Este hombre tiene Soul

Este hombre se llama Charles Bradley y su voz negra, potente y rasgada, podría sobrecoger a un tempano de hielo de no ser porque los témpanos de hielo no solo no tienen alma sino porque tampoco saben bailar.

Afro tupido, ojos prominentes y un performance en escena que en términos de sudor permiten comparar a este músico con un boxeador negro actuando sobre el ring, Mr. Bradley lanza un uppercut musical con su LP de 2011 No time for dreaming (Durham) que nos pasa rozando el mentón para conectarnos pleno en los oídos.

Pero para que Charles Bradley hiciera realidad su sueño de ingresar al cuadrilátero-olimpo-terrenal del Soul y el Rhythm & Blues tuvo antes que esquivar más de un gancho de esos que tira la vida y contestarle con uno que otro recto.

Nacido en Gainesville, Florida, en 1948, pasó buena parte de su niñez viviendo en las calles de Brooklyn, donde fue criado. Un día de 1962 su hermana lo llevó al teatro Apollo para ver a otro Apolo negro, James Brown. Anonadado con la tremenda energía del Godfather of Soul, Bradley pronto supo que lo suyo era la música, así que de vuelta a su casa se dio a la tarea de practicar pases místicos y trucos de voz usando una escoba a modo de micrófono.

Justo cuando debía comenzar la historia de la joven estrella del Soul que Charles Bradley pudo haber sido en los años 60, la vida se encargaría de llevarlo por una odisea a través de décadas, parajes urbanos y kilómetros de carretera, lejos de su verdadera vocación artística.

Si el mismo Bradley tuviera que resumir la bitácora de su periplo relataría cómo escapó a las duras calles de Brooklyn tras unirse a un programa de trabajo estatal que llevaría su Black ass a Bar Harbor, Maine, donde se iniciaría en el alquímico arte de la cocina y cómo –convencido de que tarde o temprano las musas lo llevarían de regreso a su Ítaca de ‘Ritmo&Blues’– formó una banda y empezó a tocar en conciertos locales hasta que empezaron a Blowin in the wind los aires de guerra en Vietnam y la agrupación se disolvió.

Cocinero en un hospital mental de Nueva York, cualquier otro empleo en Alaska, chef en California y un largo etcétera de trabajos extraños, en el transcurso de dos décadas el joven grumete se fue haciendo adulto mientras trataba, tocando en cuanto bar le fuera posible, de no renunciar a su sueño de ser cantante.

Hasta que un día decidió regresar a Brooklyn y poco a poco, robándole horas a sus trabajos esporádicos, comenzó a ganarse la admiración de un grupo de leales que seguidores que asistían para presenciar sus rutinas inspiradas en James Brown. Su acto capturó la atención de un representante de Daptone Records que le presentó a Thomas Brenneck, guitarrista, productor y compositor de Dirt Riffle & The Funky Bullets. Una cosa llevó a la otra y el feeling musical entre ambos músicos se materializó en dos sencillos publicados por Daptone bajo el nombre de Charles Bradley & The Bullets.

El final de este relato –y el comienzo para la música de Charles Bradley– ocurre un día en que el cantante se despierta con la noticia de que su sobrino ha matado a su hermano. Bradley, en un intento catártico de reponerse a la tragedia, contó la historia a través dos canciones sumamente intimas y emotivas: The World (Is Going Up in Flames) y Heartaches and Pain, que abren y concluyen respectivamente el No Time for Dreaming.

Quizás a sus 63 años Charles Bradley crea que no le queda mucho tiempo para soñar pero en lo que respecta a su música este hombre tiene Soul para rato.

The World (Is Going Up in Flames)

Why is it so Hard (Live)

How Long