¿Cuáles deberían ser los mínimos?

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Hay unos mínimos que, esperamos, el ahora reelecto presidente Santos cumpla para que culmine una obra que lleva ya varios años prometiendo como el “gran reformador de Colombia”. Mínimos, resalto, ya que no se le debe pedir mucho a sabiendas de que solo es el presidente de este, un país caótico, tras años de desidia y mal gobierno de su predecesores. He aquí algunas reflexiones generales de lo que, para mí, debería ser el derrotero básico de la segunda parte del gobierno de la Prosperidad Democrática. (Solo para que intentemos entender qué quería decir ese eslogan de campaña: Hemos hecho mucho, falta mucho por hacer.)

Para empezar, que firme el acuerdo de paz con las Farc y, partiendo de las noticias de las últimas semanas, que de carambola haga lo mismo con el Comando Central del ELN. Que sepa comunicar lo acordado para que así una mayoría de colombianos entendamos de una buena vez que para hacer la paz debemos, no solo tragarnos algunos sapos, sino también dar de nuestra parte acogiendo a estos futuros ex combatientes a la sociedad, como “cualquier cristiano”. Además, que sepa vender la importancia que tiene que los colombianos respaldemos el referendo que sellará los acuerdos pactados.

Que haga algo con la justicia. A sabiendas de lo difícil y tortuoso que implica llevar un nuevo proyecto de reforma “estructural” de la justicia al congreso, lo mínimo que debemos esperar es que, por medio de decretos y cambios cosméticos, al menos la despolitice –y, al hacerlo, buscar hacia su profesionalización de la rama siempre bajo criterios meritocráticos–, y dotarla de más recursos para hacerla más accesible y más eficiente.

Que haga algo con la educación. Los cupos para educación superior no alcanzan y las pruebas Pisa lo rajaron (al gobierno de Uribe, para ser justos).  El hecho es que este sector sí que necesita recursos, orden y planificación. Seguir trabajando en que la jornada única sea una realidad en todo el país; primero, para que los niños y jóvenes no sigan dedicando su tiempo libre –que hoy es mucho– en otras actividades extracurriculares no muy constructivas; y, segundo, para empezar a igualar una educación pública de mala calidad, con una educación privada de regular calidad. (Ya una vez igualadas, se debe trabajar en pasar de lo regular a lo bueno). ¿Y el acceso a la educación superior? Ese es su otro reto mayúsculo, reto con el que no ha podido ninguno de los gobiernos anteriores. Que siente las bases que garanticen su financiación es lo menos que se le pide –y con eso, ya habría hecho mucho–.

En el campo, bueno ahí sí que hay cosas por hacer. Empezar por hacer más eficiente el proceso de restitución de tierras –si hay paz, esto debería ser un proceso menos traumático al restarse el componente de inseguridad para quienes retornan–. También culminar el proceso del censo agrario para que, de una vez por todas, el Estado sepa quiénes son los reales poseedores de la tierra, cuál no tiene su debida titulación y cuál es el uso que se le está dando a la tierra en el país –tremenda tarea–. Sabiendo eso ya se salda una deuda enorme, a sabiendas de que sin esa información oficial y meramente fiable no se pueden trazar políticas públicas aterrizadas a la realidad del campo colombiano. Por último, seguir trabajando por facilitar la propiedad de la tierra teniendo como prioridad al más débil de la cadena: el pequeño productor, y hacia una tecnificación de la producción dotándola de los insumos necesarios para que esta sea verdaderamente competitiva.

Relacionado con lo anterior se encuentra el enorme pendiente que tiene el país en términos de infraestructura. Le pedimos entonces al nuevo y revitalizado Santos que la tantas veces mencionada estrategia de las 4G (vías de cuarta generación), sea una realidad cimentando las bases para que, al menos, empiecen a andar. A sabiendas de que el proceso de licitación es complejo por tratarse de billones de pesos –por el espinoso tema de la aversión al riesgo de los bancos por tratarse de proyectos a largo plazo–, y el obstáculo que esto último implica, el solo hecho de tener ya los contratos preparados y firmados con las firmas responsables de su  ejecución sería ya un avance. En otras palabras, lo importante es que el proceso llegue a un punto que ya sería imposible que un futuro gobierno lo vaya a desmontar. Este país necesita vías y las necesita, no solo de buena calidad, sino ya. Junto con la provisión de servicios básicos –energía, agua y alcantarillado-, este es el principal insumo para hacer de la producción local realmente competitiva, logrando que así el país logre arrancar de una buena vez.

Ahora, por último –y nunca menos importante–, debemos tener la claridad mental y la sensatez para no esperar mucho. Lo anterior, partiendo de que Santos es un político y, tal cual todas las personas, a la larga termina decepcionando. Entonces no nos hagamos muchas ilusiones y contentémonos con que este sea un país relativamente decente en términos de su forma de gobierno –entiéndase, respetuoso y tolerante con la disidencia que nunca faltará–, y que trabaje con mucho pragmatismo y el menor clientelismo posible. Esto último, de entrada y en este país de cafres, ya es mucha ganancia.