Sívar: retrato de una ciudad con epilepsia

Por Virginia Lemus. El Salvador, 1987. Colaboradora de Distintas Latitudes, revista digital de reflexión latinoamericana.

 

[Este texto apareció originalmente en el número 272 de la revista mexicana Eme Equis como parte de la iniciativa de Distintas Latitudes para publicar y difundir crónicas y reportajes inéditos de jóvenes periodistas sobre las ciudades de América Latina]

 

Yo no sé adónde vivo. Digo, sé de memoria la dirección de mi apartamento, sé qué rutas de buses me llevan a él, sé qué direcciones darle a un taxista, pero no sé decir bien qué es esa ciudad amorfa y de crecimiento metastásico en la que me tocó nacer. San Salvador, le llaman. Dicen que tiene casi quinientos años de existir, construida sobre lo que los pipiles llamaban Cuzcatlán; dicen que ha cambiado de locación tres veces, así que eso que llaman San Salvador es tan difuso, tan confuso, que a veces uno duda sobre su misma existencia.

 

San Salvador existió. Era una capital como el resto de capitales coloniales centroamericanas, con el esquema alcaldía-catedral-parque en el centro de su ser, con edificios coloniales y mentalidad de ladino con complejo de criollo. Calles adoquinadas y estrechas, mercados cerrados y oscuros, parques por los que eventualmente ya sólo las prostitutas y los vagos deambularían. En el transcurso de cinco siglos los terremotos, las erupciones y la guerra la desfiguraron y la hicieron explotar, esparciéndose hacia todas direcciones. Es el precio a pagar por estar entre dos volcanes y sobre una telaraña de fallas geológicas. San Salvador nació maldita, destinada a una muerte trágica y dolorosa. Sabiéndolo, vivió de la única manera que pudo: mutando.

 

Después de siglos de ser salvaguarda de criollos y sus fincas con esclavos, la ciudadela blanca fue desvaneciéndose a pausas hasta convertirse en retrato puro del sincretismo racial. Los apellidos grandes y sus fincas de café se mudaron al occidente y, para mediados del siglo XX, mi ciudad estaba satisfecha siendo un pueblo grande. Fue entonces que el mundo –y las circunstancias- la hicieron industrializarse. Empezó a expandirse hacia el oriente y ahí asentó a sus fábricas. Al tiempo, empezó a recibir a los hijos del campo que veían en ella la oportunidad de estudiar, de trabajar en las incipientes industrias y dejar la miseria para, con algo de suerte, dejar de vivir como en San Salvador y convertirse ellos mismos en capitalinos. Esto habría de marcar el rostro y el espíritu de la ciudad irrevocablemente.

 

Estos migrantes nunca dicen “soy de San Salvador”. Al ser increpados harán siempre referencia al pueblo del cual salieron. No se ven ni se verán como parte de la ciudad donde viven, trabajan y educan a sus hijos. Mi madre, por ejemplo, nació en la capital y ha vivido en ella treinta y cinco de sus cincuenta años, mas siempre dice “soy del Puerto de La Libertad”, a cuarenta kilómetros de acá. ¿Qué tiene San Salvador que produce en el migrante tanta resistencia a asumirse como parte de ella? ¿Por qué rehusarse con vehemencia a ser ella, a vivirla y a tenerla? La respuesta es muy simple; dolorosa, pero simple: San Salvador no existe. El territorio está. La soberanía está. Pero si el pueblo se niega a ser él mismo, no hay nada qué hacer: San Salvador está muerta porque muerto está su espíritu.

 

sansalvador San Salvador 1. Foto de Andrew Griffith

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La tímida industrialización y la crueldad de la guerra en el campo hicieron de ésta una ciudad de migrantes. Aún ahora es extraño encontrar a alguien cuya familia haya residido por más de dos generaciones en la capital: durante dos décadas migraron a ella los campesinos que no podían o no soñaban con vivir en el norte del continente. La capital, creían, era un hervidero de empleos. Nunca lo fue y sigue sin serlo. Sin recursos para volver a sus pueblos, los migrantes que ahora habían triplicado la población de la capital minúscula de un país con epilepsia, se quedaron en San Salvador y se volcaron hacia el comercio informal. La década de los ochenta fue la última que pudo dar fe de la existencia de aceras en el Centro Histórico. Desde entonces, éstas alojan a un monstruo de canastos, de vendedoras que arrastran sus verduras en carretillas, de niños que duermen en cajas de tomates, de ventas de ropa; de buses, humo, reggaetón y cumbia. San Salvador es una señora mórbidamente obesa cuya ropa a duras penas puede contener su cuerpo.

