Jazz job

Miles Davis no podía creer que lo estaba viendo: en el asiento trasero del taxi en que viajaba, una prostituta blanca le estaba chupando el pene al otro pasajero; se lo estaba mamando nada más y nada menos que a Charlie Parker, para muchos, el mejor saxofonista alto de toda la historia del jazz. Y tal vez por eso, porque Parker era el músico más idolatrado por los grandes jazzistas de la Nueva York de los años cuarenta, Miles no tuvo más opción que aguantarse la mandanga de su amigo y maestro.

‘Bird’, como le decían a Charlie Parker, en ese preciso instante era el hombre más hedonista del mundo. Al tiempo que gozaba de una buena sesión de sexo oral, bebía whisky y comía trozos de pollo frito, su manjar preferido. También estaba chutado, se había inyectado la heroína suficiente para ser un sinvergüenza por gusto. Para no dejar de tener la boca activa, como si fuera un vicio de saxofonista, ‘Bird’ intercalaba sus bocados con suaves lamidos en el clítoris de la prostituta. Y posiblemente le producía aún más placer el hecho de que todo lo anterior sucedía con una mujer blanca, en tiempos en los que un negro ‘ni por el chiras’ podía ser presidente de Estados Unidos.

El taxi recorría las calles de Manhattan, las mismas que unos meses atrás Miles Davis caminó de arriba abajo para poder encontrar a Charlie Parker. A Miles se le hacía familiar la ruta, desde el Minton’s Playhouse de Harlem hasta la Calle 52 del corazón de la ciudad, los lugares en donde el jazz evolucionaba todas las noches. Miles había llegado a Nueva York en septiembre de 1944, para meterse e inmortalizarse en el mundo del jazz. Y por eso buscó al más grande del género, al que en ese momento deseaba nunca haber conocido.

La mamada que recibía ‘Bird’ cada vez se hacía más fuerte. Al mejor estilo del bebob, el subgénero del jazz que dominó los años cuarenta, la prostituta trataba el pene de Parker como cuando él no tenía piedad con su saxofón. Los ruidos aumentaban, ‘Bird’ gemía, se ahogaba con el pollo, y volvía a gemir. Por su parte, Miles Davis, un tipo de un carácter muy fuerte, no hacía más que fruncir su ceño hasta el fondo de la tierra.

-¿Qué te pasa? ¿Te molesta lo que estoy haciendo?-. Preguntó ‘Bird’.
-Sí, me molesta-. Respondió Miles.
-Si te molesta, entonces voltea la cabeza y no prestes atención.

A Miles casi le da urticaria después de que escuchó esas palabras. El taxi era estrecho y los tres estaban en el asiento trasero, de modo que no se podía ignorar por completo la escena porno-gastronómica de ‘Bird’ y su puta blanca. Miles sacó su cabeza por la ventanilla, pero ni así pudo escaparse de los ruidos que hacían sus dos acompañantes. Entonces, ahí, como en ningún otro momento o lugar, Miles concluyó rotundamente que ‘Bird’ era un tipo demasiado importante y que su música lo hacía intocable.

Miles tenía 19 años cuando tuvo que presenciar un orgasmo de su ídolo. ‘Bird” tenía 25, todavía era joven, pero por dentro su edad era el doble. Miles, así como absorbió las destrezas de ‘Bird’ en la música, también iba a aprender todos sus vicios poco tiempo después, y hasta pudo haber hecho cosas peores que su maestro. Ambos eran como padre e hijo, ambos se encargaron de marcar hitos en la historia del jazz, y ambos tuvieron vidas muy desenfrenadas. Sin embargo, ellos dos y el resto de los mejores jazzistas de esa época no se apreciaban como personas, sino más bien como músicos ajenos a cualquier moral.

Por fin el taxi llegó al club Three Deuces de la calle 52 de Manhattan. Miles sintió un leve alivio en su rabia y ‘Bird’ estaba exageradamente relajado para tocar toda la noche sin parar. La prostituta siguió su camino por esas calles que olían, sabían y sonaban a puro jazz. Todo lo que había pasado sólo lo iba a contar Miles 45 años después, cuando estaba muy cerca de la muerte.

Cuando ‘Bird’ empezó a tocar esa noche, como era habitual, la magia de su música automáticamente lo absolvió de todos sus pecados. En sus presentaciones no importaba si empeñaba su ropa para comprar heroína, si no asistía a muchos de sus shows o si permitía que las putas se lo mamaran en frente de sus amigos. Lo mismo sucedió con Miles Davis tiempo después que se la pasó de parranda, pero con su trompeta se encargó de pilotear a su antojo el buque sonoro de la historia del jazz.

En fin, para que quede muy claro lo que aquí se habló, así no parezca, en la buena música muy poco importa cómo son las personas.

*Basado en el libro Miles: The Autobiography y el documental The Miles Davis Story.

  • marialu

    bello post : )

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