“¡Apártense vacas que la vida es corta!”*

(Publicado originalmente en el blog Ángela Perversa: http://angelitaperversita.blogspot.com/2014/04/apartense-vacas-que-la-vida-es-corta.html?spref=tw )
 
Antes que nada, no pretendo escribir una despedida para Gabriel García Márquez, porque de hecho ya lo hice y fue difícil. Si quieren leerla está aquí, en la Revista Diners, donde ocasionalmente tengo el gusto de escribir.
Lo que sí quiero hacer en esta nota, personal, escrita en este lugar apartado del ruido mediático es recordar, especialmente recordar junto a las personas con las que compartí en clase la obra de García Márquez, las cosas maravillosas que pasaban alrededor de su lectura. Los anteriores 5 años de mi vida dicté, sin falta alguna, clase sobre Cien años de soledad. Aún cuando abandoné en mi programa obras enormes como  Crimen y Castigo, Cien años parecía ser lo único inamovible de mi programa de clases. Eso, Medea (o alguna otra tragedia clásica) y Piedra de sol, de Octavio Paz. Ya que estoy informalmente dirigiéndome a esas personas con las que leí durante tanto tiempo, tal vez sea justo explicarles la razón de mi terquedad: estamos en Latinoamérica.
Durante cinco años recorrimos el puente que vinculaba la mitología y la épica clásicas con nuestro desorden latinoamericano, con nuestra tendencia silvestre y nuestro desenfado al hablar y quiero creer que entendimos algo, yo al menos, me conocí mejor a través de los ojos que mis estudiantes me prestaron para volver a leer. Me reencontré con el placer de leer por leer cuando Melina, en el primer año, se mostraba sorprendida por el asunto del hilo de sangre que anuncia la muerte de José Arcadio y yo viaje diez años atrás al momento en que por primera vez leí esa escena, recuperando un asombro que creí que ya no era capaz de sentir después de la sedación/formación universitaria. Me llené de orgullo, rabia, coraje, tristeza cuando en clase leímos en voz alta —era febrero de 2010— el fragmento sobre la masacre de las bananeras. Me reí con las mismas ganas con las que Andrés se rió cuando me mostraba la cita “¡Cabrones! ¡Viva el Partido Liberal!”
Más adelante tuve a Juan en clase. Era todo un reto porque ya habíamos intentado con Medea, El extranjero, Demian y yo no veía cómo lograr que con Cien años y sus 350 páginas de realismo mágico fuera distinto. Y entonces sucedió: Juan, maracucho, ruidoso y deportista, leyó completo el libro durante una de las semanas de receso, y le gustó. De alguna manera, la atmósfera de Macondo era algo con lo que él se podía relacionar genuinamente, sin sentir que estaba haciendo una tarea. Al hablar de esto, espero, de todo corazón, jamás haber hecho de Cien años de soledad una tarea. Ellos, mis estudiantes lectores, me desmentirán. Lo que intenté, con toda honestidad, fue hablar, hablar con amor y pasión y alegría sobre una de las obras con las que mi papá me empujó al mundo de la literatura. No recuerdo con cuál de los cuatro cursos tuve la experiencia de llevarles la primera edición, mi tesoro más grande, la mejor herencia del señor Cruz, pero creo que esos niños vieron cómo las manos me temblaban solo con pasar las hojas.
Tomé numerosas fotos de mis clases sobre Cien años de soledad, especialmente con el segundo grupo, el de Santiago, Sergio, Memo, Paola, Paula, Laura, Rayner, Jorge y todos los demás, en las dos sesiones de clase, en quienes vi de manera especial una atención a los detalles y sobre todo un deseo vivo por comprender. Recuerdo estar sentada en mi mesa intentando que llegáramos a la profundidad, a la terrible ironía del último regalo de Navidad del padre de Fernanda del Carpio.
Recuerdo también la ansiedad por no saber el fragmento de la novela que tendrían que comentar en su examen y el alivio posterior cuando su hoja les hablaba sobre la fiebre del insomnio o los pescaditos dorados del Coronel Aureliano Buendía.
