¿Qué es la voluntad política?

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Todos hablan de ella,  la incluyen en sus discursos y en sus noticias o artículos. Todos nos damos por entendidos, no siendo capaces de dudar –al menos, no en público– a qué se refieren exactamente cuando nuestros interlocutores usan y manosean este concepto. Y cada vez más, el quehacer político y el análisis de ese oficio pasan por hacer uso de esa vaga idea y de entenderla.

Pero en medio de ese juego conceptual es también importante que el ciudadano de a pie sepa de qué es que tanto hablan cuando se afirma que este o aquél tiene la voluntad política para llevar a cabo su cometido.

Según la Real Academia Española, la voluntad es la “(…) Intención, ánimo o resolución de hacer algo”. Ánimo y resolución de hacer algo. Ahí ya vamos por la mitad de la tarea. ¿Y entonces por qué se le incluye el componente político? Pues porque ese ánimo y esa resolución, en este caso en particular, tienen que pasar por el conducto por excelencia en donde se dirimen los problemas públicos y se ejecutan las decisiones que van a afectar a lo público: por la política y las instituciones que la definen.

Es voluntad en tanto es un querer hacer. Y es política en tanto, es en el ámbito de la política en donde se tiene que llevar a cabo pasando por sus múltiples componentes. A saber, su diseño; su socialización y discusión; si es del caso –como en el caso de las leyes y las ordenanzas- su aprobación; y, por último pero para nada menos importante, su implementación. Y, en el caso de las leyes, también su análisis –en casos de leyes estatutarias y orgánicas– por parte de la Corte Constitucional. Todo esto, para que entendamos que esta resolución inicial debe pasar por una serie de instancias políticas para ver la luz del día.

Por eso, el tema no es de poca monta. Por eso, quienes verdaderamente la tienen, son personas tan valiosas. Son ellos personajes extraños que entienden que la política no es un fin en sí mismo sino un medio para lograr un fin noble que tiene como propósito mejorar las condiciones de una población determinada, o del conjunto de la población.

¿Y quiénes pueden tener realmente una voluntad política? Pues los políticos. En su gran mayoría, los del ejecutivo: quienes disponen de un presupuesto y tienen capacidad de ejecución. Para lograr un cambio, no hay que olvidar que el dinero también juega un papel fundamental. Aunque también es cierto que la pueden tener quienes hacen parte de la rama legislativa, y hacer uso de esta pasando su iniciativa por el Congreso o su equivalente en el nivel local.  La diferencia estriba en que su papel de incidencia directa llega hasta la aprobación de su plan inicial. Ya en la implementación no es mucho más lo que puede hacer, aparte de sus críticas y comentarios puntuales.

Por eso, casi todas las miradas están puestas en los ejecutores o posibles ejecutores tanto del nivel local, como del nacional. Porque son ellos, más que nadie, quienes deben tener voluntad política –casi que una voluntad de hierro– para que sus sueños y sus anhelos se conviertan en realidades. Para que sus promesas de campaña (¡Ay!, las promesas) lleguen a un final feliz y todos podamos convencernos de que no botamos nuestro voto y que, en últimas, todo esto sirvió de algo.

Y otra cosa: la voluntad política no se puede perder. Un momento de flaqueza, cualquier actitud dubitativa es una oportunidad más para que los enemigos del cambio (aquellos energúmenos que pululan en este país), muevan sus fichas para que no se haga lo que se pretendía hacer. Para que las cosas queden como están,  porque ¿para qué cambiar si así estamos bien usted y yo? Entonces la voluntad, como el ánimo, no debe ni puede flaquear. Si eso llegase a ocurrir, todas esas buenas intenciones, toda esa resolución terminarán convertidos en un debate político en el Congreso porque, en la práctica, la medida no se aplicó como se debía. Como pasó con todos los intentos de reforma agraria que ha habido en este país. Como puede llegar a pasar con la Ley de Víctimas si no se escuchan a las mismas víctimas y no se toman los correctivos necesarios, con base en las críticas de las autoridades que la están ejecutando en el nivel local.

Y ahora, en medio del extenso debate que se ha originado por los contactos del presente gobierno con representantes de las FARC en la búsqueda de volver a concretar un nuevo espacio para el diálogo (noticia que apoyo y celebro –nunca se pierde la esperanza en medio de este acto de fe que significa ser colombiano–), lo que se va a necesitar, y de sobra, es voluntad política. Si todo eso que se está registrando es cierto (y me temo que lo es ya que el gobierno aún no ha salido a desmentir las cientos de noticias que se han generado); si es cierto que, tal cual lo afirma Jorge Enrique Botero, director de información del canal Telesur, “(…) los delegados del gobierno y la guerrilla se dirigirán nuevamente a La Habana a sentarse a negociar con la aspiración de no levantarse de la mesa, hasta no suscribirse un pacto de paz que ponga fin a más de 50 años de conflicto”, el gobierno va a necesitar mucha, pero mucha, voluntad política.