Prohibido el rey popular

Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota fue una agrupación tan excepcional como su mismo nombre. En Argentina, todo el mundo los conoce, desde el más pobre hasta el más rico, pero fuera de su país son casi inexistentes. Sus letras y música están llenas de misterio, de enigmas que gustan o desagradan, que no permiten términos medios. Algunos dicen que es la banda más importante en toda la historia del rock argentino, y no es una posición exagerada. Hoy ya no existen y quizás algún día vuelvan, pero mientras tantos sus mitos no paran de crecer.

A Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota les dicen los redondos. A sus fans, los ricoteros. Ambas partes constituyen un fenómeno popular que se puede resumir de la siguiente manera: los redondos hacían conciertos en los pueblos más pequeños de Argentina, y ricoteros de todas partes acudían a verlos. De boca en boca, sin nada de difusión mediática, todos los seguidores de la banda se enteraban de los shows y lealmente llenaban estadios. Era casi de no creer: los redondos reunían a 10.000 ricoteros en pueblos que no tenían más de 9.000 habitantes.

Miles de viejos y jóvenes, gente del pueblo, multitudes que dan miedo, conciertos memorables: todo lo que asombra y asusta cuando se habla de una banda como los redondos. Los ricoteros, no es grave decirlo, son gente sin lujos, que van a todos lados con su carpa y duermen en cualquier parque de la ciudad. Y por eso, más de una vez estuvieron en la mira de los enemigos de las fiestas populares; pero nunca tanto como sucedió en la ciudad de Olavarría, a 350 kilómetros de Buenos Aires, cuando a los redondos se les prohibió tocar.

Era agosto de 1997. Faltaban cuatro días para el inicio de los conciertos de fin de semana, y el entonces intendente de Olavarría, Helios Esverri, dictó un decreto que cancelaba las presentaciones de los redondos. Las razones: música endemoniada, sospechas de disturbios, inseguridad y todo eso que atormenta a los que no saben de rock.

A pesar de la prohibición, los redondos llegaron a la ciudad a dar la cara e intentar el último esfuerzo para que los conciertos sucedieran. Así mismo, la producción empezó todo el montaje del show, que incluía un escenario con torres de 12 metros, sesenta toneladas de equipos, 200 luces y 32 cabinas de sonido. Y los fans seguían llegando desde todas las provincias de Argentina; a puro dedo se transportaban los ricoteros, que no eran otra cosa que palomas migratorias en busca de las canciones que les habían robado el cerebro y el corazón.

La decisión del intendente desató la polémica en Olavarría y en todo el país. El grupo demandó el decreto, y el juez Francisco Chueca tenía 24 horas para dar un nuevo dictamen. Los shows estaban programados desde hacía 2 meses, y cumplían con todos los requisitos de seguridad. El concierto del sábado ya tenía 12.000 entradas vendidas. El juez Chueca era conocido por la honestidad e independencia en sus decisiones, y en los noticieros no se dejaba de hablar de la censura contra los redondos. Había optimismo, al parecer todo estaba a favor de la música, pero el juez mantuvo la prohibición de los dos conciertos en Olavarría.

Según informes policiales y otras averiguaciones, el juez dictó que el movimiento multitudinario llamado Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota facilitaba la acción de pandillas y delincuentes que pondrían en riesgo la seguridad ciudadana, pues así había sucedido en otros lugares donde los redondos se habían presentado. No se podía afirmar que un concierto de los redondos era una sesión de yoga; tampoco se podía ocultar el desorden y la violencia de la reunión de miles de inconformes, pero en el fondo eran fiestas de sentimientos populares que muy poco quieren los políticos. La decisión final fue tan fea como se lee: “deniégase la autorización para la actuación del conjunto de rock Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota prevista para los días 16 y 17 de agosto, en el Maxigimnasio del Club Atlético Estudiantes”.

Los abogados de la banda nuevamente apelaron la decisión y recurrieron a una última instancia. Sin embargo, nada cambió. Cuando solo restaban 4 horas para el inicio del concierto, los jueces de la Sala I de la Cámara de Apelaciones ratificaron el decreto que prohibía la presentación de los redondos por parte del intendente Esverri, quien además se atribuyó el coraje de cuidar a la ciudad y su gente. Pero no de esa forma se libró de los ricoteros. Llenos de desazón y rabia por la cancelación del concierto, centenares de jóvenes hicieron disturbios frente al Palacio Municipal de Olavarría, y al hotel donde se alojaba la banda. La ciudad, con o sin concierto, no tuvo días normales.

Después del duro golpe, sucedió algo nunca antes visto. Los redondos dieron por primera vez una rueda de prensa; increíble para una banda que tenía detrás conciertos con cerca de 100.000 personas. Con los periodistas, el ‘indio’ Solari, líder de la banda, habló sobre el caso y su boca no tenía más que disculpas para los ricoteros que se quedaron sin los tan esperados shows. La culpa no era del ‘indio’, pero sabía que sus seguidores necesitaban la más leve muestra de cariño por parte de su banda.

“Hay una cosa que tendría que estar clara: estos chicos lo que quieren es venir a estar abrazados con sus novias, venir a bailar, venir a ver un espectáculo de rock y a escuchar las cosas que a ellos los conmueven, y eso es un derecho que creo que ha sido avasallado este fin de semana. Eso es lo que yo pienso”, dijo Solari.

Los productores del concierto desmintieron las versiones de que la banda se iba a presentar en cualquier esquina de Olavarría. Pues bien, nadie se enteró que el ‘indio’ y su guitarrista Skay Beilinson, a las tres de la mañana, salieron a tocar como homenaje póstumo a la fallecida fiesta ricotera. Sentados en un andén, ambos cantaron “Jijiji”, su tema icónico, ese mismo que provoca el llamado pogo más grande del universo. Pero esa noche no había nadie, solo el viento de la prohibición.

*Basado en entrevistas, documentales y noticias sobre Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, y la prohibición de Olavarría.

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