para luego seguirlos durante los tres últimos años escolares. En la educación superior, toman la ruta universitaria o la politécnica, ambas con focos diferentes y específicos.

Los profesores son altamente calificados y requieren, como mínimo, un nivel de Maestría. Es tal la exigencia y rigor de esta profesión que, año tras año, numerosas aplicaciones deben ser rechazadas. La gente se pelea por ser profesor en Finlandia y el respeto social hacia dicha profesión es altísimo. Tal como lo menciona el documental, las evaluaciones son casi inexistentes, y la medición del nivel de un estudiante depende exclusivamente del profesor. Finlandia diseña sus metodologías independientemente; se abstiene de aplicar lógicas y estándares externos, derivados de las lógicas de mercado. Tanto las escuelas, como los profesores mismos, tienen absoluta autonomía y espacio ilimitado para desarrollar sus propias metodologías. Es casi como si cada escuela tuviera licencia para ser un laboratorio de todos los docentes, quienes -en esencia- son investigadores, rigurosos y creativos pedagogos en búsqueda de nuevas rutas para el aprendizaje.

En Colombia, este caso empezó a ganar atención debido al debate educativo que invadió el discurso mediático, recientemente. Este caso también tardó en ser reconocido en Estados Unidos, donde el orgullo no logró evadir la realidad (la información se divulgó de manera masiva en el 2010, cuando la revista Newsweek catalogó a Finlandia como el mejor país del mundo.) Numerosos artículos y especialistas examinan este sistema, con el afán de copiar “la receta.” “El secreto está en los profesores,” afirman unos; “la clave es la gratuidad,” argumentan otros, mientras los demás explican este éxito con la combinación de factores como el tamaño y el acceso a recursos (país pequeño y rico). Pero la receta no se basa en la estructura ni en la composición del sistema educativo – la receta radica en el diseño e implementación del mismo, pues partió del contexto específico de este país y fue concebido como un elaborado proyecto de nación.

Durante siglos, el “Gran Ducado de Finlandia” fue colonia sueca, y más adelante se convirtió en territorio ruso. La independencia del dominio soviético sólo se consiguió hasta 1917, pero el comunismo del país vecino logró afectar la estabilidad política y social finlandesa en las siguientes décadas. La paz sólo se empezó a respirar a mediados de los cincuenta, tras la muerte de Stalin. Finlandia, con menos de un siglo de existencia, es un Estado bastante joven; como tal, vivió un proceso de transformación radical en las últimas tres décadas del siglo XX. Es ahora cuando empieza a recoger los frutos de esa transición estratégicamente planificada.

Desde los cincuenta, la economía finlandesa estuvo impulsada por las inversiones, y su producción estaba basada en maquinaria, la ingeniería y la industria forestal (madera, papel, etc.) Curiosamente, el afán por competir con su poderoso vecino, Suecia, motivó a los finlandeses a repensar su sistema económico. Cuidadosamente, se tomó una decisión radical: transformar la “economía industrial” en una “economía del conocimiento,” es decir, generar información como capital intangible. En este tipo de economía, el desarrollo del “capital humano” es fundamental y, en consecuencia, se eleva la producción doméstica de conocimiento y los estándares en la educación.

El diseño del exitoso sistema educativo finlandés partió, aunque ahora suene paradójico, de un interés competitivo: se pensó y se estructuró para responder a una visión económica. Este origen no le resta peso; al contrario, muestra cómo la educación está hilada en un tejido mucho más complejo y completo. Para Finlandia, pensar la Educación significó sentarse a pensar en la nación que querían ser y construir.

En ese plan, el lineamiento económico guió la definición de los valores que se convertirían en algo más que el eje de las políticas estatales; también se convirtieron en el eje de la mentalidad y el comportamiento de todos los finlandeses. Por eso, no es extraño que Finlandia admita que las políticas educativas fueron basadas en los valores que sustentan a toda la nación: la equidad, colaboración, flexibilidad, creatividad, profesionalismo y el respeto mutuo. El sistema educativo finlandés hace énfasis en la enseñanza y en el aprendizaje, pero también en la creación de una atmósfera óptima -dentro y fuera de la escuela- para permitir el efectivo desarrollo de todos los individuos. De hecho, cada vez que nace un finlandés, el Estado envía una canasta a los padres del recién nacido. El contenido, además de un subsidio para alimentos y pañales por un año, es un poderoso mensaje: tres libros que orientan a la familia en cómo generar un ambiente propicio para el crecimiento y pleno desarrollo de su hijo(a).

La educación en Finlandia no es exitosa por su estructura, ni por la excelencia de sus profesores, ni por la abundancia de recursos. El plan educativo es exitoso porque jamás estuvo aislado del proyecto económico, ni del social ni del político. La escuela, el hogar y el gobierno son aliados en el proyecto, partiendo desde la vital comprensión de su interdependencia. La reforma educativa no fue sólo un fin, sino también un medio, un medio para construir nación. Esa es la receta del éxito del sistema educativo de Finlandia: una visión, un plan estratégico para el alineamiento en las políticas entre todos los sectores y el consecuente logro de una realidad coherente.

Si queremos aprender algo de este modelo, habría que concluir que la importancia y complejidad del debate de la Educación en Colombia radicaría, entonces, en una pregunta: ¿Qué nación queremos construir?

Publicado originalmente en antropoLOGIKA. Enero, 2012.

@antroPOETIKA