 

Tras el terremoto de 1986 que destruyó por enésima vez el centro de la capital, debimos haber entendido y volver a nuestros pueblos. Cualquiera lo habría hecho, pero no nosotros. Los edificios blancos y neocoloniales del Centro fueron puestos en alquiler y la ciudad empujó sus límites un poco al occidente; ahí afincó sus centros financieros y su actividad económica en general. Los trabajadores formales se asieron de los municipios adyacentes (al norte, al sur, al oriente) y los volvieron ciudades-dormitorio. Los trabajadores informales convirtieron su pobreza rural en lumpen urbano: formaron barrios bravos que crecen como enredaderas que se adueñan de las colinas vecinas a las casas de la clase alta; hasta que del núcleo neocolonial de antaño ya no quedó nada visible: el San Salvador silente y colonial, sus portales y plazas, mutó en un monstruo urbano y caótico que en algún punto en los ochenta dimos por llamar Sívar.

 

Lo que el ideario colectivo denomina “Sívar” tendrá mi edad: veinticuatro, veinticinco años. Es mucho más grande que San Salvador, invade el espacio de los doce municipios que le rodean, cuyos nombres ahora resultan casi anecdóticos, porque como asentamientos urbanos son prácticamente uniformes. Como buen hijo de la guerra, tiene -sin saberlo- cicatrices por todos lados. De repente se verá las rodillas y dirá “bueno, ¿qué es este balazo?”, mas lo reconforta la calma que sólo da la ignorancia. No recuerda qué pasó, así que solo les presta atención por un momento. De todas maneras, las heridas nuevas son muchas, sangran y supuran. Comprenderá el lector, entonces, que le resultan mucho más urgentes.

 

Sívar es la expresión viviente de una dicotomía: un ente comercial con ínfulas de capital de país grande, pero atrapada en cuerpo de pueblo. Está llena de edificios con luces de neón, pero su tráfico es insufrible porque las calles son demasiado estrechas. Está llena de franquicias gringas y una parte importante de la publicidad de sus calles está en inglés, pero la educación pública sigue teniendo pobres resultados en el estudio del lenguaje y literatura en español. Uno no termina de comprender si ésta es una capital moderna o un pueblo en bonanza, aunque se inclina más a la segunda. En muchas maneras, Sívar sigue siendo un pueblo. En cualquier punto de la ciudad en que uno viva, las posibilidades de ser despertado por el canto de un gallo o el trinar de los pájaros son altísimas.

 

52360878 San Salvador 2. Foto de J. Stephen Conn

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El nombre formal de Sívar es Área Metropolitana de San Salvador. En ella viven dos millones de personas y más de la mitad son menores de 29 años. Los adolescentes, como hijos urbanos de una ciudad globalizada, corren por todos lados pendientes del modelo de celular de vanguardia (que no pueden pagar), se avergüenzan cuando se descubren hablando con nahuatlismos (omnipresentes en el español de El Salvador, pero visto peyorativamente por quienes se asumen cultos o “fresas”) e intentan imitar el acento foráneo de las telenovelas. Algunos jóvenes se vuelcan al anime, al parkour, al skateboarding; a los grupúsculos activistas de las universidades que añoran izquierdas y revoluciones fantasmales, al fútbol; otros al metal pesado o a los voluntariados de iglesia. No existe algo como una tribu urbana característica de la capital porque lo que éstas requieren es lo único que este lugar no puede dar: no existe un lugar adónde reunirse.

 

Quien vive y padece esta ciudad es una especie de mutante; se ufana de vivir en la capital y puede recorrerla de extremo a extremo sin cambiar de autobús. Utiliza a los centros comerciales como parques, pero si es de clase media llega a su colonia (vecindario) y saluda a la vecina que encuentra a su camino, a la vendedora de pan o de tamales, a la señora de la tienda. Se conocen de toda la vida y con esa tranquilidad conviven, porque esa cuadra puede ser la única en que se sienten seguros en toda la ciudad. Quienes tienen ese privilegio son pocos, son la clase media o media-alta que tiene la suerte de vivir en las urbanizaciones antiguas. La mayoría, hijos de migrantes, los primeros que pueden decir “soy de Sívar” viven en realidad en las ciudades-dormitorio y se crían, estudian, viven y moldean su vida alrededor del miedo.

 

Sin importar en qué sector de Sívar se viva y qué tan paranoico esté uno al respecto, el miedo es omnipresente. Nuestra vida está llena de medidas al respecto: las casas están rodeadas de rejas y son celdas modernas coronadas con alambre de púas o vidrios cortados para herir al potencial ladrón, las puertas se cierran con doble llave y trancas o pasadores; se sale de casa con el dinero mínimo y, ya en la calle, se camina rápido y con la vista fija al frente. Si alguien grita a mi paso, no giraré a ver qué sucede, porque lo más probable es que termine muerto o herido. El joven camina rápido, sin ver su ciudad, sin poder mostrar gestos humanos ante el otro herido en la calle o al niño abandonado. El más atrevido llamará a la policía y ese mismo acto podría ser su condena, porque aun por portar el celular más barato del mercado y hacer una llamada en el momento inoportuno puede uno acabar muerto. Porque sí, acá no basta con robar: también te matan. Si tenés suerte, te matan de dos, tres balazos. Si no es tu día, tu nombre pasará a engrosar la lista de desaparecidos y tu cuerpo aparecerá desmembrado e irreconocible en algún terreno baldío ¿Por qué? La respuesta es demasiado complicada.

