Si tan solo hubieran estado armados

Es por todos bien sabido que el joven James Holmes entró a una sala de cines en la localidad de Aurora, Denver y asesinó a mansalva 12 personas, dejando 58 heridos. Se trata de un episodio más de la ya larga cadena de lamentables episodios protagonizados por jóvenes asustados y desquiciados que, con un arsenal a sus espaldas, deciden “cogerla contra el pueblo” por el simple propósito de hacer el mal.

Desafortunadamente, no sorprende que haya pasado esto ya que estamos hablando de siete episodios, relativamente similares, en los últimos 13 años, empezando por el tristemente célebre tiroteo en la escuela de Columbine en Littleton, Colorado.

No sorprende tampoco que esta persona haya portado un verdadero arsenal en el momento del crimen – dos revólveres Glock calibre 40, una escopeta Remington 870 y un rifle de asalto Smith and Wesson tipo AR-15– ya que por todos es conocida la facilidad con la que los estadounidenses pueden adquirir armas en ese país. La mundialmente conocida Segunda Enmienda de su constitución les da el derecho de portar un arma para la defensa de su hogar. Además de que hay tiendas que ofrecen estos productos en la mayoría de los barrios de las principales ciudades de país, ahora con el Internet, la compra de un fusil está al alcance de unos cuantos clicks.

Y relacionado con esto último, no sorprende tampoco que el lamentable y dolorosísimo episodio haya revivido el debate entre defensores de este derecho (que los hay de ambos partidos) y contradictores (que también los hay de ambos partidos). Mucho menos sorprende que al final del día nada vaya a pasar y los estadounidenses en los siguientes años seguirán contando con este derecho, llenando sus casas de armas de todos los tamaños y para todos los gustos. De hecho, según información oficial ha habido un 41% de incremento de la venta de armas en el estado de Colorado, tras la matanza. Ni el tibio–tibio Obama, ni mucho menos tibio–derechoso Romney harán algo al respecto, no va y sea que pierdan esos votos vitales del porcentaje de estadounidenses que defienden a capa y espada tal derecho.

Pero lo que sí sorprende es la voz de muchos estadounidenses quienes manifiestan que de estar armados algunos de los espectadores en la sala de cine de Aurora, esta tragedia se hubiera evitado. Si hubieran portado su revólver, semi-automática o, incluso, su rifle de combate, habrían podido detener a este pequeño genio, alma confundida. Se trata de ciudadanos que consideran que, para vivir en una sociedad más segura, es necesario que todos salgan a las calles armados –mujeres con revólveres en sus carteras y hombres con sus pistolas en sus espaldas debajo del cinturón–, bajo un eterno ambiente de desconfianza hacia el vecino. Se trata del individualismo en su máxima expresión, la verdadera ley de la selva, el sálvese quien pueda: una de las más hermosas herencias del pensamiento republicano.

Sí, sorprende que un país enmarcado en una realidad tan violenta, con enormes y crecientes desigualdades, con un racismo que nunca ha dejado de estar a flor de piel, cuente con ciudadanos que defienden tan innobles tesis. Como si la inseguridad se resolviera con más armas en manos del ciudadano de a pie: con mayor desconfianza.

Y este caso estadounidense sirve para que veamos un claro ejemplo de una política fallida. Sírvase para que el mundo entienda que los ciudadanos de a pie no están para portar armas. Porque, como bien decía el genial humorista –también estadounidense él–, Jerry Seinfeld: “Las personas con armas no entienden. Por eso consiguen armas: demasiados malentendidos.” Entonces, el monopolio de las armas por parte del Estado no era ningún cuento –ni mucho menos una teoría caprichosa– del sociólogo Max Weber. Sí, el Estado. Y no para matar a sus ciudadanos (al menos en teoría) sino para evitar que estos se maten entre sí.

Y esperaremos el día en que ni siquiera sea necesario que el aparato estatal haga uso de sus armas: ni siquiera que tenga que tenerlas. Pero mientras ese día llegue (tal vez en otra vida), dejémoselas a las autoridades. Al menos, ellos saben cómo usarlas.