La vida de los otros

Anthony Weiner había enviado por Twitter fotografías de él –semidesnudo– a seis mujeres. Más adelante, el (ahora) ex congresista por el partido demócrata, una joven promesa política situado, incluso, para hacerse alcalde de Nueva York, confesó que todo había iniciado en Facebook. Preso de los ataques de lado y lado y con una investigación interna de su partido, se vio forzado a renunciar el pasado jueves, dando al traste con una carrera política que, hasta ahora, estaba cogiendo vuelo. Su pecho desnudo y cara picarona le dieron la vuelta al mundo mientras presenciábamos en vivo y en directo el comienzo del fin de su carrera.

Dos temas se desprenden de este episodio, que no son de poca monta y serán parte, cada vez más, de nuestras vidas interconectadas. Primero está el tema moralista. El episodio Weiner, como tantos otros similares que han venido ocurriendo en los últimos tiempos, me despierta las siguientes preguntas. ¿Qué tanto tenemos el derecho de husmear en la vida nuestros representantes?; ¿este tipo de actividades, llevadas a cabo en sus horas libres y que hacen parte del fueron interior de las personas, qué tanto afectan el mismo ejercicio político?; y finalmente, ¿realmente estamos convencidos de que los políticos deben ser prohombres en todo el sentido de la palabra?: ¿sin malos pensamientos?; ¿sin contradicciones?; ¿sin vicios?

Lo otro es el tema de la información. Y este caso es un ejemplo perfecto de los límites que han cruzado los medios de comunicación, más precisamente la Internet, en relación a la vida íntima de las personas. Porque no nos digamos mentiras: este señor no le estaba haciendo daño a nadie haciendo lo que hizo. No forzó ni manipuló a nadiepara llevar a cabo un jueguito consentido en el que todas las partes disfrutaban (aunque quién sabe más adelante si sus “víctimas” lo irán a demandar para sacarle una buena tajada, como es costumbre en la enfermiza sociedad de consumo estadounidense). Casos como el de él hay millones o sino las web cams no serían uno de los productos más vendidos en el lucrativo negocio de la informática.

El caso es que el señor fue torpe, su “hobby” se le salió de las manos y no contó con que en el mundo de hoy hay cazadores de escándalos (si son sexuales, mejor) y la Internet se ha convertido en su principal fuente. Ahora manejar información por ese medio se ha convertido en un verdadero peligro por la incomodísima manía del ser humano de andar metiéndose en la vida de los demás. La reconocida activista estadounidense Naomi Wolf publicó un artículo recientemente titulado “La profecía del Gran Hermano” en el que habla de una sociedad en la que la vigilancia es omnipresente afirmando que, en las democracias occidentales, el nivel de vigilancia ha aumentado a un ritmo que no le permite a los ciudadanos reaccionar al respecto.

Explica nuestra fascinación por el tema sexual y el afán de los gobiernos de llegar incluso a controlarlo sosteniendo que: “La combinación de sexualidad e intimidad tiene un efecto anárquico y subversivo en los ciudadanos”. Continúa:“El contacto con otra persona de un modo no escrutado, no mediado, no observado, recuerda inevitablemente a la población que hay aspectos del alma humana que no se pueden-ni se deben- someter a control oficial”. Siguiendo esta argumentación, la cual considero bastante acertada, estos hechos se convierten en escándalos en la medida en que desenmascaran los instintos más deleznables y, al mismo tiempo puros y liberadores del individuo. Instintos que la sociedad no debería saber. Verdades que solo debemos entender de dientes para adentro.En términos morales estamos entonces fundamentados en un pacto social basado en la hipocresía. Y sí, tal vez es mejor no saber de este tipo de actividades ya que son parte de la intimidad del otro y realmente no nos deberían incumbir. Pero para que eso pase, es hora de parar con el chismorreo y dejar de comprar esas historias.

Sobre nuestra nueva condición de sociedad, alerta la autora que, al vivir en estos términos de vigilancia y control esto implica que, tarde o temprano, todos debemos afrontar las mismas angustias sobre revelaciones que las que deben vivir las figuras públicas. Angustias que no se deberían presentar si usted no tiene nada que esconder, lo cual, sinceramente, dudo.