La paz y los Maia


José Maria Eça de Queirós (1845 – 1900), con un aire de Proust que no puede con él, con bigotito terminado en punta y todo. Apostaría a que es intencional. (Fuente: Wikipedia).

La palabra ‘paz’ es breve, ligera. Siempre me hace pensar en una hoja que cae. En el otoño y en la sensación de mirarlo por una ventana. En una chimenea, una biblioteca y un escritorio a la luz de una lámpara. En un libro sin título que es a la vez todos y ninguno.

Me pregunto de dónde me vienen esas imágenes, tan inmediatas que es como si la palabra las contuviera. Tal vez se trata de un recuerdo, pero no crecí en un país con estaciones; o de un deseo, pero eso no explica por entero la nostalgia que subyace a las imágenes. Tal vez son ambas cosas. Hay sensaciones que se originan en el pasado, tensan el presente y son como un eco del futuro; que sugieren un círculo, un hilo de sentido. Uno aprende a atesorarlas, acaso a suscitarlas, porque son escasas y frágiles pero también porque son infinitas.

Este año, por casualidad, le añadí imágenes a mi idea de paz. Por supuesto, no son más que hermanas de las primeras, sus reflejos. No es otoño sino el final de la primavera, y estoy en una biblioteca mucho más grande que la otra, una biblioteca pública sin chimenea a la vista. Hay estudiantes sentados a mi alrededor, tampoco hay lámpara, el silencio dista de ser completo y el libro que estoy leyendo es “Los Maia”, de José Maria Eça de Queirós.

No sé por qué ese libro me parece pacífico. Tal vez porque no lo parece pero en el fondo lo es, como la vida de todo burgués mediocre, como la mía. Carlos se conduce con el descuido medio iluminado que es su don y su lastre, y eso lleva a la tragedia que cierra el círculo del argumento y le da peso y resonancia. Ega, su amigo, a veces ama y otras odia, a veces escribe y otras bebe, a veces se disfraza y otras no, y despotrica contra todo sin defender nada a cambio, mucho menos sus propias críticas. La condesa de Gouvarinho, Raquel Cohen o Maria Eduarda, siluetas a medio camino entre la mujer y la mariposa, revolotean entre sedas y traiciones, impulsándose a fuerza de sonrisas. Dâmaso traga haciendo muecas la hiel lujosa de su triunfo a medias. Algunos ganan y otros pierden, en la bolsa, en el amor, en la guerra, en la política y en las carreras de caballos; y al final, como en “La educación sentimental”, esa otra paz, esa otra biblioteca, no pasa nada, y eso sucede de forma tan perentoria que uno aprende que, a pesar de la humanidad, en este mundo nunca pasa nada.

Me digo que acaso estoy diciendo tonterías, que el misterio está en el lenguaje. Que todo este amor melancólico por el novelón de Queirós es el eco algo quebrado de su música. Me pregunto si eso es, en última instancia, la paz para mí: la música silenciosa de la literatura. Música porque es sólo ritmo, no sentido; porque no explica y de pronto ni siquiera relata, apenas ocurre; porque no es intencionalmente inteligente ni honda, ni arquitectural ni realista y mucho menos imaginaria, porque simplemente es vida. Música que, aunque efímera, es tan verdadera que vuelve a empezar en el lector, a empezar de una vez y para siempre en el instante preciso en que se termina.