¿Qué está en juego?

 

Hay momentos en los cuales uno debe ser práctico –entiéndase, ni romántico ni idealista– y ante una disyuntiva escoger un mal menor: lo “menos pior” como se dice popularmente. Se puede pensar que lo más coherente con el pensamiento y la posición de uno es sencillamente no hacer nada y escoger “no escoger”: más que válido. Pero este, considero, no es uno de esos casos en los cuales sencillamente uno puede quedarse en la casa viendo cómo pasa “lo que tiene que pasar”. Es verdad, no juzgo esa decisión y he sido en innumerables ocasiones un fiel representante de ella, pero el domingo 15 de junio me apartaré de mi soberbia y haré lo que normalmente no hago.

No estoy ni estaré orgulloso de votar por quien no me termina de convencer. No lo hago porque me haya cautivado su discurso o coherencia a la hora de gobernar –coherencia es lo último que ha tenido este gobierno–. Pero sí voto porque en algo estoy y siempre he estado de acuerdo: que la negociación política es la única vía para acabar con el conflicto armado interno en Colombia. Y eso, negociar, es lo que, mal que bien, lleva más de un año intentando hacer el gobierno Santos.

Lo que me lleva al otro punto: por qué no votaré por Zuluaga. Las condiciones que plantea el candidato para continuar con las negociaciones es lo mismo que acabarlas de tajo o, como comúnmente se dice, “patear el tablero” de las negociaciones, llevándonos, de nuevo, a un punto de confrontación directa. Estaba todavía muy joven cuando se rompieron los diálogos del Caguán pero todavía recuerdo el sentimiento que me produjo. Fue feo: fue saber que todavía se nos venían años, décadas, de seguir enfrascados en una guerra que no nos permite avanzar, pensarnos como nación, como unidad (partiendo, claro está, de la diversidad) y como proyecto de país. Hoy, más de 10 años después de esa ruptura, es el día en que no hemos podido pasar la página.

Me dirán que ese experimento fracasó precisamente por culpa de las Farc, por X o Y motivos, y seguramente razón no les faltará. Pero no nos quedemos ahí en buscar culpables, buscando siempre legitimar nuestras eternas ideas revanchistas. El hecho fue que pasó y nos llevó a más de 10 años de guerra continua, que todavía continúa. El hecho es que, bajo las condiciones del candidato Zuluaga, es muy probable que al actual proceso le pase lo mismo. No, no es “cuento de campaña” ni “propaganda electorera”, es una realidad. Estamos en capacidad de diferenciar una cosa de la otra y tenemos la suficiente información (¿madurez?) para no dejarnos manipular por cuentos repetidos e historias reforzadas. La verdad es que la paz que propone Zuluaga no es la paz, porque para una de las partes implica un sometimiento, y lo que la historia nos ha demostrado es que a las Farc (o a sus comandantes al menos, quienes son los que tienen la última palabra) no les gusta en lo más mínimo sentirse sometidas.

Esto lo escribe quien siempre ha votado por candidatos de izquierda y que, pese a que un par le han desilusionado por su incapacidad de pasar de la retórica a la práctica, seguramente lo va a seguir haciendo. Escribe quien sigue empecinado en encontrar soluciones distintas y novedosas a nuestros eternos problemas bajo una fórmula de izquierda, así en la práctica algunos de sus representantes de la política colombiana terminen por incriminarse ellos solos por sus malas administraciones. Escribe quien votó por Clara López en la primera vuelta y quien ahora no va a votar por alguien sino en contra de alguien –o más precisamente, en contra de lo que esta persona representa, ya que del candidato Zuluaga no me consta nada–.

Y si usted no cree en el actual proceso de paz y la impaciencia ya le está ganando la partida, me gustaría que se hiciera las siguientes preguntas: ¿Cree que un conflicto que lleva más de 50 años se va a solucionar al cabo de unas semanas?; ¿Preferiría volver a un estado de guerra con la certidumbre de una confrontación armada pero la incertidumbre de cuánto durará?

En fin, volviendo a la pregunta inicial, aquí no está en juego la discusión de dos modelos económicos, ni siquiera de dos modelos de país. Aquí simple y llanamente está en juego si queremos darle una oportunidad al presente proceso de paz con sus complejidades y contradicciones (propias de todos los procesos de negociación), o si queremos volver a una etapa de confrontación directa bajo otro gobierno de la seguridad democrática. Entonces, no seamos tan flojos y hagamos el esfuerzo de votar, si no por nosotros –ya que muchos seguramente dejaran el país en los próximos años–, al menos por los que se quedan y los hijos de los hijos. No sean así.

Por todas las consideraciones anteriores, el 15 de junio seré (como tantas otras veces lo he sido), un tibio, y votaré por Santos. No estaré orgulloso de mi voto pero estoy seguro de que me sentiré mucho peor si no hago nada –cual demócrata soberbio–, mientras el uribismo se toma de nuevo al país, tumbando a su paso de una manotada el tablero del, siempre frágil, proceso de paz. Pensemos por unos segundos en Uribe y los suyos de nuevo en el gobierno, bajo el credo uribista, corriente política que, cual Asamblea Nacional Constituyente, sabemos cómo empieza pero nunca cómo va a acabar.