Emily en su cuarto

En su poema 1472, que tiene tres líneas, Emily Dickinson cifra toda la poesía del mundo.

To see the Summer Sky
is Poetry, though never in a Book it lie—
True Poems flee—

 

En mi torpe versión:

Ver el Cielo de Verano
es Poesía, aunque nunca esté en un Libro—
Los Poemas verdaderos se dan a la fuga—

Traducir “flee” por “huir” me habría ahorrado el error de usar cinco palabras para decir lo que a la autora le toma una, pero quería conservar el matiz de nostalgia que adquiere el tercer verso gracias a la cercanía de “to flee” con “fleeting” (pasajero, transitorio); así que escogí “darse a la fuga”, que tal vez evoque la palabra “fugaz” y de paso el sentido del original: la poesía es efímera y está fuera de los libros.
El poema 1472 es una de las más limpias declaraciones que conozco del carácter inalcanzable de la poesía. Su genialidad es que es perfecto casi a pesar de sí mismo y que su belleza es posibilitada por las mismas palabras que la niegan. Sutil, sabiamente, los dos primeros versos, que a primera vista parecen comunes, preparan la trampa. Leemos “sky” y “lie” y esperamos una tercera rima; las letras “f” y “l” sugieren “fly”. En cambio leemos “flee”, e inmediatamente después encontramos el guión que, en vez de un punto, cierra el último verso; y es precisamente en la ruptura de la rima y en el final abierto que reside la poesía de este poema que habla de su imposibilidad. Con su sugerente silencio final, el poema se abre al mundo e invita al lector a cerrar el libro y hacer lo propio.
Dickinson excede las palabras por medio de ellas mismas; roza la vida gracias a una música breve interrumpida en el momento preciso. Entiende como pocos que la literatura no se opone a la vida, sino que busca su raíz, y que por eso reside en el silencio; en el silencio peculiar, pleno de voz posible, preparado por medio de las pocas palabras necesarias, en que el lector le encuentra sentido a la idea de dejar atrás el espacio acabado y melódico del libro y salir, así sea insensato, a vivir.
Dickinson, como es sabido, pasó la mayor parte de su vida reclusa en su casa de Amherst y en sus últimos años se rehusaba a salir de su cuarto. No me parece contradictorio que poemas suyos como este concentren en pocas líneas una vitalidad tan honda que son capaces de contagiársela al lector. La imagino vestida de blanco, como siempre, echada en su cama con la luz apagada, cegada por el sol que tenía adentro. ¿Cómo habría podido contentarse con el mezquino mundo real si en su cabeza titilaba el universo?