La crisis de la Segunda Vía


Pie de foto:Algunos derechos reservados por Samuel Negredo

La centro-derecha, la derecha-derecha y los mismos líderes de izquierda terminan de asfixiar a una izquierda confundida.

Ahora sí nos llevó el que nos trajo a aquellos esperanzados románticos que aún creemos que la izquierda democrática tiene algún papel en la política colombiana. El debate según la cual esta tendencia no está estructurada para gobernar sino para hacer control político –entiéndase hacer oposición al gobernante de turno–, ya ni siquiera es relevante bajo este nuevo escenario: lo que está en juego políticamente hablando, es que ni siquiera le alcance para llegar a ser oposición en un futuro próximo. De lo que estamos hablando aquí es de que la escasa representación del Polo Democrático -con tan solo 8 senadores y 5 representantes a la cámara actualmente- se mantenga e incluso siga disminuyendo de cara a las próximas elecciones para Congreso en 2014.

Y esto se debe a dos realidades que se han venido gestando y han llegado a consolidarse en estas últimas semanas. La primera es el lanzamiento oficial del partido político -“coalición de convergencia” le llama el mismo ex presidente Uribe-, puro Centro Democrático que, valga aclarar, de centro no tiene nada. La organización construyó una plataforma ideológica fundamentada en las diferencias con el presente gobierno en materia de defensa y el trato con la Fuerza Pública; el manejo del conflicto armado interno; la política económica; las relaciones con los vecinos; y la política anti drogas, entre otros. También, cabe reconocer, presentaron dos propuestas concretas que calan directamente en la opinión pública debido al contexto post-payasada de la reforma a la justicia: establecer un sistema unicameral en el Congreso y una constituyente para reformar, precisamente, la Justicia. Su objetivo inmediato: hacerle competencia directa a las fuerzas políticas del Presidente Santos, tanto en las elecciones a Congreso como en las presidenciales.

De esta forma, el furibismo reforzado, con su campaña emocional que apela al miedo y la generación de un ambiente de incertidumbre, seguramente copará un espacio importante en la configuración política del siguiente periodo. No debemos olvidar que vivimos en un país de tradición conservadora y aún falta tiempo para que las nuevas generaciones se hagan sentir y ayuden a inclinar la balanza –si es que realmente lo hacen, porque los jóvenes godos arrecian–, al menos, hacia el centro.

Al tiempo, mensajes confusos y contradictorios, y los titubeos del actual gobierno decoran un escenario ideal para que los abanderados de la derecha recalcitrante difundan sus mensajes de alerta y llamen “al orden”, recordándonos un pasado reciente, bañado de gloria y seguridad, al que deberíamos volver a aspirar. Por más ridículas que nos puedan parecer sus palabras; por más absurdos, doble-moralistas y descarados sus señalamientos, es necesario reconocer que nosotros no somos mayoría. Hay millones de colombianos desinformados –pobres almas perdidas en la vida– que buscan su salvador para que haga la tarea bien y así estos puedan seguir estando tranquilos en su ignorancia a sabiendas de que, al menos, hay un “hombre con temple” tras las riendas de esta nación. Yo sé, es triste: pero es.

Y lo otro. Las peleas internas, el desorden, la falta de coherencia, la ausencia de propuestas viables y, sobre todo, los choques de egos de sus líderes, han dejado al Polo sumido en una crisis que, hasta ahora, sus directivos no han sabido sortear bien. Digan lo que digan y hagan lo que hagan, lo cierto es que han perdido apoyo electoral. Sus anteriores acompañantes se han difuminado tal cual le ha pasado al partido. Otrora polistas son ahora progresistas, verdes o, incluso, santistas partidarios de la Unidad Nacional. Lo cierto es que no han podido consolidar un discurso unitario y diferenciador y, al tiempo, los medios solo sacan los rifi-rafes internos que han llevado a que su peso en el congreso siga disminuyendo.

Son dos fuerzas, dos realidades, que se terminan encontrando y llegando a un mismo destino aunque una de ellas no tenga tal pretensión: el aniquilamiento de una izquierda democrática que se mueve bajo la institucionalidad.

Pero no todo está perdido. Aprovechándose de la coyuntura, es hora de que la izquierda afile un discurso que los diferencie de esas fuerzas de derecha que se pueden terminar de tomar al país. Que les sirva para separarse de tajo de dos discursos que, tan solo, los separan matices pero que realmente no proponen alternativas novedosas, ni mucho menos revolucionarias, a los males que nos siguen golpeando. Que le sepan decir al país que, de seguir gobernándonos, no mucho cambiará. Que son más de lo mismo: partidos que se acomodan a la realidad pero que no se esfuerzan realmente para cambiarla. Son ellos –aglutinados eso sí– quienes deben presentarse como la “segunda vía”, porque aquí hablar de “terceras vías” sería seguir mintiéndonos.