Nuestra doble moral

Una indignación colectiva se despierta cuando una holandesa, entonces embajadora de la Unicef, retwittea un chiste flojo en donde se ven a jugadores de la selección Colombia aspirando cocaína en el césped. Ocurre otra –entiéndase de proporciones nacionales, con Cancillería a bordo–, cuando un caricaturista belga se burla de manera similar de nuestra tragedia, utilizándola como arcilla para una nueva obra. Un comediante inglés hace lo suyo al apelar –esta vez sí me parece, de manera jocosa– al efecto que produce el consumo de cocaína con la forma en que nuestros futbolistas celebraban los goles. De nuevo, indignación nacional, de nuevo, unas disculpas por parte de alguien que, al igual que el caricaturista, vive de la burla así esta pueda ser pesada (incluso, entre más pesada mejor).
Una semana después nos enviamos por las redes sociales fotos del personaje que interpretaba a Pablo Escobar en la serie de Caracol “El Patrón del Mal” con su libretica supuestamente anotando el nombre del árbitro español que había pitado en el partido en que Brasil nos eliminaba en cuartos de final de la Copa Mundo. Para los pocos que no lo saben, en esa famosa libretica, cual sentencia de muerte, anotaba quién o quiénes serían sus próximas víctimas. De la misma manera, nos enviábamos una foto de un grupo importante de hombres armados hasta los dientes que decían esperar “tranquilamente” la salida de aquel flojo árbitro. También nos mandábamos videos de un gatico tierno que vociferaba en contra de los brasileños hablando de bombazos y adornando sus palabras con varios hijueputazos. De esta forma, nosotros mismos hacíamos alusión, al tiempo que nos burlábamos, de nuestro pasado reciente marcado por el narcotráfico y el sicariato (financiado directamente por el primero).

En ese orden de ideas –y si la siguiente interpretación no me falla–, para la psiquis de los colombianos está “bien” que nosotros nos burlemos de nuestra tragedia y nuestro oscuro pasado generador de narcotraficantes y criminales despiadados y desalmados; pero cuando otro lo hace, ahí sí es totalmente reprochable. ¿Por qué nos ofendemos de esas bromas malas e insulsas cuando provienen de un europeo, pero cuando las hacemos nosotros mismos está lo más de divertido?
No sostengo que este tipo de chanzas y pesadeces se deban descalificar y rechazar vehementemente independientemente del “victimario”. Porque eso es lo que son: burlas, bobadas. Al darle la importancia que aquí le damos no hacemos si no agrandar un mensaje, un trino, una caricatura que, si no fuera por la descomunal reacción, no pasaría de ello. Además, dejemos de ser tan hipócritas; dejemos esa doble moral. No nos sintamos “ofendidos” por una realidad que la tenemos a la vuelta de la esquina, si nosotros mismos por la puerta de al lado nos ufanamos de ella. Fue la coca que “aspiraban” esos jugadores en la cancha la que le dio ese poder y esa influencia a ese Pablo Escobar que iba a mandar matar a ese “vendido” árbitro español.

Si no nos gustan esos paralelismos, si queremos que nos dejen de reconocer mundialmente por la cocaína, el narcotráfico y la violencia, empecemos por nosotros mismos. Ahora, si a fin de cuentas, no nos sentimos tan ofendidos “de dientes para adentro” por sus chistecillos baratos, desistamos de una buena vez de ese “show nacional de la indignación” y dejemos que esos personajes públicos extranjeros sigan haciendo esos chistes flojos y repetidos. Alguno que otro bueno se les colará y así nos podremos reír en convivencia y comunión de nuestra tragedia colombiana.