El taganguero que le ganó su vida a un tiburón

Antes de Spielberg existía Taganga.
(Un testimonio de Abel Antonio Mattos)

“Hay noches en que empiezo a quedarme dormido y siento que la cama se menea. De pronto aparezco flotando en el mar, rodeado de cabezas de pescados muertos. El agua está calmadita, como un espejo, y yo empiezo a recogerlas en una mochila. Cuando meto la mano para coger la última, algo me corta la carne, me jala, y el mar se pone negro. Entonces me despierto sudando. Sueño esto desde el día en que me salvé de ser comido por un tiburón.

Abel Mattos, foto: Carlos Correa

Todo pasó a las diez y media de una mañana del 8 de agosto de 1968. Ese día yo, Abel Antonio Mattos Vásquez, nacido y criado en Taganga, tenía 18 años. No había ido al colegio porque el Liceo Celedón estaba en paro, así que salimos antes del amanecer con un tío y seis pescadores más a bordo del Elisaura, un bote propiedad del difunto Moises Mattos que por su tamaño, y también porque jodía todos los motores que le ponían, decían que lo había hecho el mismo Moises en 7 días, ayudado por las ánimas.

No sé si era porque no había tenido que ir a Santa Marta al colegio, o porque me sentía el chacho al ser el único pelao entre todos esos zorros viejos de mar, pero ese día estaba alegre. Era época de bonanza de pescado y navegamos por el borde de los acantilados, viendo las cuchillas áridas de los cerros metiéndose en el mar.

Cuando llegamos a Cañaveral comimos algo y salimos para el Caño de la Makuaka, una ensenada a la que hay que tenerle respeto porque la brisa pega duro y la corriente estrella las embarcaciones contra el filo de las piedras. A bordo mi tío alistaba los tacos de dinamita con los que íbamos a pescar.

Yo voy a decir la verdad, ¿puedo decirla, cierto?… aunque nosotros siempre hemos sabido pescar con trasmallo, con línea, y con palangre, en esa época pescábamos con dinamita porque era más fácil y se sacaba más pescao. Volvíamos el mar una porquería porque la dinamita es como un vicio malo, acaba con todo… hasta con el que lo carga. Por eso a cada rato algún pescador se volaba con un taco los dedos o una mano, o quedaba sordo, o tuerto… pero bueno, así se pescaba en esos días.

Qué si un pelao como yo acompañado por ese poco de viejos que pescaban con dinamita se estaba buscando una mala hora es algo que no sé. La vaina era que sólo yo podía bucear a puro pulmón debajo del agua. Ese jueves, no se me olvida el día, mi tío empezó a tirar tacos al mar desde uno de los cerros de la Makuaka.

A lo lejos, en el Elisaura, oíamos el cimbronazo y veíamos el agua salpicar alto, dejando un espumero que hacía olas. Entonces vimos que algunos jureles muertos empezaron a bollar. De la punta del cerro escuché el chiflido de mi tío. Era la señal pa´que un pescador y yo desamarráramos una canoa del Elisaura y fuéramos a recoger la pesca.

Cogí mis aletas y una máscara, soltamos la canoa y empezamos a remar hacía el cantil. El mar se ponía cada vez más alebrestao a medida que nos acercábamos porque el agua golpeaba el acantilado y volvía a chocarse con las olas que venían detrás.

Tratábamos de ir con la corriente pero de pronto quedamos como si estuviéramos metidos en una licuadora y nos volcamos. Después del susto, el viejo y yo volvimos a voltear la canoa y le sacamos el agua. La corriente se había llevado uno de los remos y la máscara se había hundío.

A punta de remo llegamos hasta un recoveco a donde la corriente había arrastrado los jureles. Recuerdo que todavía agitado por el revolcón me puse las aletas y salté al agua. Entonces empecé a tirar a la canoa los primeros pescados.

El mar en ese pedazo era azul pero se había puesto rojo de la sangre porque la dinamita le revienta las agallas a los pescaos. Cogía de a dos y de a tres pescaos y los mandaba al fondo de la canoa. Yo mismo terminé todo rojo, embadurnao de sangre, pero como también tenía la sangre caliente de la emoción, no le paraba bolas a eso y seguía recogiendo la pesca, sin saber lo que me esperaba.

Empecé a hundirme sin la careta para sacar los jureles que estaban debajo del agua. Cogía de a dos y subía con ellos. Hice como tres viajes y en cada uno iba más hondo. En el último bajé como 15 metros. No veía casi nada pero me di cuenta de que había bastante pescao.

Entonces algo me pasó rozándome la espalda. Al principio pensé que era un congrio porque a veces se asoman a mamarse el pescao muerto, pero cuando volteé una sombra grande venía pa’ donde estaba y me enganchó por la cabeza. No supe que me había cogido pero recuerdo que lo agarré duro con los brazos. Sentía que me llevaba, todo se puso oscuro y en el cuello sentía un dolor feo, como si me lo hubieran envuelto en alambre de puyas. Cuando ya me iba a quedar sin aire el aparato ese me soltó y entonces pude verlo, era un tiburón gris, grande, le vi las aletas y que iba rápido pa´el cantil, como para darse la vuelta y terminar de fregarme. Entonces saqué la cabeza, busqué con la vista la canoa y le vi la cara al pescador. También él lo había visto. Estaba pálido, con los ojos despepitados.

Baltasar Santos, Flickr

Empecé a nadar pero del miedo de pensar que en cualquier momento iba a sentir el mordisco del nene ese e iba a quedar ahí listo, las piernas se me habían aflojao. Como pude llegué a la canoa y el viejo me sacó del agua de un solo jalón. Al verle los brazos untados de rojo y sentir en la barriga el calorcito de mi propia sangre en lo único que pensé fue en tomar agua, pero el pescador, remando con todas sus fuerzas, me dijo asustao que si hacía eso me podía morir.

Cuando me subieron al Elisaura me di cuenta de que me salía sangre del cuello y la cabeza. A bordo todos los pescadores y mi tío me miraban con lástima porque pensaban que me iba a desangrar, así que me envolvieron el cuello en una camiseta y me pusieron a la sombra. Había un solo corre corre y en el afán por regresar el motor del bote no quería prender. Finalmente esa vaina encendió pero el regreso contra la corriente demoró como 3 horas. Cuando llegamos a la Bahía de Taganga y me bajaron a tierra la gente se arremolinaba como mosquitos pa´verme, yo me sentía débil y les oía decir que me iba a morir. De ahí me llevaron para Santa Marta, al Hospital San Juan de Dios, donde me pusieron sangre y me cogieron 50 puntos entre el cuello y la cabeza. Nunca me desmayé, ni cuando me estaban cosiendo, pero los doctores dijeron que si nos demorábamos más en llegar me hubiera muerto.

Y bueno, yo no creo en el destino pero una vez, como a los 25 años, se me apareció un tiburón gris cuando estaba pescando con un arpón de tres cauchos al que había bautizado como ‘El diablo’, así que me le fui por detrás y cuando ya se iba a poner guapo lo maté de un varillazo que le metí por la ventanilla de las agallas… pero mira tú cómo es la vida, no me mató el tiburón que casi me come de pelao, ni el otro que pesqué con arpón, pero hace como 15 años iba tranquilito en un bus pa´Cienaga, llevaba en las piernas una pecera con pescaitos de acuario y de pronto sentí un dolor fuerte que me arrugo el pecho… vamos a ver que era un infarto que casi me lleva”.

Abel Mattos, foto Carlos Correa

Cerca al mar de Taganga (Santa Marta, Colombia).