De Kabul a Barranquilla

A propósito de Carnaval de Barranquilla, la fiesta sin fin, libro presentado en días pasados por la Fundación Carnaval de Barranquilla, HojaBlanca presenta en exclusiva un testimonio del periodista norteamericano Jon Lee Anderson a su paso por las fiestas.

Bailarina de comparsa de fantasía africana. Fotografía de Nicolás Santo Domingo, 2006.

De Kabul a Barranquilla
Por: Jon Lee Anderson

Puede sonar curioso, pero creo que suelo escribir sobre Barranquilla siempre que me encuentro en Afganistán. Es que para mí los dos lugares y sus fenómenos singulares ─el Carnaval en uno, y la guerra eterna en el otro─ son sinónimos.

La primera vez que presencié el Carnaval de Barranquilla fue en febrero de 2002. Acababa de llegar de una odisea de cinco meses en Afganistán a raíz de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 y de la posterior invasión norteamericana a este país. Cuando arribé a Barranquilla, sentí que había dejado atrás media vida entre las balas y el polvo de esa nación de Asia central. Mis amigos me habían insistido, una y otra vez, que tomara un break y fuera a unirme a ellos en ese desorden costeño anual. Finalmente, la idea se hizo realidad.

El director de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, Jaime Abello Banfi, barranquillero de nacimiento, era el responsable de mi llegada. Había tenido la idea de que viajara a Barranquilla para dictar un taller para reporteros, que justamente coincidía con el Carnaval. Los que conocen a Jaime saben que sus poderes de persuasión y convencimiento son irrebatibles. Si hubiera continuado en el Derecho, sería Perry Mason.

Lo cierto es que hasta ese Carnaval de 2002 (después he estado en tres o cuatro ocasiones más), Barranquilla era para mí una ciudad áspera y de recuerdos desagradables debido a que durante una visita, muchos años antes, cuando era un joven viajero, junto a otros compañeros, caí en las garras de unos funcionarios del DAS no muy limpios, que intentaron sacarnos dinero bajo presión por supuestas irregularidades con nuestros pasaportes.

Finalmente pudimos irnos sin mayor problema, pero, mientras dejábamos atrás a Barranquilla en el avión, ya aliviados, creo que juré, o supuse, que difícilmente la volvería a visitar. Y así fue: en años posteriores viajé a Colombia varias veces, pero jamás se me ocurrió visitar Barranquilla. De hecho, solo hasta finales de los noventa regresaría a Colombia como parte de una investigación sobre la vida de Gabriel García Márquez para un perfil periodístico. A partir de esa experiencia he vuelto casi todos los años ─sobre todo a Cartagena─ como maestro de la fundación de ‘Gabo’. En términos afectivos, el Caribe colombiano es, gracias a ese vínculo, una especie de segunda patria para mí.

Congo niño. Fotografía de Nereo López, 1954.

Mi primera introducción al gran acontecimiento que es el Carnaval se dio en la Guacherna. A Barranquilla llegamos Jaime, un grupo de amigos y yo después de una semana de taller en el tradicional y conservador ambiente cartagenero. Inmediatamente me llevaron a una especie de feria para escoger mi disfraz. Compré una máscara de gorila, pero, pensando en el calor, decidí vestirme con una sotana multicolor y pintarme la cara como un loco.

Luego salimos, cada uno con una botella de ron en la mano, junto a los demás compañeros de la comparsa Disfrázate como quieras. Éramos un grupo heterogéneo y exótico, supongo: Jaime, líder indisputable, nuestro gran rey Baco; Carlos, su amigo y compinche de toda la vida, de mandarín chino; Ricardo Corredor, un cachaco de nacimiento, dotado de una risa de maniático que no se la quita nadie, y de un oído musical que lo hace, sin reparo alguno, hijo adoptivo de la Costa; la Diva Miriam, una despampanante brasileña de sangre europea con cara de bebé y el porte de una amazonas, pero sin una gota de sangre negra, y, por ende, tan mala bailarina como yo, el único gringo de ese séquito. Estaba también el periodista peruano Julio Villanueva Chang, un becado de la Fundación que había asistido a mi taller, y que, en medio del alboroto, nos habló de su sueño de lanzar una revista propia, dedicada al periodismo literario y que poco tiempo después, tomaría vida con el nombre de Etiqueta Negra. Además, nos acompañaba la linda Virginia y su marido, Pablo, una pareja chévere de jóvenes argentinos viajeros que habíamos adoptado en Cartagena, y que confesaron, el mismo día que llegamos a Barranquilla, que serían padres.

Guiados por Jaime, arrancamos. Con él como ejemplo, y con la ayuda del ron, rápidamente dejamos atrás nuestros pudores y bochornos. Bailamos y bailamos mientras tomábamos nuestro ron, con el pueblo gritando y arengando nuestro avance. De vez en cuando, Jaime, que bailaba cumbia como una pluma, me agarraba y empujaba hacia donde estaba la muchedumbre. Señalándome y utilizándome como escudo humano, les gritaba: “¡Vamos, puteen al gringo este, putéenlo!”. Y, muertos de la risa y deleitados, lo hacían: “¡Gringo hijueputa!”. Así seguimos bailando, doblados por la efusión y la tremenda borrachera, calle abajo.

No me ofendí porque entendí que ese era el día para irrespetar a todo el mundo. Vimos comparsas que sacaron la ropa sucia del Presidente del momento, Andrés Pastrana ─un dandy agringado naïve y bigotudo─ junto a satirizados ejemplares de un esclerótico ‘Tirofijo’ y el bruto feo del ‘Mono Jojoy’. (En años posteriores vería caracterizaciones de parapolíticos haciendo de amigos del entonces presidente Uribe, y otros el papel de Jorge 40 o el de grandes paramilitares con maletines llenos de cash y laptops).

