Un golpe de azar

Nunca pude ver el número ganador de la lotería, averiguarlo era una labor muy ardua dado la absoluta e inquebrantable barrera del lenguaje, a excepción de la milenaria tribu de los Hmong y una única operadora turística, ningún vietnamita era capaz de hacerse entender en inglés, al principio era gracioso, al final no tanto, había que tener algo de valor para intentar comunicarse y nunca se sabía qué iba a pasar, en Laos era igual, una vez en un restaurante nos atendió un mesero que no sólo no hablaba ni j de inglés sino que tampoco entendía ninguno de los gestos universales y básicos de nosotros los primates, a todo decía NO con un énfasis sorprendente y una cara de susto que desconcertaba, le sonreímos miles de veces pero eso no disipó su temor, yo le hablé con el más amoroso de mis tonos y le hice mil gestos para explicarle que queríamos saber de qué fruta era el jugo, todo fue inútil, era como hablarle a un robot que sólo decía NO, NO. Las complicadas preguntas de H sobre la preparación del plato no ayudaban.

Foto: Camila Bordamalo

Un día, en un restaurante a la orilla del Mekong en Luang Prabang H. y yo hicimos nuestros pedidos, el mesero entendió todo a la perfección y se retiró, minutos después H. fue al baño y yo me quedé ahí contemplando el río, de pronto llegó el mesero, se plantó frente a mí y con toda la seguridad masculina que haya visto me dijo: KISS ME. No lo podía creer, me quedé mirándolo mientras se reproducía en mi mente la escena de una película en la que la protagonista se acerca decididamente al mesero, le quita la camisa y lo besa en la boca. Como pasaron unos cuántos segundos el mesero se aburrió y se fue, al rato llegó H. Minutos después regresó el mesero, dijo KISS ME otra vez, quería que H. le diera permiso. Quería decir EXCUSE ME.

Foto: Camila Bordamalo

La comunicación era todo un albur, pasó un par de veces que me entendí perfectamente con alguien y luego H. y yo nos dimos cuenta de que yo había hablado en una lengua desconocida para los dos o de que el interlocutor había estado hablando en un idioma y yo en otro y aún así nos habíamos entendido. En Chiang Mai, H., que no habla tailandés habló durante más de quince minutos con un monje que no hablaba inglés, los dos gesticulaban y hacían caras de estar hablando de algo muy profundo, tenían una conversación erudita. Se hicieron los mejores amigos H. y el monje. Otro día, en un paraje remoto en Myanmar, en una vereda cercana al lago Inle llegamos a unos pozos de aguas termales con Sándor -de quien les hablaré después-, como no sabíamos cuál pozo era el de uso humano, H. le preguntó a un campesino que iba pasando WHICH ONE? El hombre señaló uno de los pozos y dijo: AQUEL.

Foto: Camila Bordamalo

No averigüé el número ganador por la barrera de la lengua pero también porque sabía que no me la había ganado, cuando un golpe de azar así está a punto de darse uno lo sabe, todo su cuerpo lo respira. Había alcanzado a imaginar una historia en la que me ganaba la lotería y me decían que sólo podían darme el premio si me quedaba a vivir en Vietnam, por eso ni siquiera quise averiguar si me la había ganado. Habría sido una pesadilla.

Foto: Camila Bordamalo, La Paz, Bolivia.