Sin embargo, hay que reconocer que leer Cien años de Soledad era el destino natural de nuestro viaje, que había empezado años atrás —gracias también a profesoras dedicadas y sabias como Beatriz Vergara y Gladys De Bravo—. Recuerdo hacer clase afuera y leer durante tres sesiones, en voz alta, con uno o dos de los grupos, Crónica de una muerte anunciada en su totalidad. Aún puedo sentir el nudo en la garganta cada vez que llegaba a Santiago Nasar subiendo la escalera con su “ramo de rosas” colgándole del vientre.  Luego, con El coronel no tiene quién le escriba, recuerdo los ojos blanqueados de las niñas ante la terquedad del coronel y los ceños fruncidos de los niños, ante cualquier intromisión de su esposa. Todos, incluso yo que había leído a su edad la misma historia, le hacíamos fuerza por igual a la salud del gallo y a la llegada de la carta.
El año siguiente leíamos El amor en los tiempos del cólera y vi las caras entusiastas del año anterior tornarse inicialmente somnolientas hasta que, claro, resultó que 53 años, 7 meses y 11 días después, nuestra persistencia y la de Florentino Ariza tuvieron todo el sentido del mundo. Así como luego, adentrarnos en los cuentos resultó natural y divertido, aunque no por ello menos complejo: recuerdo ver una adaptación audiovisual pésima de Un señor muy viejo con unas alas enormes y reírme junto a ellos como si no hubiera mañana porque ya para entonces sabíamos, todos, que no había manera de hacerle justicia a un relato de esa magnitud. Con otro grupo, antes o después, mientras leíamos Del amor y otros demonios, tuve que aceptar con humildad, la petición de no ver, —¡NO VER!— la película en clase: lo entendí por completo, no existe criatura humana capaz de ser Sierva María.
Una de mis estudiantes me dijo también un día que si mi propósito con ponerlos a leer La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada era hacerlos perder su fe en la humanidad, lo estaba logrando. Otra me dijo que no le parecía que el El verano feliz de la señora Forbes fuera una lectura para su edad. Uno, que acababa de sufrir un revés amoroso, me decía que en este mundo todas son Ángela Vicario, con toda la rabia que creo, era capaz de sentir.
Lo anterior me sirve para llegar al motivo central de esta nota: yo vi, con mis propios ojos, como la lectura de Gabriel García Márquez afectó a mis estudiantes, cómo los tocó, cómo pudieron sentir que les hablaba directamente. Creo que una de las razones es la siguiente: estamos en Latinoamérica. Sin embargo, ni todos mis estudiantes eran latinos, ni el español era su primera lengua. Supongo que eso debe querer decir algo.
De este modo, la avalancha de artículos, unos más oportunistas y faranduleros que otros, sobre la muerte de García Márquez me ha demostrado, en el barrido que he hecho desde las dos de la tarde de ayer hasta esta mañana, que la lectura de García Márquez no lo deja a uno intacto y que es casi imposible fingir que se leyó al autor; ayer en su nota de despedida “Primer amor”, Catalina Ruiz-Navarro decía que la relación de todos los colombianos con la obra de García Márquez es íntima y, como todos sabemos, la intimidad es algo que no se puede aparentar. Hay quien lo logra, sin embargo. Hay quien cree que escribir para medios es hacerlo oscuramente y dar muestras de erudición, de superioridad intelectual. He leído artículos en los que sin humildad alguna se juzga el estilo de García Márquez a la luz de ideas de segunda mano, de lo que ya han dicho los estudiosos de su obra, sus contradictores o cualquiera en fin que sí lo ha leído y no habla para alimentar su vanidad.
Yo escribo esta nota para la gente que quiero y que no tiene ni idea, como yo, de si García Márquez gustaba del sancocho, se cepillaba los dientes antes de dormir, prefería el café con o sin azúcar y sin embargo, logró comunicarse con él en un nivel personal, profundo. Para quienes como yo, a pesar de haber o no leído tanta teoría y crítica literaria alrededor de la fundación de Macondo,  sentimos esa aldea de casas blancas como nuestro hogar, y no porque estamos en Latinoamérica, sino porque desde cualquier lugar del mundo, la casa de Úrsula y sus animalitos de dulce siempre tendrá las puertas abiertas para recibirnos.