“La poesía es atravesar las palabras”

Por Ana Luisa González*

Estuvimos hablando con la poeta peruana Micaela Chirif que lanzó su último libro de poemas Sobre mi almohada una cabeza en la 27a Feria Internacional del libro de Bogotá. Manuel Borrás — editor de Pretextos — y Darío Jaramillo Agudelo presentaron este poemario y, en palabras del editor valenciano, Micaela Chirif escribe de un modo sutil, inteligentísimo ya que articula su libro como un hondo homenaje, como una profunda declaración de amor en que la amante, ella, se funde por completo con su objeto, el poeta, José Watanabe.

Sobre mi almohada una cabeza es un homenaje a la muerte del poeta  José Watanabe. ¿Cómo se conecta su poesía con la de Watanabe?

Micaela: En este poemario la presencia de José es evidente para los que conocen mi relación con él porque, entre otras cosas, gira alrededor de su muerte. Dicho eso, creo que mi mayor vínculo con él es el personal: lo que ha quedado en mí después de una relación importante. Pero, la verdad, aunque los demás la busquen y, probablemente, la encuentren, yo no he intentado, al menos de manera consciente, una cercanía con sus poemas.

Cuando a José le preguntaban por su ascendencia japonesa, él decía: ¿y por qué preguntan tanto sobre eso? Es como haber vivido en un sitio u otro, tener unos padres u otros. Hay ciertas cosas que quedan porque son parte de nuestra experiencia vital y ya está. Después, lo que todo intentamos, creo, es escribir nuestros poemas lo mejor que podemos con todo lo que encontremos a mano.

Yo he escrito este poemario tratando de ser lo más fiel posible a lo que yo quería lograr, que era ser lo más honesta posible.

El poemario Sobre mi almohada una cabeza tiene una unidad, una narrativa que atraviesa la pérdida física, luego el duelo y, al final, se asume la ausencia. ¿Pensó en este orden desde el principio?

M: Primero escribes y después buscas el orden. A veces modificas un poema para que siga ese hilo narrativo. Pero al principio nunca sé que va a salir, voy armando el poemario bajo su propia lógica.

¿Cómo logra la serenidad en la voz poética en este poemario?

M: No sé. [Risas] Creo que, quizás, eso viene de José. Cuando murió José, pasó una cosa muy extraña. Recuerdo que, yendo a su entierro, me sentía tranquila, me sentía en paz. Ha habido momentos muy duros y fuertes, pero yo creo que cuando lo que uno ha vivido es real y es verdad, uno está en paz consigo mismo. No creo que haya una distancia real entre la vida y la muerte, el mundo es uno sólo. Y lo único que tu puedes hacer, la única cosa que puedes hacer, es estar ahí todo el tiempo. Si tu estás presente con lo que sientes y en el momento que vives, eso te da tranquilidad, así estés triste o estés contento. No es posible huir de la tristeza. Tu única respuesta posible es estar presente y aceptar. Y creo que cuando haces eso estás tranquila a pesar de que te duela. Recuerdo haber pasado una noche entera sin poder dormir –después de la muerte de José– sintiendo que me iba a morir y dándome cuenta de que el dolor que sentía era absolutamente físico y, lo único que podía hacer esa noche, era sentir eso.

¿Cómo se aproxima a la pérdida en este poemario?

M: Citando un verso del poemario Sobre mi almohada una cabeza “entonces quiero llorar por algo simple:/tu camisa”. Cuando alguien se muere y tu ves su camisa encima de una mesa –a mi me pasó, tuve que sacar la ropa de José Watanabe para regalarla y, al poner la camisa sobre esa mesa, sentía que había un cuerpo– . Yo creo que nuestros sentimientos, nuestros afectos están en las cosas, son terrenales. Yo no siento en mi cabeza, siento en los objetos.

En el poema con el epígrafe “Daruma-san Daruma-san/juguemos a mirarnos fijamente/si usted se ríe perderá, juguemos ahí va!” habla de cómo la pérdida es dejar de ser mirado. La relación con el otro es una relación de miradas; mirarse con el otro y compartirla determina tu relación con el otro. Cuando no tienes a quién mirar, debes construir una mirada para saber quién eres.

En el último poemario hay un elemento watanabiano que es la huella. ¿Cómo construye el sentido de la huella en su poemario?

