991 soles espléndidos

El personaje principal de la novela Mil soles espléndidos soñaba con un mejor futuro para las nuevas generaciones de mujeres afganas tras la intervención estadounidense en 2001 que replegó a los talibanes. La ejecución pública de una mujer la semana pasada nos recuerda que la novela es solo ficción.

“Aunque hubo momentos bellos, Mariam sabía que la vida, en gran parte, había sido cruel con ella”. Así narra Khaled Hosseini, autor de la novela, la escena en que Mariam, una de las protagonistas, está a punto de ser fusilada. No es la primera vez que esta mujer se siente amenazada o es abusada por hombres en su natal Afganistán, pero sí es la última: “‘Arrodíllese’, dijo el talibán (…) ‘Arrodíllese y mire hacia abajo’. Por una última vez, Mariam hizo lo que le pedían”.  Tal vez algo similar pensó la mujer que fue ejecutada la semana pasada por adúltera.


Las imágenes son escalofriantes. Muy parecida a la ejecución de Mariam en la novela, la mujer de la vida real se arrodilló dándole la espalda al hombre que le apuntaba con un arma. Así se lo ha de haber ordenado él. Ella no puso resistencia, no protestó, ni siquiera se le oyó rezar. Sonó un disparo, luego dos, pero la mujer seguía inmóvil. El tercero, que le dio en la nuca, fue el de gracia. Y ella yació muerta. Al fondo se empezaron a oír aplausos y gritos de júbilo. La cámara giró para mostrar lo que sucedía atrás. Decenas de hombres están sentados viendo el espectáculo y exclamando: “Larga vida al Islam”.

–          Yo admito lo que hice, hermano, dijo Mariam. Pero si no lo hubiera hecho, él la habría matado.  La estaba estrangulando.
–          Eso dice usted. Pero, después de todo, las mujeres dicen cualquier cosa.
–          Es la verdad.
–          ¿Tiene algún testigo?
–          No tengo, dijo Mariam.
(…)

–          Algo me dice que usted no es una mujer perversa. Pero ha hecho algo perverso. Y debe pagar por ello. La ley islámica no es ambigua en esto. Dice que debo enviarla donde yo también iré pronto (…) Que Alá la perdone.

Los talibanes que vitoreaban para ejecutar a la mujer de la semana pasada siguieron un ritual similar al del verdugo de Mariam. También fueron estrictos con la Shariah, pero sus palabras fueron menos amables: “Esta mujer se escapó con Zemarai. Por fortuna los muyahidines la han atrapado. No podemos perdonarla. Dios nos dice que acabemos con ella. Juma Kahn, su marido, tiene derecho a matarla”. Y alguien, no es claro si sí es el marido o alguien más, le dispara nueve veces, seis cuando ya estaba muerta.

–          Laila se pregunta si Mariam murió para esto. ¿Acaso se sacrificó para que ella, Laila, fuera una empleada en una tierra ajena?

(…)
–          Quiero volver, dice ella.
–          ¿Volver? ¿A Kabul? Pregunta él (…) ¿No eres feliz aquí?
–          Claro que soy feliz. Pero… ¿qué pasa después de esto, Tariq? Este no es nuestro hogar. Kabul lo es y allá están pasando muchas cosas buenas. Quiero ser parte de eso, quiero hacer algo. Quiero contribuir.

Laila se devuelve a Kabul en 2003, enseña en una escuela y para el final de la novela se siente satisfecha por la labor que realiza, pues supone un mejor porvenir para las mujeres afganas. Pero eso se quedó en el libro. Once años intervención de Occidente en Afganistán no parecen haber transformado la visión talibán con respecto al tratamiento hacia las mujeres. Los abusos siguen siendo cotidianos, aceptados y naturales, incluso en las grandes ciudades (la ejecución mencionada ocurrió a pocos kilómetros de la capital). Actualmente, al menos se levantan voces de reproche contra estos actos, pero las manifestaciones a favor de los derechos de la mujer no son suficientes para contrarrestar la violencia física, sexual o psicológica que, según la ONG Oxfam, padece el 87 por ciento de las afganas. Y si es así ahora que las tropas extranjeras siguen en el país, cuando salgan, puede que los mil soles espléndidos que encontró Laila se vayan extinguiendo con más y más rondas de nueve cartuchos despiadados.