Eduardo Carranza y Mauricio Contreras: una epístola profética

 

Pie de foto: Epístola mortal y otras soledades, publicado en 1975

Tal vez muchos recordemos —especialmente aquellos nacidos antes de la década del 90— clases de Español y literatura, Lengua Castellana, o Español a secas, dependiendo de la institución, en los que algún profesor declamaba o hacia a sus estudiantes declamar poemas. Me sucedió durante la primaria en mi escuelita de barrio —una casa de dos pisos en la que vivían las dos hermanas dueñas de la misma, Doña Alicia y Doña Silvia—, en el colegio de monjas del centro donde las madres nos mostraban la poesía del Siglo de Oro español, y en el colegio de barrio, refugio de todos los echados de otros colegios, en el que terminé el bachillerato. Gracias a esta experiencia educativa somos muchos los que aún recordamos la “noche toda llena de murmullos, de perfumes y de música de alas” de Silva, las torpes aventuras de Simón el bobito, la “vieja escuálida y horrible” de Julio Flórez, los “lánguidos camellos de elásticas cervices” de Guillermo Valencia y la Teresa —“en cuya frente el cielo empieza”— de Eduardo Carranza.

Precisamente es Eduardo Carranza, gracias al cumplimiento de su centenario el pasado 23 de julio, motivo de variados homenajes, charlas y reediciones, como la hermosa antología Los días que ahora son sueños publicada por la Casa de Poesía Silva. Es pertinente recordar que la figura de Carranza se hace relevante, hacia 1941, cuando publica su artículo Un caso de bardolatría en el que discute con Baldomero Sanín Cano sobre la poesía del grupo Los Nuevos, y adicionalmente la de Guillermo Valencia que, en su opinión, ha caído en la mera retórica parnasiana, despojada de sentimiento y “humanidad”. Propone el autor —como señala Mª Mercedes Carranza en Carranza por Carranza— “que el poeta debe ser como una especie de catalizador de su época, en todos los sentidos ligados al corazón humano”, de modo que la poesía colombiana debería dirigirse al lirismo y el misterio de lo que no se dice, volcarse hacia la metáfora de manera más decidida, romper con las leyes de la lógica y en suma, superar el modernismo. Se supone que tal es el propósito del grupo Piedra y Cielo y sus cuadernos autogestionados.

Aclara sin embargo Mª Mercedes Carranza en ese ensayo —que sirve como prólogo a la antología publicada este año— que la poesía inicial de Carranza dista mucho de lograr los altos propósitos que plantea en su artículo en contra de Valencia. Desde el soneto a Teresa, recitado de memoria por múltiples generaciones, hasta sus poemas “patrióticos”, es difícil encontrar el anhelado espesor semántico, la profundidad emotiva y el misterio, debido a las descripciones efectistas del paisaje, la superioridad de la imagen frente a la metáfora.

Pie de foto: Mauricio Contreras, en el Taller Los Impresentables, habla de su relación con Eduardo Carranza

Lo anterior, sumado a las incomodidades que genera la persona de Carranza en cuanto a sus amistades y afinidades políticas, hace que muchas veces sea difícil considerarlo, estudiarlo de manera objetiva en las clases y talleres de poesía. Su carisma, su carrera como diplomático, su cercanía con el franquismo y los artistas de vanguardia, esa peculiaridad de tener amigos en cada orilla, y los gratos recuerdos de su magisterio entre la mayoría de quienes fueran sus estudiantes, conforman una figura contradictoria y algunas veces difícil de asimilar. El motivo romántico de sus poemas tempranos, que parecen a veces diseñados sólo para conquistar muchachas, lo convierte en un autor que no resulta atractivo estudiar.

En todo caso, al hacer una aproximación a Carranza en el taller de poesía Los Impresentables, la mejor opción fue invitar a alguien que hubiera tenido una experiencia más cercana con el autor, alguien que lo apreciara genuinamente y que tal vez pudiera ayudarnos a dilucidar de manera más clara la importancia de Carranza en el panorama poético colombiano.

