Sobre el acto de firmar…..

Un cuadro no es solo lo que se representa en él, es decir, no es solamente su tema. Un cuadro es también -y a veces sobre todo- una manera de manifestar la individualidad y la subjetividad del artista. Su manifestación no reside únicamente en los brochazos, esta termina por extenderse al campo personal cuando el pintor, con su firma, cierra el ciclo anotando su existencia. La pintura pues, encarna la acción de representar y la acción de evidenciar el paso de aquel que representa con un “Esto lo he hecho yo”.

En la época medieval sobre todo en el siglo XIV encontramos la costumbre de firmar en el marco con frases como “opus” (obra o logro de…) y el nombre del pintor. La firma no es sólo la afirmación de “aquí he estado yo” o “esto lo he hecho yo,” sino también la confirmación de que el trabajo ha sido concluido. Con el tiempo el artista pasa de firmar fuera de la obra a firmar dentro de la obra. También pasan de una letra impersonal a una cursiva y se suprime totalmente el uso de la tercera persona como “obra de tal pintor”. Supongo que era un factor que ponía en duda la autoría del artista. En el siglo XIX se popularizo una firma más caligráfica, la cual implica una expresión más inmediata del pintor sobre la obra, y así se ha mantenido hasta nuestros tiempos.

Nunca me ha gustado firmar; firmo mis obras porque me obligan mis galeristas. Encuentro que es un simple vestigio histórico que antes era necesario, pero hoy en día me parece una acción algo ridícula que, además, daña la composición. Sin embargo el mundo tiene sus maneras de funcionar y las obras son más fáciles de vender si están firmadas… Así que me trago mis palabras y firmo, pero lo hago sin que se vea. Defiendo que si el mundo necesita mi firma en una obra para saber que la he hecho yo, algo esta mal conmigo o con el mundo.