Aves y alimañas, personas y laberintos

Pie de foto: Un retrato de Charles Bukowski (1920 – 1994) dibujado por Jason (1965 – ), que demuestra que Charles Bukowski (1920 – 1994) nunca fue otra cosa que un personaje inventado por Jason (1965 – ).

Cuando Gregorio despierta convertido en un “ungeheueres Ungeziefer”, un enorme bicho, una colosal alimaña o, en la traducción inexacta que se ha hecho popular en español, un gran insecto; y sobre todo después, cuando se describen su espalda semejante a un caparazón, su vientre cruzado por arcos cartilaginosos, y sus patas, diminutas y agitándose  frente a sus ojos, el lector entrevé en esos últimos una mirada humana y entiende que esa transformación no sólo resulta lógica, sino también inevitable.

 Algo parecido pasa con los personajes del noruego John Arne Sæterøy, alias Jason. Son lobos, perros, pájaros, conejos. Son bípedos, flacos y casi siempre de clase media. Se ponen camisas, pantalones, tacones, gafas, sombreros. Cargan maletas, cogen taxis, hacen experimentos, tocan flauta en la calle. Las mujeres tienen senos y, a veces, el pelo largo. En los mundos que habitan esos personajes, los zombis, perros muertos, conejos muertos, pájaros muertos, emergen de la tierra; los hombres lobo acechan en los techos; un perro científico viaja en el tiempo para matar a un perro político llamado Adolf Hitler; y una mujer pájaro es atropellada, y el hombre pájaro que la ama cae en el alcoholismo.

Sherman Alexie ha comparado a Jason con Whitman y con Dickinson. Yo siento la necesidad de hacer lo mismo, en mi caso nombrando a Kafka. Eso tal vez habla de un prejuicio lamentable contra la novela gráfica, que todavía parece necesitar muletas para que la esfera cultural se la tome en serio. Pero, para un lector a quien de verdad le interese la belleza, la esfera cultural es irrelevante. Dickinson es Dickinson, Kafka es Kafka y Jason, ese genio, es Jason.

Al comienzo de la historia el hombre pájaro vive en un nido en las afueras. Luego, cuando se levanta a su mujer pájaro, se muda con ella a un apartamento. Luego de la muerte de ella,  comienza a ver en momentos al azar a un esqueleto que poco a poco se convierte en su compañero de cuarto. Una noche el esqueleto se emborracha y le hace pedazos el apartamento, y el lector y el hombre pájaro, en un instante oscuramente luminoso, comprenden al mismo tiempo que ese esqueleto no es otro que él mismo, que ha caído otra vez en las garras del trago.

Tal vez lo mejor de ese libro, que se llama “¡Sshhhh!” y no tiene una sola línea de diálogo, es que el hombre pájaro dibuja cómics en los que su amada está viva, pero ha sido raptada o conquistada por un idiota musculoso; y en sus cómics la salva de formas tan ridículas como satisfactorias, y esas páginas en las que un pájaro anda en dos patas, blande una pistola y le da un tiro en el pecho a su rival son tan irónicas, desgarradoras y chistosas como las del propio Jason. Y al cerrar el libro el lector ya sabe que tiene un pico en la cara, u orejas largas en las sienes o tres dedos en las manos, y que hay sangre en sus venas y ácido en su estómago y sueños en su cabeza; y que en alguna parte hay un nido en el que vive, y zombis en las calles y hombres lobo en los techos; y que uno nace y se muere, ama, odia, olvida, llora y por eso juega todo el tiempo, incluso cuando no cree hacerlo; que al final todos esos verbos siempre son el mismo, y que es bonito el laberinto sin salida que le ha tocado en suerte.