Enlatados gringos en la televisión Vietnamita

Foto: Camila Bordamalo

Hanoi

Cuando en Laos decíamos que íbamos para Vietnam la gente se compadecía de nosotros y nos aconsejaba disfrutar al máximo nuestras últimas horas de estadía en Laos. La última vez que vimos a Stefan nos dijo que siguiendo los consejos de sus amigos viajeros, había decidido cambiar sus planes y no ir a Vietnam. Se sentía muy bien en Laos. Estaba radiante y de verdad pensé que ya nadie lo sacaría de Laos, lo imaginé viviendo allí, renunciando a todo, dejando sus investigaciones y su título de PHD para vivir la buena y sencilla vida de los campos de Laos. No iba a Vietnam porque no se sentía con ánimos para soportar el deseo de los vietnamitas de estafarle, parecía que en Vietnam todo era una mierda.

Ante tanta advertencia decidí que no me dejaría tumbar nunca en Vietnam, que sirva de algo haber nacido en Bogotá, pensé. Al llegar al Aeropuerto de Hanoi el precio por salir del aeropuerto y llegar al centro era ridículamente alto, había bus, pero sin conocer la ciudad no era buena idea. Llamamos al hotel y ellos nos enviaron un carro por menos de la mitad del precio que nos había dado la oficina de transporte del aeropuerto. Lo que sigue ahora es difícil de describir porque nunca antes había tenido una sensación parecida.

Foto: Camila Bordamalo

Recorrimos unas distancias enormes en las que todo lo que se veía era gris. El hombre que iba al volante hablaba por celular, el vietnamita sonaba brusco y era difícil saber si el idioma era así o si el hombre estaba de mal genio. El aire acondicionado estaba muy frío. A los lados veíamos separadores de concreto, el fondo era un cielo nublado y gris. Al rato se abrió ante nosotros algo parecido a un río; el cadáver de un río, sin cauce, gris, opaco. Todo era opaco, todo parecía cubierto de dióxido de carbono. Aún así había gente trotando.

La luz de Vietnam es algo difícil de olvidar, un poco como la luz de los bombillos ahorradores de pocos voltios. Recorrimos cientos de barrios, los edificios altos e inusualmente angostos nos fueron dando una idea de la densidad poblacional, poco a poco se empezó apoderar de mí la desesperación. El paisaje era apocalíptico. Dicen que el clima de Vietnam cambió para siempre después de la guerra, y debe ser cierto porque hace calor pero el cielo está siempre nublado y oscuro. Al fin, después de casi dos horas, llegamos al centro histórico de Hanoi, nos dejaron en nuestro hotel recién caída la noche. Afuera se veía todo tan caótico que llegué a pensar en no salir nunca, pero como el hambre apremiaba salimos a buscar un restaurante francés que recomendaba la Lonely Planet y a recorrer las calles del centro de Hanoi. Antes de ir al recomendado de la guía entramos a otro que nos encontramos en el camino, pero no nos apeteció paloma asada, ni frita, ni en salsa de hongos y tampoco nos antojamos en ese momento de rana, de caracol ni de anguila, mucho menos de tortuga, prometimos volver otro día.

Foto: Camila Bordamalo

Había muchísimas motos y pocos carros. A esa hora había trancón de motos. Todo el mundo pitaba. Colapso total, miles de personas en la calle, unas comían en pequeñas bancas en la calle, otras caminaban, unas vendían, otras compraban, algunas trotaban…No había semáforos, sólo vi uno en una calle más grande pero nadie lo respetaba, pasar las calles era dificilísimo. La gente pasaba despacio mirando a los ojos a los conductores de motocicletas para asegurarse de que no los atropellarían. Una capa de anuncios, cables eléctricos y desafortunadas reformas cubría la arquitectura colonial francesa y todo se veía tan caótico que parecía que el mundo se fuera a acabar en las próximas 24 horas. Al principio sentí desesperación y temor pero rápidamente me di cuenta de que entre toda esa multitud yo era absolutamente invisible, el temor se disipó y llegó la risa, todo era tan extremo que daba risa. El ambiente apocalíptico se convirtió en algo divertido y absurdo. La vida bulle en Hanoi. Me dediqué a observar, había tantas cosas para ver. Hanoi se me reveló como la ciudad más entretenida del mundo.

Me detuve ante una vitrina muy grande, era en realidad una pared de vidrio, la pared de una casa, uno podía ver todo su interior, se trataba de un cuadrado, era una cocina moderna, ordenada y limpia. Un pequeño grupo de personas cocinaba y se sentaba a comer a la mesa con toda naturalidad. Examiné cada rincón de la cocina pero no pude hallar ninguna puerta además de la de la calle. Era simplemente una cocina. Una cocina suelta que no pertenecía a ninguna casa. Seguramente en Hanoi alquilan cocinas sueltas, esparcidas por ahí, camufladas entre las vitrinas de las zonas comerciales. La imagen era lo suficiente onírica para preguntarme si era verdad, la luz pálida lo hacía todavía más dudoso, pero aquello era tan real como yo.

Foto: Camila Bordamalo

Todo el tiempo observé escenas privadas que se daban en la luz pública, hay tanta gente allí que la vida tiene que seguir así sea en público. Además nadie se detiene a observar nada, todos son invisibles, todos van ciegos con su desenfrenado afán.

Pasé tres días estupendos en Hanoi, descubriendo joyas arquitectónicas detrás de las marañas de cables, visitando templos y museos, entre ellos el templo de la literatura y el museo etnológico, mirando todas las cosas ingeniosas que venden en el centro, fascinada con las tiendas de sellos, aprendiendo a cruzar las calles al estilo vietnamita, entrando a las galerías y riéndome al borde del espanto. La actividad comercial es frenética, el consumismo es tan acelerado como el ritmo de vida. Todo el mundo actúa como si ya no quedara tiempo de nada, como si el mundo se fuera a acabar mañana. Parecía como si la gente hubiera estado amarrada por mucho tiempo y recién la hubieran soltado.

Foto: Camila Bordamalo

Antes de salir de Hanoi, le dimos la vuelta al lago que nos separaba del teatro y entramos a ver el famoso show de marionetas en el agua. Después nos fuimos a comprar un par de afiches de propaganda política, impresos en papel de arroz. Los vietnamitas tienen una identidad fuerte. Todos parecen muy orgullosos por haberle ganado la guerra a los gringos. Tomamos el tren hacia el norte con la idea de llegar a Sapa, los modernos televisores del tren estaban recién instalados, así que estábamos estrenando. Nos pusieron enlatados gringos todo el camino.

El trayecto duró 14 horas y además de los enlatados nos pusieron baladas gringas de los noventas, algunas cantadas en vietnamita. Cuando me asomaba por la ventana veía a la gente vestida con camisetas estampadas con letreros en inglés y cachuchas con el nombre de algún equipo de basketball o de football americano. Siempre había en la escena alguna persona despiojando a otra y una o varias irrupciones del desagradable ruido de algún escupitajo. Además fuman en los buses. Si los comparo con los tailandeses -de buenos modales siempre- puedo decir que los vietnamitas son ordinarios y maleducados, un poco salvajes.

En la próxima entrega hablaré de los Hmong, de Sapa, de la bahía de Halong, de Hué y del delta del Mekong, por ahora termino aquí porque me parece que Hanoi merece una crónica aparte y porque no quiero que el escrito se vuelva muy largo y os aburráis.