No noté la presencia de Mauricio Contreras hasta que lo vi sentado al lado mío. Con sigilo y delicadeza, Contreras empezó a narrar la anécdota de haber conocido a Carranza cuando era muy joven. Carranza, quien acostumbraba viajar por la Sabana, era un cliente frecuente de la madre de Contreras quien por esa época tendría 15 años y era, como él mismo dice, un lector voraz. “Si una cosa tenía mi madre es que hacía clientes”, narra, para recordar cómo el poeta se convirtió en asiduo visitante de la tienda de bordados y cómo al regresar de un viaje a España llegó con regalos para su madre y sus hermanas. Carranza desconocía hasta entonces de su existencia y cuando su madre lo presentó diciendo que este muchacho “no hace sino leer, ya no sé qué hacer con él”, prometió regalarle algún libro cuando volviera de visita.

Pie de foto: El epígrafe de Quevedo, corregido a mano por el propio Carranza

Corría 1976 y Mauricio Contreras estaba por graduarse de la normal y convertirse en docente, al igual que Carranza. Es en ese momento de transición hacia la vida adulta y la salida del hogar materno que Contreras recibe lo que él mismo señala como lo “rescatable” de la obra de Carranza, Epístola mortal y otras soledades.

Como todo lo valioso en el hogar familiar, la madre de Contreras guarda el libro del doctor Carranza en el baúl de los tesoros familiares donde, por gracias del azar poético, permanecería varios años, poco antes de la muerte del poeta.

Por esa época, Mauricio Contreras decide que quiere estudiar la licenciatura en Química y se reencuentra con Carranza, quien le ayuda a cumplir este propósito. Llega entonces el momento de retomar el libro de marras, de sacarlo del baúl familiar. El encuentro con la Epístola mortal marca para Contreras, —y para cualquier lector de la obra de Carranza— un punto diferencial con respecto a todos sus trabajos anteriores.

Señala Contreras la notoria madurez de los versos, el abandono del motivo de las “muchachas en flor”, la creación de una atmósfera reflexiva y el logro de una profundidad emotiva ausente de las previas descripciones bucólicas del paisaje de la juventud. A partir de una estructura de inventario, el yo lírico que escribe esta epístola, hace un recuento de sus amigos muertos, de las esperanzas idas y de la soledad propia de los años que nos aproximan a la propia muerte. Tal sabiduría de los años le añade al poema un tono profético —incluso se presume un real anuncio del destino de Jorge Gaitán Durán. Adicionalmente, la ruptura con la musicalidad tradicional y un intricado juego de referencias que da cuenta de su vasto conocimiento de la lírica española y lo mezcla con la cultura popular de la que es contemporáneo. Es innegable que tal vez sea éste el único momento en el que Carranza logra en verdad acercarse a todas las propuestas planteadas en su artículo contra Valencia. Lo anterior, sumado a la belleza de su edición, justifica que este libro haya sido resguardado en el baúl.

Pie de foto: Grabado de Alejandro Obregón para la primera edición de Epístola mortal y otras soledades

Por tal razón resulta comprensible la sutileza con la que Contreras manipula el libro al enseñárnoslo: con dedos suaves señala la reproducción del grabado renacentista Melancolía de Alberto Durero presente en la portada, y nos devela en la tercera página del volumen el acrílico de Alejandro Obregón, titulado “Rompo aquel vaso donde te bebía” como el verso de su poema Hablando solo.

No obstante, tal vez lo más valioso del regalo de Carranza a Contreras sea la dedicatoria que el autor escribe:

“A Mauricio Contreras, con fe, esperanza y amistad: Y los mejores deseos de su colega, Eduardo Carranza. Mayo de 1976.”

Mauricio Contreras, licenciado en Química, investigador en pedagogía, ensayista y traductor, y además, autor de los libros de poemas GeografíasEn la raíz del grito, De la incesante partida, Devastación y memoria y ganador del Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá (2005) con su libro La herida intacta. Al tener como estudiantes a Álvaro Mutis o Gabriel García Márquez, Carranza pudo inferir su vocación literaria, bien sea porque corrigió sus primeros escritos o porque fue testigo de sus lecturas. Sin embargo, como nos muestra la profética dedicatoria a Contreras, la lucidez de los años al parecer le otorgó la facultad de predecir un colega al instante.

Pie de foto: La profética dedicatoria de Carranza a Contreras