Myanmar

Si hay un país del que contar cosas es Myanmar. Lo bueno de la ignorancia es que se deja sorprender, cuando viajo evito informarme más allá de lo estrictamente necesario para dejar que el lugar me sorprenda. Apenas llegué a Yangon, lo primero que me sorprendió fue la pinta de los dos chicos que enviaron del hotel a recogernos al aeropuerto. Camisa clásica con falda larga (longyi) y sandalias. Cuando nos registramos en la recepción vi que la chica, por demás muy desparpajada, se había olvidado, o no había tenido tiempo entre tanto agite (era el único hotel con permiso del gobierno y todos los viajeros llegaban allá) de terminar de untarse la base. Tan sólo había alcanzado a difuminársela torpemente en un círculo en cada mejilla, después llegó una ayudante y parecía que tampoco había tenido tiempo porque sólo había alcanzado a echarse un poco en la frente. Al rato vi a una con un espiral y a otra con rombos, entonces pensé que se habían puesto a jugar con alguna pintura.

Cuando salí a la calle vi que todas las mujeres iban así, era algo perfectamente normal pero yo me sentía como en una obra de teatro, ¿cómo pueden preservar un concepto de belleza tan diferente al nuestro? Esa fue la bienvenida que me dio Myanmar. Me enamoré de inmediato. Así que los hombres usan falda y las mujeres se hacen figuras extrañas en la cara con la base… después supe que ese maquillaje lo usan para protegerse del sol y es un empasto sacado del tronco de un árbol. Luego vería a las mujeres pavimentando las carreteras y a los hombres cocinando en los restaurantes, desmuelados y escupiendo saliva roja. Esto sí es una lástima, la mayoría de birmanos pierden sus dientes por estar mascando todo el día kum o betel.

Después de varios días de fijarme en los vendedores de kum, uno de ellos me invitó a probar, no me pareció buena idea porque había visto que le echaban una pasta blanca, una cosa muy perfumada que parecía jabón, creo que lo era, unos frutos rojos, regaliz y otras cosas extrañas para mí, pero no me atreví a rechazar la invitación porque me caen mal los extranjeros que rechazan la hospitalidad y porque la curiosidad mata al gato. Me metí a la boca el envoltijo y empecé a mascar, el sabor era desconcertante, feo, amargo, no pude evitar hacer las caras correspondientes cumpliendo con la expectativa de los convidantes que rieron al verme. Seguí caminando con eso en la boca y de pronto se me durmieron la lengua y las encías, la saliva se me puso espesa y tuve que empezar a escupir rojo como los birmanos, escupí y escupí y escupí, tomé agua por montones, pero el sabor seguía en mi boca y las encías seguían dormidas. Fue fuerte, una droga potente, por lo menos a nivel físico, a nivel mental no sé qué tanto, no tuve tiempo de observar su efecto. Los dientes me quedaron rojizos y la boca también, mi aspecto había tomado algo de esa estética zombie de los birmanos desmuelados. Unas cuantas cepilladas a fondo con crema de dental fueron suficientes para recuperar el color natural. Creo que me bastaría con mascar eso durante un mes para perder mis dientes. Sorprendente que los birmanos no cuiden su dentadura siendo tan sonrientes como son.

Después vi que algunos hombres también se maquillaban y esto no era nada raro para nadie, vi un hombre que hablaba con su caballo en el idioma de los relinchos, un circo de gatos en un monasterio y hasta un aviso donde me prohibían. Vi tantas cosas en Myanmar que tengo para varias crónicas.