Los hombres lobo en alfombras voladoras

Hace ya más de un mes salimos de Tailandia y dejamos de ver fotos del Rey en todas partes. Llegamos a Laos por el Mekong, la travesía duró dos días, viajaban al lado nuestro tres ingleses, tomaban mucho y uno de ellos rasgaba una guitarra así es que saqué mi armónica y sin darme cuenta me convertí en la estrella del barco. No sé de música, pero creo que los que iban allí sabían aún menos pues se emocionaron y sobrevaloraron mi incipiente talento. La primera vez tuve suerte y sonó bien, las veces siguientes los decepcioné.

Uno de los ingleses era acuerpado como un rinoceronte, soldado profesional y había estado en Afganistán, un tipo callado y de cara infantil. Los turistas o viajeros – últimamente es lo mismo- estábamos casi todos de un lado del barco y los lugareños del otro, sentados incómodos en la proa. Me molestaba pensar que para los laosianos yo era una turista más, seguramente una europea o una estadounidense a la que podrían cobrarle cinco veces más por todo. Algunas veces mi compañero de viaje les explicó a los tailandeses que no es lo mismo, que la economía promedio de un colombiano es bastante inferior a la de un europeo pero no nos íbamos a dedicar a eso todo el viaje, al final nos conformamos con que piensen que somos españoles o italianos, pues es medio ridículo andar por ahí dándole clases de geografía y de economía a la gente. Son pocos los que saben dónde queda Colombia y Shakira no me ayuda a resolver el problema porque aquí nadie sabe quién es. Además ya estamos hartos del “Where are you from?” y hemos decidido decir que somos de Burundún, resulta divertido verlos intentar pronunciar esa palabra.

Todo iba bien en el barco, los laosianos de un lado y nosotros de otro hasta que Mike, el soldado inglés, intentando levantarse del piso, se apoyó en el televisor de un laosiano y como era tan fuerte lo rompió sin querer. Lo insólito es que nadie protestó, al cabo de un minuto más o menos llegó el dueño, miró el televisor con mucha pena y lo cambió de puesto, Mike se disculpó pero el tipo no le cobró ni un peso, el televisor seguiría funcionando sólo que con un hueco en la parte de arriba. Yo me quedé pensando en que seguramente un Laosiano común tiene que ahorrar para poder comprarse un televisor, en el tercer mundo no es tan fácil comprar un televisor, yo por ejemplo, no tengo televisor. Ni falta me hace, pero seguro que en una familia laosiana el televisor es clave, lo deben poner en la sala y uno grande como ese debe ser motivo de orgullo entre los vecinos, creo que en cualquier otro lugar se lo habrían cobrado.

Me pareció entonces que los laosianos suelen tragarse las cosas por timidez o por pereza de protestar. Mike habría podido darle algo de dinero. Fue un accidente desafortunado, pero estoy segura de que si Mike le hubiera dado lo que se gasta en trago en tres días, el hombre habría quedado contento y yo no habría sentido esa especie de vergüenza colectiva. Dejé de pensar en el asunto, pues todo no fue más que un pequeño incidente. Mike se alejó un poco de nosotros y se quedó mirando las montañas que rodeaban el Mekong, por su expresión parecía estar recordando sus días en Afganistán.

Luego de dos días llegamos a Luang Prabang, patrimonio de la humanidad por su arquitectura budista y sus ruinosas villas francesas. Es muy turística y le cobran a uno hasta por respirar, me percaté entonces de que si no empezaba a regatear no llegaría muy lejos. La gente se vuelve más amable cuando uno negocia, uno deja de ser el turista idiota. Por todo piden hasta cinco veces más del valor real. Nadie entiende el inglés y en los restaurantes uno tiene que esperar a ver con qué salen pues nunca se está seguro de haber sido comprendido. Lo chistoso es que no se ríen cuando no entienden, ponen cara de susto y por más que uno les sonría ellos siguen asustados y dicen: NO. A todo lo que no entienden dicen: NO.