M: Hay una distancia insalvable entre el objeto y la huella. No te acercas a la huella como te acercas al objeto. La huella es una ausencia, pero también la huella te permite tener una cierta presencia en esa pérdida. Incluso, creo que vivimos mucho de esa huella, pues frente a la huella se enfrenta la corporalidad. La presencia es física y como lo escribió Watanabe en el poema “La cura” [que habla de cómo curar a un niño con un huevo para sacarle el mal físicamente] la huella está suscrita a la vida: es física. Creo en eso: la vida es física, no intelectual, no metafísica. Y cuando algo desaparece, muere, su desaparición, física, también, deja una ausencia. Lo que estaba ya no está y uno se desorienta, se pierde, pierde la mirada del otro y la mirada propia no sabe ya dónde posarse… Pero queda siempre una huella. Quizás esa huella es el vínculo de mis poemas con los de José…

 “Mi ojo tiene sus razones” dice Watanabe en un verso. ¿Cree que el poeta tiene una mirada particular, una forma de aproximarse al mundo?

Creo que un poeta debe aprender a mirar de la misma manera en que un dibujante aprende a mirar y a descubrir cosas que quizás no vemos con la mirada perezosa de todos los días. Sí, creo que hay que mirar bien. Quizás por eso me gusta también escribir para niños, pensar en las imágenes que acompañan al texto y trabajar con ilustradores.

Este año lanza el libro para niños Más te vale mastodonte. ¿Cómo dialogan el álbum ilustrado y la poesía?

M: Cuando escribo un álbum ilustrado es como construir una serie de imágenes. Primero hago unos pequeños guiones o un story board y, en cada página, hay una imagen que te lleva a una historia. Pero en el álbum ilustrado, así como en la poesía, hay una brecha entre el texto y la imagen para generar sentidos y ahí es donde dialogan la poesía y la literatura infantil. Así como debes rellenar el poema desde varios significados, debes dejar un hueco entre el texto y la imagen. También creo que la poesía es un trabajo más solitario; mientras que, trabajar en álbum ilustrado, te lleva a desarrollar tu trabajo con otras personas.

¿Qué autores te llevaron a la poesía?

M: Siempre me gustó leer Haikus, pero no recuerdo de dónde vino esa relación con la poesía japonesa. Quizás porque me gustaba la narrativa japonesa, en especial, Kawabata. Sus novelas tienen un aliento poético, entonces pasar de este tipo de narración a la poesía fue fácil y hubo una relación muy cercana.

También me gusta la poesía de Marianne Moore y, parafraseando  un verso de la poeta, la poesía es construir jardines imaginarios con sapos reales. Pero en ese ejercicio hay mucho trabajo de depuración; una búsqueda por ajustar la palabra a la imagen más simple, elemental. Al escribir poesía hay un impuso inicial, algo que te mueve al corazón del poema. Pero luego hay que limpiarlo sin romper ese corazón y saber cuándo parar porque o si no te llevas el poema completo. Es cierto, también, que uno escribe más de lo que uno publica. Cuando estaba editando este poemario me fui quedando sin poemas y al final fue un asunto numérico, pues fui perdiendo los poemas en ese ejercicio de depuración.

¿Cuál es su visión de la poesía?

M: Creo que hay gente que dice que mi poesía no es poesía porque echan de menos a los estilos barrocos. A mí, los textos barrocos, me cuestan mucho. Siento que si el lenguaje es muy artificioso, muy barroco, me quedo en las palabras. Lo que me gusta es poder atravesar las palabras y llegar a otro lado. No sé a qué lado y no sé qué hay detrás. A mí me gustan los poemas que te dejan con una sensación de algo… A veces, cuando me gusta un poema, lo que recuerdo no son las palabras del verso pues no son propiamente memorables pero el poema te produce algo o conmueve algo en ti. Hay un poema del que nunca puedo recordar las palabras, pero cada vez que lo leo me produce la misma sensación.

¿Qué papel juega la musicalidad en sus poemas?

M: La poesía siempre debe tener ritmo. Cuando leo un poema para corregirlo siempre trato de leerlo en voz alta. Uno siempre busca que el poema tenga un cierto ritmo, eso no quiere decir que el poema tenga rima. De alguna forma tienes que tratar de que el poema te lleve. Claro, tu puedes romper ese ritmo, pero es un corte brutal.  Si un poema no tiene ritmo es como si tuvieras un rompecabezas desarmado. El ritmo lo que hace es engarzar una pieza con la otra, hacer que todas las piezas formen parte del mismo bloque.

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*Literata de la Universidad de los Andes. Autora en el blog Letra Encarnada.

@OlivasNegras

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