Los bucólicos


Imagen: María Luisa Vela

La añoranza del campo puede ser un anhelo igualmente legítimo para los citadinos de los niveles socioeconómicos más extremos del país. Es un deseo perfectamente entendible el de buscar una vida más tranquila y sana si es posible pagarla. Sin embargo, el campo como ideal de vida no solo surge en quienes buscan alejarse de la ciudad. La situación contraria de tener que emigrar forzosamente hacia los centros urbanos por desplazamiento o por necesidad puede generar algo muy parecido.

En Bogotá, al igual que muchas otras ciudades del mundo, los problemas de movilidad, seguridad y alto costo de vida inciden en la cotidianidad de sus habitantes. Por eso, no es difícil imaginar la continua tensión entre la necesidad de vivir en la ciudad y el deseo de desplazarse (o regresar) al campo. Las capitales ofrecen las oportunidades de trabajo, el intercambio cultural y los servicios básicos para nativos e inmigrantes. Sin embargo, una ciudad que a pesar de ser utilitaria, se muestra en ocasiones peligrosa, atascada o cara es el terror para el futuro de los que llegan y la motivación de los que se van.

La Calera, por ejemplo, es uno de los paraísos más apetecidos por los bogotanos. Sin embargo, la zona por ser cuenca del río Bogotá está prácticamente vetada para hacer nuevas parcelaciones de vivienda e incluso está restringida la actividad agropecuaria. Los bogotanos no podemos salir corriendo a vivir en miles de casitas de campo en un lugar que geográficamente garantiza nuestro suministro de agua, y la gente de allá tampoco se puede venir para acá a tratar de hacer hogar en un sitio lejos de ser digno y a buscar trabajos que no hacen justicia a la experiencia rural que en la ciudad no sirve de mucho. La pregunta es abierta: ¿A dónde nos llevará ese relevo de territorios en el que los citadinos soñamos con el campo y los campesinos se ven obligados a mudarse a la ciudad? ¿Tendremos entonces unas áreas rurales llenas de minifundios abandonados y unos centros de ciudad llenos de apartamentos en arriendo?

Tal vez visualizar estos cambios puede llevarnos a la búsqueda de un equilibrio. Si no hay expansión, se disparan los valores por metro cuadrado del suelo urbano, pero a su vez expandirse tiene implicaciones en la ecología y en la demanda de infraestructura para la conectividad ciudad-región. De esta manera, la especulación inmobiliaria en los desarrollos suburbanos que suplen la demanda de la vivienda de estratos altos y las urbanizaciones piratas en sitios de riesgo dentro del casco urbano, en donde la autoconstrucción se sienta en infraestructuras precarias, son síntomas de una creciente inequidad en el hábitat capitalino. En este sentido, se correría el riesgo de que no haya suficiente apropiación de lugar en ningún caso y tanto el campo como las ciudades se conviertan peligrosamente en tierras de nadie.

Se trata quizás de políticas públicas que medien las necesidades de sus ciudadanos cada vez más diversos y sus dinámicas migratorias cada vez más aceleradas. Bogotá puede ser una ciudad más incluyente que recibe a sus inmigrantes con oportunidades de vivienda y trabajo dignos, independientemente de que vengan del campo o de otras ciudades. Asimismo, la ciudad quizás puede ofrecer una mejor habitabilidad para que sus residentes no huyan. Quizás valga la pena pensar en ciudades con mayor calidad de vida, de manera que no solo sean colmenas de nichos laborales. La idea sería que este tipo de intercambios sean más dinámicos y respetuosos que invasivos y que de esta manera se pueda enriquecer la experiencia urbana de todos. Llevar algo de las ciudades al campo y traernos algo del campo a las ciudades para no padecer esa polarización de voluntades individuales presente en nuestras migraciones.

  • M

    Ojalá la gran Maria Luisa escribiera en mas lugares y mas seguido. Siempre que le cosas de ella me queda la sensación que la arquitectura nos quitó una gran escritora. Saludos para ella.