Más de lo mismo


Por: DonkeyHotey
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Vladimir Putin barajó el naipe de ministros y colaboradores con el que juega desde hace una década y repartió las mismas cartas en puestos distintos.

El presidente ruso, Vladimir Putin, volvió al Kremlin el 7 de mayo. Si en vista del creciente descontento con su elección había optimistas que creían que la oposición estaría representada en el nuevo equipo de Putin, pueden bajarse de la nube: su gabinete ministerial fue anunciado el pasado lunes y lo único que cambió fue el cargo de cada aliado, pero los jugadores siguen siendo los mismos.

No es del todo comprensible cómo el actual presidente volvió a ocupar esa posición, pues su triunfo en los comicios fue opacado por las serias acusaciones, muchas de ellas comprobables, de que hubo fraude electoral para favorecerlo. Los monitores internacionales que vigilaron el proceso pidieron que se investigaran todas las denuncias, pero eso no ocurrió. La indignación fue tal, que aún con las gélidas temperaturas del invierno en Moscú, las protestas en contra de Putin fueron multitudinarias antes, durante y después del sufragio. Los opositores se quejaban de la falta de transparencia en el proceso electoral, de la corrupción rampante al interior del gobierno, de la represión a la que los manifestantes eran sometidos por la policía que buscaba mitigar las marchas, del absurdo juego entre Putin y Dmitry Medvedev, presidente entre 2008 y 2012, en que se turnaron el cargo para que el hombre fuerte de Rusia nunca dejara el poder. Y aún así, helo ahí.

No fue posible impedir el regreso de Putin a la presidencia, así que la decepción sigue viva en muchas capas de la población. Hoy por hoy, miles de rusos continúan clamando fervorosos la baja de funcionarios corruptos. Putin, considerado y presto a atender las peticiones del pueblo bajo el concepto de ‘Gobierno Abierto’, una política del expresidente Medvedev que pretendía abrir espacios a los ciudadanos para que se involucraran en las decisiones del Estado que los afectaban directamente, entró al Kremlin y removió a varios ministros que estaban envueltos en escándalos. Fue una dulce, pero corta victoria para la oposición, pues más tardaron los despedidos en salir de sus despachos que en convertirse en los nuevos asesores del primer mandatario. Como si eso no bastara, el nuevo presidente trajo a sus viejos aliados del gobierno pasado para que manejen las responsabilidades de los más altos cargos gubernamentales, y así, la casa quedó en las mismas manos que la tenían antes.

Los rusos inconformes con el statu quo recurrieron nuevamente a la única forma que han encontrado de hacer oposición de manera, si no efectiva, por lo menos evidente: la protesta pública. Así, miles de personas salieron otra vez a las calles exponiéndose a las brutales arremetidas de la policía, pero con la convicción de que ese es el camino para demostrarle al nuevo gobernante que hay muchas fallas en el sistema. Putin, sin embargo, ya está cansado de la bobada de unos pelagatos que tratan de impedir que él haga lo que se le antoja. Por eso, su partido, Rusia Unida, pasó un proyecto de ley que impone sanciones de hasta 30.000 dólares a quienes osen hacer manifestaciones no autorizadas. El proyecto se aprobó en el parlamento, sin importar que, como mencionó Vadim Solovyov, líder del partido comunista, callar a la oposición (o hacerse al poder de por vida) implica que: “Rusia Unida está atacando los restos de nuestros más o menos funcionales derechos democráticos”.

¿Pero qué importan los derechos democráticos cuando Putin tiene planes de restablecer a Rusia como potencia económica y militar? Si lo que necesitaba era vía libre para que nadie se interpusiera en sus proyectos, una multa por protestar, equivalente al salario anual promedio en Rusia, es una excelente manera de empezar.