 

Quien esté familiarizado con lo que pasa en El Salvador preguntará si las maras son una identidad urbana como tal. Lo son, pero el membrete les queda corto. Las maras en Los Ángeles, su sitio de origen, podrían denominarse así, pero cuando las políticas migratorias del gobierno de Bush padre decidieron librarse de ellas y transplantarlas en un país en que se torturaba por motivos políticos, les dieron un caldo de cultivo en ebullición y transformaron a los hijos de la marginación en individuos que matan, violan, descuartizan sin razón justificable. Extorsionan, roban, prostituyen con afán de lograr el dominio indiscutible de un territorio. Los esfuerzos por cuantificar su presencia son timoratos, porque hasta el más experimentado de los trabajadores sociales teme adentrarse en sus territorios. Nadie sabe a ciencia cierta cuántos son, pero sí dónde están y de lo que son capaces. Son un espectro y siéndolo son capaces de paralizar el transporte de la ciudad a su antojo. Muchos no los han visto de cerca y tampoco quieren, mas condicionan toda su existencia ante la posibilidad de ser victimizados por ellos.

 

El joven padece la verdad de su ciudad de una manera peculiar: le restringe las visitas a sus amigos y sus sitios de diversión, mas la verdadera magnitud del miedo que infunde la existencia de las maras lo cargan quienes en décadas pasadas llegaron a Sívar huyendo del pavor de la guerra. Otrora al mío se le denominó “El País de la Sonrisa”, lleno de gente amable y conversadora. Aun este año en algún bar de Ciudad de Guatemala un mexicano me dijo “ustedes se diferencian bien marcadamente del guatemalteco; ellos son huraños, mientras ustedes son mucho más conversadores”. El extranjero lo ve, pero el capitalino mayor de 35 años tiene demasiado miedo como para permitirse conversar con cualquiera a bordo de un autobús. Sostienen sus pertenencias y las presionan contra su cuerpo, constantemente viendo alrededor en busca de potenciales ladrones. Porque vivieron el terror y han sido testigos de lo que puede llegar a hacer, temen ahora mucho más que antaño, porque ya tienen pareja e hijos por los cuales velar. Sívar es miedo y reserva. Pero no se limita solo a eso. A últimas fechas, se ha atrevido a vivir un poco más.

 

Como buen pueblo tropical, el salvadoreño baila. Baila a la menor provocación, baila a pesar de no tener qué comer. Las bocinas resuenan por todos los rincones de Sívar, porque la cumbia es el tatuaje en el alma de los pueblos tristes. Incluso quien no baila no puede escapar al resonar de las ventas de discos piratas y de vez en cuando sucumbir al menos a mover los pies rítmicamente al compás de la música mientras está atascado en el tráfico. Desde hace un par de años, Sívar se ha llenado de música. Han surgido bandas de géneros musicales diversos: de fusión, de indie rock, de jazz… Han tomado posesión de la escena bohemia (qué término tan atroz), de los bares y los cafés, hasta llegar al punto de invadir los parques una vez al año para recordarle a Sívar que hubo un tiempo en el que éste fue un centro cultural pujante. Los músicos y artistas han optado por hacer lo más valiente dadas las circunstancias: han optado por crear. Poco a poco, los jóvenes –universitarios en su mayoría- empiezan a escuchar. Los nombres de las bandas pasan de boca en boca; sus discos, de USB en USB. La palabra/arte se esparce y de a poco uno empieza a creer que alguien más ha visto el potencial de la ciudad y empezará a explotarlo.

 

El domicilio como atributo jurídico se compone de dos partes: el corpus, que es el elemento material, y el animus, que es la intención de vivir en un lugar determinado. Mi domicilio es ingrato y hace lo posible porque yo no viva en él: es amorfo, es ruidoso, nadie previó que crecería tanto y ahora es un asentamiento metastásico sin miras a ordenarse. Se ha derrumbado tras veinte terremotos y dos erupciones, ha sobrevivido a tres cambios de locación y ha recibido oleadas de migrantes, así que es muy difícil pedirle a mi ciudad que sea cuna de identidades claras y distinguibles. Es casi imposible. Lo que sea que surja de Sívar tendrá impregnado el caos, el desorden, el miedo y la cumbia. Algo tendrá también de la sonrisa y la fácil conversación de antaño. Mostrará además las heridas antiguas y las actuales, los blancos edificios neocoloniales y los nahuatismos, la huella de dolores antiguos y actuales. Sívar es la herencia de San Salvador, y en la carga de su historia está su identidad. Será una ciudad ingrata para vivir, desordenada y obesa, pero es mi animus estar en ella. Sívar es mía tanto como yo soy de ella.