Quiero ser un lobo de mar

Es en este espacio donde mi intención de escribir crónicas y mi inclinación natural por los cuentos cortos se mezclan dando como resultado algo que no es ni lo uno ni lo otro. No importa, lo que importa es contar algo, si pertenece a un género o a otro…no tengo ni idea. Si no pertenece a ninguno tanto mejor. Hay cosas que no se pueden contar bien de ninguna manera, cosas que ni el escritor más hábil puede contar sin arruinarlas, pero que más da, hablaré de los lobos de mar así mis palabras no sean más que un chapuceo torpe en la superficie del mar, tal como para mí los rugidos de los lobos no son más que sonidos incomprensibles.

En mi viaje al Archipiélago de Colón, llamado así estúpidamente pues Colón nunca estuvo en ellas -y aún si hubiera estado no son ni fueron suyas- nadé con un lobo de mar. No sé bucear pero los lobos nadan en la superficie cerca de las rocas y basta con caretear para verlos. El lobo estuvo jugando conmigo durante casi media hora y estuve feliz, todo el amor por la naturaleza que pueda albergar un humano, un asqueroso humano, pues al fin todos somos una mierda, vino a mí en esos momentos de comunión con aquel lobo de mar. Él se acercaba a mí como si fuera a besarme y en el último momento descendía y me rodeaba veloz, jugaba conmigo, pasaba por debajo, por encima, por los lados, se acercaba y se alejaba, me mostraba lugares bajo las rocas. Yo estaba cansada luego de una jornada exigente y las llamas de mis dedos arrugadas por el agua, pero no iba a salirme mientras ese hermoso animal estuviera ahí mirándome a los ojos con su vibración amorosa. Finalmente se fue y yo me salí.

En el mismo viaje, nadé unos 350 o 400 metros mar adentro donde hay tiburones y mantas, quería alcanzar el barco y pensaba que estaba más cerca, llegó un momento en el que era muy difícil mover los brazos y las piernas pero no iba a permitir que me vieran derrotada, tenía que llegar al barco, el otro nadador ya había llegado y yo no podía rendirme. Alcanzar el barco, eso era todo lo que pensaba, no importa si me demoro, lo haré, no me gustaría que los botes me alcanzaran, pero aún si me alcanzan llegaré nadando hasta el barco. Fue un reto mental no físico. Nunca hago ejercicio y no puedo confiar mucho en mis débiles músculos ni en mis pulmones asmáticos, pero si mi mente ya no puede empujarme hasta aquel barco entonces ya no soy nadie y más valdría hundirme aquí mismo, pensé. Llegué, no pude subirme porque los músculos no me respondieron, fueron necesarios dos hombres para halarme fuera del mar a la plataforma, estaba bien, pero mis piernas no tenían la fuerza para empujar el peso de mi cuerpo. Llegué mareada, pero lo hice. Alguien me dijo: lo que hiciste es peligroso, pero lo hice, le dije, nadé hasta el barco, llegué y eso es lo que importa.

Mientras nadaba tuve tiempo de pensar que me gustaría fundirme con el mar, debe ser una muerte terrible, dolorosa, pero una vez uno decide rendirse puede ser agradable fundirse con esa inmensidad, quedar ensanduchado entre el azul del cielo y el azul del mar, descender y ser comido por peces y tiburones, convertirse en una raya de sangre que desciende en el azul del mar, diluida por los hilos de luz que se cuelan en la superficie. Rendirse al fin, ser uno con el universo.

Unos días después llegué a la ciudad, de regreso a mi vida, de regreso a la realidad de esta jungla de concreto, rodeada de humanos, asquerosos y hedientos humanos. No puedo dejar de pensar en mi encuentro con el lobo de mar, me da nostalgia, melancolía. Cuando pienso en aquel lobo pienso también en todo el mal que le hacemos a los animales, pienso en nuestra crueldad y me da rabia, me dan ganas de estar en el mar y morir en sus aguas. El desprecio por mis congéneres ha aumentado. No se explicar de qué se trata. Hay cosas que uno no logra describir, cuando lo intenta siente que suenan vacías, carentes de sentido, cosas que las palabras no atrapan, mi experiencia con el lobo de mar es una de ellas, cuando la evoco siento algo tan complejo que no puedo sacarlo. He pensado en escribir un cuento de una mujer que regresa y hace un trato con el guía para que le posibilite morir mientras danza con el lobo, el lobo acercándose a ella es lo último que quiere ver, quiere despedirse de este mundo con esa imagen y entregarse a la inmensidad del mar.