Comparsa Dengue Político. Fotografía de Viki Ospina, 1981.

Terminamos ese primer e inolvidable día amaneciendo en la casa de campo del empresario Roberto Caride, amigo de todos y gran carnavalero. Recuerdo que, bien entrada la noche, estuvimos bailando tango recostados en su sala. No puedo explicar cómo fue exactamente, pero sí que lo hacíamos muy bien, y que todavía tengo la sensación de la piedra fina, fría y lustrada del suelo de la casa de Caride en mi mejilla, mientras bailaba horizontalmente.

Ese día me hice adepto al Carnaval, y en años posteriores he ido sumando recuerdos que para mí son estampas gratas de Barranquilla:

La noche en Siete Bocas para presenciar el increíble show de los travestis, especie de ceremonia de reverencia a todo dar en el que se personifica a grandes divas, como Rocío Jurado y Gloria Gaynor.

Las mañanas de resaca, tomando café negro y comiendo quibbes en el magníficamente nombrado Narcobollo. Los interludios en un cafetín de barrio, adonde siempre íbamos avanzada la noche, cuyo nombre nunca recuerdo, en el que Jaime bailó una vez sobre una de las mesitas, y se cayó, memorablemente, al suelo, pero, como el Carnaval es propicio para los milagros, por fortuna, sin daños mayores.

Y, claro, eventualmente y a través de varios carnavales, Barranquilla misma ha tomado otra dimensión. Ahora es para mí una ciudad que me inspira felicidad, con la que he establecido una relación genialmente subversiva. No he reído tanto en cualquier otra ciudad desde hace una década, o quizá más, como he reído en Barranquilla. No he bailado en la calle de ninguna ciudad en el mundo como lo he hecho en Barranquilla (pues nunca he estado en ningún otro carnaval, ni en el de Nueva Orleans ni en el de Río ni en el de Recife ni en el de Trinidad), así que el de Barranquilla es mi primer y único carnaval, algo así como el primer amor siempre lo será.

La Marilyn de Warhol en el Carnaval. Fotografía de Claudia Cuello, 2009.

Desde entonces, voy a Barranquilla con cierta regularidad y en otras temporadas del año ─incluso sobrio─, y, naturalmente, me doy cuenta de sus verrugas, y de cómo su belleza puede hacerla más cercana a Detroit que a París. Pero sé también que en determinado momento de cada año nada de eso importa, y que debajo de lo que no resulta tan agradable hay un alma y un espíritu especial que permite que la ciudad entera salga sonriente y lujuriosa y baile a la luz del sol y de la luna, lo que hace que Barranquilla sea no solo una ciudad singularmente sexy, sino hermosa.

Sé también que ella está allá para mí siempre que la quiera, que nuestra relación pende de una mutua comprensión, que no es espiritual, pero que proviene del alma.

Después de ese primer Carnaval, Jaime Abello se detuvo frente a mí, me miró y sonrió, y, mirándome fijamente a los ojos, como un médico a su paciente, me dijo: “Creo que el Carnaval te ha curado, ahora te ves bien…”.

Le pregunté a qué se refería.

“Es que estabas tan seco cuando llegaste, Jon Lee. Todos lo notamos, pero ya no”, me dijo mientras sonreía con satisfacción. “Ya eres el Jon Lee que conocíamos”.

Al oír sus palabras, quedé impactado.

Me di cuenta de que, efectivamente, había estado meses sin sonreír. Mi cuerpo y hasta mis facciones eran secas y duras, y así me sentía por dentro. Las jornadas entre combatientes y bombardeos en Afganistán, llenas de momentos de riesgo y de miedo, habían dejado su huella. No me había dado cuenta, pero mis amigos sí. Es que se vuelve de la guerra cargado con bultos invisibles, y, en muchos casos, el peso de haber visto muerte, injusticias y crímenes impunes van haciendo que uno asuma, casi sin saberlo, una especie de responsabilidad moral por todo ese pesado equipaje, y luego no hay en la vida normal un mecanismo para exorcizarlo.

Lo que habían hecho mis amigos barranquilleros, sobre todo, Jaime, era traerme de vuelta a la Tierra, a un entorno social donde no todo era guerra, donde también existen el baile, la sonrisa y momentos de extraña y linda felicidad entre amigos: el Carnaval de Barranquilla.

Kabul, Afganistán
21 de octubre de 2010

Portada del libro Carnaval de Barranquilla la fiesta sin fin, 2011. Máscara de la Danza del Torito, Fotografía de Enrique García, 2005.

Carnaval de Barranquilla, la fiesta sin fin, es el primer libro editado por la Fundación Carnaval de Barranquilla, cuenta con textos de Juan Gossaín, Adolfo Meisel Roca, Mirtha Buelvas Aldana, Alberto M. Coronado (uno de los editores del libro y editor de este blog), Plinio Parra, Catalina Ruiz-Navarro (nuestra directora), Jon Lee Anderson, Grupo de Investigación Pentápolis, Eduardo Márceles Daconte, Jaime Abello Banfi y Heriberto Fiorillo, e imágenes de Nereo López, Hernán Díaz, Carlos Capella, Enrique García, Viki Ospina, Gonzalo Martínez Jairo Castilla, Nicolás Santo Domingo, Fernando Urbina, William Martínez, Fernando Mercado, Samuel Tcherassi, Claudia Cuello, Diego Samper, Luis Miguel Charris, Emilio Yidi, María Elvira Dieppa, Domingo Tepedino, Alex Riquett y Edwin Padilla. La dirección editorial estuvo a cargo de José Antonio Carbonell Blanco, El diseño y la diagrmación por Cristina López Méndez y la investigación iconográfica por Edwin Padilla, más conocido como Zulu.