El progreso según Oppenheimer

El periodista Argentino Andrés Oppenheimer (profesional serio y muy capaz, cabe decirlo) ha sacado recientemente un libro, Basta de historias, en el que traza una serie de recetas para el crecimiento económico sostenido y, por ende, la disminución de la pobreza. Recetas que, propone, deberían ser seguidas por la comunidad latinoamericana dado su rezago económico y social.

Empieza con una crítica frontal a las universidades latinoamericanas por, lo que dice, un énfasis exagerado en las carreras de humanidades. Sostiene: “Hay demasiados estudiantes en derecho, psicología, sociología, filosofía e historia y pocos estudiando ciencias e ingeniería. Actualmente el 57% de los estudiantes de la región cursan carreras de ciencias sociales, mientras que apenas el 16% cursan carreras de ingeniería y tecnología”.

 

Y para que entendamos mejor su afirmación acude a la, siempre odiosa pero a veces necesaria, comparación. En China, señala, “todos los años ingresan en las universidades casi 1.242.000 estudiantes de ingeniería contra 16.300 de historia y 1.520 de filosofía”.

A esto le suma el tema de las horas de estudio. Pone el ejemplo de cómo en Japón van a clase 243 días del año, “220 en Corea del sur, 216 en Israel, 200 en Holanda, 200 en Tailandia y 180 en Estados Unidos”. En contraste, en nuestros países el año escolar tiene, en promedio, 160 días. Y por si lo anterior fuera poco, pone de relieve el tema de las horas diarias dedicadas al estudio. “Millones de niños chinos están estudiando 12, 13 y hasta 14 horas,” afirma, para luego sentenciar: “Generalmente van a la escuela entre las 7:30 am y las 3:30 pm, luego tienen clases especiales hasta las 4:40 o 5:00 pm y posteriormente van a centros de tutoría privados”.

Más adelante, al ahondar en los casos de estudio -países otrora pobres y miserables como nosotros, pero ahora encaminados hacia el desarrollo y la riqueza-, resalta cómo en Finlandia los niños que no obtienen un promedio de 7.5 en el séptimo, octavo y noveno grados no pasan a secundaria, y van a una escuela vocacional donde estudian labores más mundanas como la plomería, técnica de belleza o mozo de restaurante. Cómo en Singapur los niños también tienen que pasar un examen para acceder a la secundaria y cómo estos son clasificados en una lista al final del año empezando por el más brillante y terminando por el más inepto. Asimismo, cómo en Bangalore, en la India, “hay 1.850 compañías de informática, con 5 ½ millones de habitantes. Emplean 450.000 ingenieros, la mayoría jóvenes, que son responsables de la mayor parte de los 23.000 millones de dólares anuales que genera la India en ingresos provenientes de la informática”.Y, por último, cómo, a raíz de la calidad de los profesionales en el campo de la informática y los bajos salarios de ese país, las empresas estadounidenses “están contratando cada vez más servicios en la India o montando sus propias subsidiarias de prestación de servicios allí”.

Según concluyó de sus viajes por el lejano oriente, la cultura asiática le apuesta al pragmatismo y mira constantemente al futuro en cuanto nosotros estamos “(…)guiados por la ideología y obsesionados con el pasado”.

 

Muy bellas realmente las historias de superación de todos estos lugares que le apostaron a la educación y a la tecnología. Pero, ante todo esto, yo me pregunto: ¿es eso lo que nosotros queremos para nuestros países?; ¿queremos formar niñitos y jóvenes competitivos e infelices que se pasan las horas de sus vidas en un salón de clase o en frente de un computador para poder “insertarse” en el mundo global?; ¿qué tienen de malo las humanidades, el arte, lo divino y lo humano?

Lo que nos lleva al bello debate sobre qué entendemos por “progreso”. Según se infiere de los datos y observaciones del buen periodista argentino, el progreso sería entonces que en el continente nos llenemos de ingenieros. Y entonces, ¿dónde está la diferencia con el resto del mundo?; ¿toda la humanidad encauzada hacia un mismo norte?; ¿dónde dejamos el humanismo?; ¿qué hacemos entonces con el romanticismo?

Con respecto a nuestra condición, el peruano Vargas Llosa afirmaba: “Los latinoamericanos somos soñadores por naturaleza y tenemos problemas para diferenciar el mundo real y la ficción. Es por eso que tenemos tan buenos músicos, poetas, pintores y escritores, y también gobernantes tan horribles y mediocres.” Y bueno, eso puede ser cierto, pero, al mismo tiempo, eso es lo que nos da el toque distintivo. Es lo que somos y es lo que hay con todo lo bueno y malo que conlleva.

Comparto la preocupación de Oppenheimer en el sentido de que en la región hay una muy baja asistencia a las universidades en comparación con los países industrializados. También que sería una dicha que el 81% de nuestros jóvenes estudiaran en una universidad como sucede en Corea del Sur y que, para lograr todo esto, necesitamos más apoyo del gobierno en consorcio con el sector privado para lograr coberturas realmente universales y de calidad.

Ahora, entre eso último y que nos convirtamos en el continente del outsourcing copiándonos del modelo indio, hay una distancia muy larga.