Tres canciones, tres historias

laniñaquecomianubes Foto: La niña que comía nubes
Autor: Arkangel
Tomada de: http://www.flickr.com/photos/arkangel/4310658771/

Ceniza 

Estamos viviendo un videoclip, Nuria. Uno que yo soñé, aquí, los dos, viendo el techo con los ojos llenos de recuerdos en flash: vos y tus caras orgásmicas, los dos desnudos persiguiéndonos, el sótano feliz, los cigarrillos después de tirar, tirar, tirar y tirar. No sabemos más. El videoclip corre, Nuria. Nos alumbra toda la luz del mundo, en las calles que caminamos con las pieles color sexo. Estamos plenos y comemos helados de paila. ¿Hasta aquí llega la vida, Nuria? Mi videoclip sigue. Dormimos en el más profundo placer, nos despertamos, nos abrigamos, y volvemos a fundirnos en el único paraíso que conocemos. Pero en los sueños también se arrastran las serpientes del tiempo. Vienen a visitarnos, Nuria. No hay videoclip eterno. Nos traen un regalo: veneno. Y se van. ¿Qué vamos a hacer ahora, mujer? Pelear, aburrirnos, que todo se vaya a la mierda. ¿Y los recuerdos en flash?, me preguntas. En la canción, te respondo. ¿Cuál? La misma que nos mató. Los cigarrillos poco a poco comienzan a apagarse por el destino del viento. Los vemos, nos miramos, ya no hay brasas. Fueron tantos polvos, Nuria, que nos hicimos cenizas. Mi videoclip se acabó.

 

Humo

La vida en esa cantina era clara: tomar aguardiente y ron hasta embrutecerse. Allí llegó el médico, a refugiarse. Trajo consigo una bolsa negra que tenía 1.235 monedas de un peso. Toda su quincena. Una por una las metió en la rocola, seleccionando una sola canción que iba a sonar 1.235 veces seguidas. Luego se dirigió a una de las mesas viejas de ese sitio sombrío. Empezó la canción, por primera vez, y el médico se sentó lúgubre en una silla de madera que parecía cemento. La introducción de los violines le pintaba de nostalgia el alma; era la parte que más lo conmovía, y lo acababa. Pidió una copa de Aguardiente Galeras y una media luna de limón. Iba a pedir lo mismo 1.234 veces más. La cantina no cambió de música durante dos días, diecisiete horas, siete minutos y cuarenta y cinco segundos, y ningún borracho se quejó. La gente decía que esa verraca canción era la culpable de que se bebiera tanto en ese pueblo. Cuando la rocola rayada cantó por tricentésima decimotercera vez, el médico era un cadáver borracho. En la noningentésima decimoctava vez, alucinó las sombras de sus amores. Y en la milésima ducentésima trigésima quinta vez, se convirtió en la canción: se volvió humo y el viento lo arrastró.

 

Horno

-A que no te imaginás. Hoy borré todos los mensajes de texto que tenía de Érica. Todos.

-¿Vos guardabas los mensajes de texto de tu exmujer?

-Sí, ¿qué tiene? ¿Todos lo hacen, no?

-Dejate de joder.

-Ya está. No vas cargarme otra vez.

-¿Y qué guardabas? ¿Besitos en el celular?

-No me hinchés las pelotas, por favor.

(Silencio de 11 segundos)

-¿Está bueno el espagueti, no?

-¿Vos lo hiciste?

-Sí.

-Me sabe a rock.

-¿A rock? ¿En qué planeta te levantaste hoy, pelotudo?

-Dale, dale, es un chiste nomás. ¿Vamos a escribir hoy?

-¿Tenés algo nuevo para mostrar?

-Sí. Escuchate esta: pistones tara rarará de humanidad…

(Silencio 47 segundos)

-Sabés, la otra vez estaba pensando en las cámaras. La ficción que graban y botan, loco.

-Son cíclopes.

-Es que no hay pasado quieto.

(Silencio 25 segundos)

-Mirá esta otra: tananá…. el barrilete… tana…. tempestad.

-Sí, por ahí puede ser. ¿Me estás hablando de amor o de qué me estás hablando?

-No sé. Esta mañana pensaba en el hijo de la Ceci. Me dio como la necesidad de hacerle una canción. Con ánimo de nostalgia, rabia, y muerte te disparo.

-Pero a mí me suena amorosa.

-Y bueno, hay canciones traicioneras.

(Silencio 53 segundos).

-Me voy.

-¿Y en qué queda todo esto?

-Ponele en alguna parte que hoy es hoy. Y, si querés, hablá de tus besitos en el

celular y los espaguetis que saben a rock. ¿Te parece?

-Dale, cóndor.

*Cada relato está inspirado en una canción diferente. La idea es que usted las descubra, o que algún día lo encuentren.

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