Inevitablemente decepcionante

Desde el inicio de la carrera por la nominación republicana, Willard Mitt Romney se perfiló como el evidente ganador. Pronto, aunque otros candidatos le robaron votos y protagonismo a ratos, adquirió un aire de inevitabilidad que terminó en el desplome de las campañas de los demás contendores y en la recolección de los 1.144 delegados necesarios para considerarse el ganador en la competencia. Sin embargo, es esa condición de inevitable la que hace que sus colegas no le tengan fe, como lo recalcó el ex aspirante y ultra conservador Rick Santorum el pasado lunes.

Romney tiene todos los atributos que se podrían esperar de un presidente: éxitos en el sector público como gobernador de Massachussetts, en el sector privado como fundador de la empresa administradora de activos financieros Bain Capital (que le permitió amasar la fortuna de unos 250 millones de dólares que hoy ostenta), y en el ámbito personal con un matrimonio estable y duradero que produjo cinco hijos ejemplares. En teoría, Romney sería imbatible, pero por algún motivo no termina de convencer ni a los votantes ni a sus colegas del partido. Esto último, muy a su pesar, es evidente, tanto así que cuando los grandes políticos republicanos lo apoyan, se nota a leguas que hay más rendición que convicción. Y eso no persuade a nadie de que Romney es el candidato ideal para Estados Unidos.

Marco Rubio, senador de Florida de quien se dice llegará a la presidencia en futuras elecciones, fue cortejado por todos los candidatos para lanzarse como vicepresidente. Después de una larga expectativa, a finales de marzo, cuando la victoria de Romney era inevitable, ofreció su apoyo al candidato diciendo: “Cada vez es más claro que Romney será el nominado republicano. Tenemos que unirnos con quien creo que ha ganado esta nominación”. No fue exactamente un discurso emotivo que enaltecía al contendor y que destacaba las razones por las que era superior a los demás, sino uno de resignación en el que instaba a los republicanos a apoyar a Romney porque ya no había más opción.

Lo mismo ocurrió el lunes cuando la competencia más fuerte de Romney, Rick Santorum, quien ya se retiró de la carrera republicana, ofreció su apoyo. Ni siquiera tuvo la convicción suficiente para acoger al ganador y su plan de gobierno sin más, sino que hizo la siguiente salvedad: “No podemos tener cuatro años más de Obama. Romney es una gran mejoría, pero creo que nosotros [Santorum 2012-2016] hubiéramos sido mejor aún”.

Así han pasado una seguidilla de vacas sagradas del partido republicano que han optado por apoyar a Romney solo porque ya no hay nada que puedan hacer al respecto. Y ni se diga de los posibles candidatos para que lo acompañen en la vicepresidencia. Desde el muy codiciado Marco Rubio, pasando por la ex secretaria de Estado Condoleezza Rice, hasta el ex gobernador de Florida Jeb Bush, todos han declinado la propuesta como si estuvieran huyendo de la peste negra.

Aún resta la convención republicana a finales de agosto donde se avalará la nominación de Willard Mitt Romney o se propondrá otro candidato: uno mejor, que convenza, que conmueva, con el que tanto funcionarios como la población general simpatice. Y definitivamente hay ese tipo de candidatos en el partido. Pero, en vista de que Romney ya se hizo a los votos y su popularidad ha aumentado en las últimas semanas, lo más seguro es que sigan apoyándolo. A esas alturas del partido, ya para qué darle más vueltas al asunto. Romney es inevitable.