Tras tres días de merodear por los templos y hablar con los monjes, que sí saben inglés, y además oyen rock, nos fuimos para Vang Vieng en un plan bien chancleta, algo así como ir a Melgar. Fuimos a lanzarnos en neumático al río Nam Song. El plan consiste en hacer “tubing” hasta llegar al pueblo, parar a tomarse una o más cervezas en los bares de las orillas y de paso usar los imaginativos dispositivos que tienen para jugar en el río, colchones de plástico que rebotan, tarabitas, toboganes y toda suerte de inventos para matar borrachos. Cada año muere algún turista ebrio ahogado o accidentado en una de esas distracciones.

El plan es realmente muy divertido. Con unas cervezas encima es graciosísimo ver a la gente lanzándose y rebotando. Yo lo llamo la pesca de turistas porque uno va en su neumático por el río y la gente de los bares le lanza a uno una cuerda con una botella vacía para que uno se agarre a ella y suba a consumir. ¿Qué es eso sino una pesca? El anzuelo: una cerveza o un trago gratis. Los ingleses siempre caen.

Laos es un país rural, lleno de montañas y poco desarrollado, la vida transcurre lenta, muy lentamente. Los laosianos son gente tranquila pero creen que nosotros los extranjeros los queremos tumbar y eso hace que uno caiga en situaciones cómicas debido a malentendidos, esa desconfianza se debe tal vez a que fueron colonia francesa o más seguramente a lo que vivieron durante la guerra de Vietnam cuando fueron declarados nación neutral. Esta medida, lejos de proteger al país de los vietnamitas y de los gringos, lo convirtió en el escenario de la guerra secreta. Un gran número de agentes de la CIA entraron secretamente para entrenar a los combatientes anticomunistas Hmong en la selva. Los Hmong son una de las etnias más famosas de Laos, no tanto por haberse vendido a los gringos a cambio de penicilina, armas y opio como por haber propagado alegremente el mito de que eran hombres lobo que llegaron a Laos en alfombras voladoras. En realidad llegaron de la China a finales del siglo XIX. Los Hmong no gozan de la simpatía del gobierno y han despertado siempre la desconfianza de los laosianos. Son la etnia más perseguida de Laos, se calcula que un 10 % murió en el conflicto y en esos tiempos huían por el Mekong hacia Tailandia alrededor de unos 3000 cada día, muchos de ellos emigraron a Francia y también a Estados Unidos donde viven actualmente unos 100.000. La guerra secreta dejó también grandes terrenos minados que aún no han podido limpiarse.

Hoy Laos es un país comunista, protegido por la China a cambio de madera, Laos provee a la súper potencia, siempre escasa de energía, con gran cantidad de bosques, todo esto bajo cuerda y de manera ilegal, esto supone un daño ecológico enorme, pero Laos está dispuesto a todo con tal de desaparecer de la lista de los países más pobres del mundo. No creo que nadie aguante hambre en Laos, el Mekong es una fuente inmensa de comida y la vegetación es todavía espesa y rica, pero el nivel de desarrollo y las oportunidades para la gente son escasas.

Laos es animista, el animismo sigue siendo el credo no budista más extendido. Constantemente se hacen ritos para protegerse de los espíritus malévolos, uno de ellos es la ceremonia Basi en la que los 32 espíritus guardianes del cuerpo se unen al huésped de honor mediante unos cordones blancos atados alrededor de sus muñecas. En las casas hay pequeños altares en los que se depositan ofrendas para los espíritus buscando obtener el consentimiento de ellos para poder hacer cosas como por ejemplo talar un árbol o construir un puente o una casa.

Desconcierto: Los laosianos realmente creyeron durante muchos años que los Hmong eran hombres lobo que habían llegado al país en alfombras voladoras.

  • connie vergara

    Contenta de leerte, especialmente porque pasa por el filtro de tu “modo de ver”, no es algo que pretende ser neutral o distante del que habla.
    Cuál es el próximo destino?
    Asombro: el paseo en el rio.