Malentendido con respecto a lo público

A comienzos de marzo varias noticias llamaron mi atención con respecto al devenir de la tumultuosa y sucia Bogotá. El diario gratuito Publimetro –que es una opción menos mala para quienes quieren saber más o menos qué es lo que está pasando en Colombia pero no pueden o no quieren invertir más de 10 minutos para hacerlo– nos entretenía con sus historias, mientras brindaba información valiosa que sirve para adentrarnos en un apasionante debate con respecto a qué es lo público y para qué debe funcionar.

Primero, el descubrimiento por parte de la directora del IDU, de 192 losas dañadas en la calle 26. Daños cuantiosos en una obra que aún no ha sido estrenada y tiene varios meses (¿años?) de retraso. En la misma página, el Alcalde Gustavo Petro hacía mención a que su alcaldía estimularía medidas cívicas y culturales para incentivar el uso grupal del vehículo particular. En la siguiente, una nota de cómo se podían evitar los “paseos millonarios” con el uso de las redes sociales en donde la ciudadanía ponía sus denuncias y alertaba a los demás ciudadanos internautas acerca de los pilluelos y avivatos trabajadores del transporte público.

A lo que me pregunto: ¿será que somos nosotros los ciudadanos los que debemos remendar directamente los problemas más apremiantes de la ciudad–como las losas dañadas de una obra sin estrenar? Bajo este entendido, estaríamos dando por sentado que “ya que nuestros gobernantes y sus equipos técnicos no pudieron solucionar los problemas de movilidad y seguridad con los cuantiosos recursos de nuestros impuestos, entonces nosotros nos ponemos a la tarea”. Adelante, montemos a cuanto desconocido veamos en la calle para llevarlo a su lugar de trabajo, a su lugar de estudio o a su casa. Adelante, usemos el tiempo que deberíamos gastar trabajando o descansando, montando información u organizándola para alertar a nuestros vecinos acerca de los bandidos que pululan en la ciudad. Ya que las autoridades no lo están haciendo, entonces ¿por qué nosotros no?

Pues no. Yo no voy a hacerlo porque, sinceramente, no quiero y, aun así lo quisiera, no lo voy a hacer. Si usted está de acuerdo en hacerlo y, como buen samaritano, no tiene problema con montar a 3 desconocidos en su carro o pasarse las horas en frente de un computador realizando labores propias de las autoridades, adelante: “cada loco con su cuento.” Pero sinceramente, eso no va a solucionar el problema, porque para eso fue que se inventaron el concepto de administración pública. Esto es, autoridades especializadas en solucionar los problemas propios de las contradicciones inherentes de las grandes sociedades. Para eso les pagan (les pagamos). Para eso, la ciudad contó con un presupuesto de más de 14 billones de pesos el año pasado.

Ahora, está bien que en otras ciudades, medidas como estas –la de incentivar, por ejemplo, el uso grupal del uso vehicular– hayan tenido éxito bajo una concepción holística de la sociedad en la que tanto las autoridades como los ciudadanos trabajan para el bien común. No obstante, estamos hablando de casos como Londres u otras ciudades en las que hay otras opciones de transporte público además del carro, el taxi, la buseta de carga o el transmilenio (¿de carga?), porque la otra parte sí cumplió. Casos en los que, si no quiero o no puedo acceder al transporte particular tengo opciones asequibles y de calidad para moverme.

Pero ¿si no? Si, como en el caso nuestro, no hay una concepción holística de la sociedad, porque una de las partes –El Distrito– no está cumpliendo con su parte porque, sencillamente, nunca lo ha hecho: ¿por qué yo he de hacer algo? ¿Por qué no más bien gastamos esos recursos, exigiéndoles a las autoridades que cumplan con su mandato y trabajen por solucionar, por ejemplo, los problemas apremiantes de movilidad y seguridad?

Además, eso es responsabilidad, mayoritariamente, de ellos. La sociedad ayuda y colabora si ve y siente que se está haciendo algo y los funcionarios de turno no se gastan los años de la alcaldía y los recursos de todos “discutiendo planes” y “contratando estudios”.

Y es por eso que no hago nada –además del hecho de que me da una pereza inmensa compartir mi espacio con un señorito que no conozco además de un honesto miedo de que a la vuelta de la esquina, este “amigable ciudadano” me haga el “paseo millonario”–. Que no nos vendan cuentos chimbos. Hagan lo suyo y verán que a la vuelta de unos años, si nos dan ganas –porque eso no es obligado–, nosotros les colaboramos.