Las Antípodas

El sudeste asiático es la antípoda de Colombia, eso quiere decir que no podría haber viajado a un lugar más lejano que este. Durante el vuelo de Los Ángeles a Bangkok pasé de un día a otro sin que mediara ninguna noche. En ese viaje al futuro se me extravió la noche en algún lugar en medio del  pacífico. No oscureció en horas.

Camila Bordamalo

Aquí es medio día, allá media noche. Ahora mismo estoy en Laos, llegué a Luang Prabang después de navegar dos días por el río Mekong, dejé atrás Tailandia luego de dos semanas de plácido hedonismo. Bangkok es una ciudad grandísima, la atraviesa el río Chao Phraya, y está llena de templos por todas partes. Aunque es una ciudad muy turística uno no siente que lo quieran tumbar o que se quieran aprovechar del turista, los vendedores se alejan cuando uno les dice que no quiere comprar nada, no lo acosan como sucede en otras partes. Aun así es recomendable regatear, la gente no se molesta, al contrario, sonríe y parece que uno les cae mejor cuando negocia las cosas. No es tan barato como uno cree, seguramente porque es un destino cada vez más visitado por gringos y europeos.

Camila Bordamalo

Casi nadie sabe dónde queda Colombia, con gestos explicamos que queda al otro lado del mundo. El thai es un idioma difícil, sus raíces vienen del sánscrito, su alfabeto no tiene absolutamente nada parecido al nuestro, tampoco su pronunciación. No hay manera de comunicarse, y hasta en inglés es bastante difícil porque lo pronuncian muy mal y cuesta trabajo entenderles, de todas formas, como están muy acostumbrados al turista, uno consigue todo lo que necesita. Conviene modificar el inglés y hablarlo sin conjugar los verbos para hacerse entender. De vez en cuando uno tiene una que otra conversación indescifrable en la que el interlocutor habla en thai y uno en español o en inglés y los gestos van y vienen sin conseguir ninguna comprensión, suele sucedernos con los monjes.

La famosa amabilidad tailandesa es una realidad, la gente no es excesivamente amable,  es amable en su justa medida. No se siente en el ambiente ningún tipo de resentimiento hacia el extranjero, probablemente porque Tailandia nunca fue colonizada. La gente es tranquila, uno nunca se siente agredido, viniendo de una ciudad como Bogotá eso impresiona. Nadie hace mala cara, nadie lo regaña a uno por nada, es muy raro ver a un tailandés de mal genio. Además son silenciosos, cuando hay trancones esperan pacientemente sin pitar, en ningún lugar se oye música a todo volumen y hablan en voz baja. Delante de ellos los occidentales somos torpes, ruidosos y ordinarios.

Camila Bordamalo

Supongo que tanta calma se debe al budismo, pues debe ser diferente adorar a un Dios plácido y sonriente que a uno sangrando, recién torturado y apuntillado a una cruz.  Los budas tailandeses son esbeltos y tienen siempre una expresión ensoñadora y sonriente; los de la china en cambio son obesos.

La calma budista impregna hasta a los perros, están tranquilos por ahí sin ladrarle a nadie, se la pasan en las ruinas de los templos y no salen corriendo detrás de las motos. Hay pocos perros callejeros porque operan a las perras, aunque tengo la leve sospecha de que en algunas regiones se los comen, pero no he visto la palabra “perro” en ninguna carta, parece que solamente hay una tribu de la montaña que come perro. Tampoco hay mendigos. Hay muchos monjes por ahí, la gente los consiente y en los terminales de buses tienen una salita especial para ellos con ventiladores. Los he visto sacar celulares de debajo de su túnica y también tienen modernas cámaras digitales y computadores portátiles. En los monasterios se ven Mercedes Benz estacionados. La vida de los monjes parece muy agradable, estudian mucho, aprenden a tocar varios instrumentos, viven en bonitos monasterios tradicionales y pueden irse cuando quieran; los hombres no se consideran personas maduras si no han pasado al menos uno o dos años en un monasterio.  Conocí uno que había sido campeón de boxeo tailandés antes de ser monje y que quiso saber hasta los detalles más íntimos de mi vida.

Camila Bordamalo

La comida es deliciosa, picante y aromática. Los tailandeses son hábiles para la cocina, en la mayoría de restaurantes hay una carta con más de 400 platos, los tienen todos y los sirven rápido, frescos y sabrosos. En la calle hay siempre puestos de comida y aunque nosotros tenemos tantos ingredientes como ellos no los mezclamos tanto, aquí la cantidad de platos y la variedad de mezclas es muy rica. Los puestos de comida de los mercados y de las calles son completamente improvisados pero la comida es confiable, no son comunes los casos de intoxicación. La gente piensa mucho en la comida y se alimenta bien, come muchas verduras y frutas, comida de mar y pocas harinas y fritos. Es raro ver un tailandés gordo, a pesar de que comen por lo menos cinco veces al día.

Para completar este clima de hedonismo hay masajistas por todas partes, de repente, en una calle en pleno centro hay todo un equipo de masajistas hombres y mujeres que ofrecen foot massage o thai massage por 100 y 200 bahts, es decir por 4 y 8 dólares.  Es increíble como en pleno centro de la ciudad la gente se echa a que le hagan un masaje en un tenderete a un lado de la calle y no se oye casi ruido y no hay ningún temor de ser robado, intenté imaginarme algo así en pleno centro de Bogotá pero me costó trabajo. Con buena comida, buenos masajes y sin miedo en las calles es comprensible que todo el mundo esté tranquilo y sonriente.

Los países del sudeste asiático tienen penas muy severas, cadena perpetua y pena muerte. No sé si es por eso que no hay casi delincuencia o si es que en general la sociedad aquí es más sana debido al budismo, creer que si uno se porta mal reencarna en un perro o en alguien con una vida muy difícil puede disuadir. La consigna general es la “buena onda”, haz el bien para que te vaya bien. No se ven policías en las calles, en dos semanas vi máximo un policía y medio, es que no se necesitan. Tampoco he visto un solo borracho a excepción de los ingleses.

Después de Bangkok salimos para Ayutthaya a ver las ruinas y los templos de los alrededores de la isla, alcanzamos a ver las ruinas dentro de la ciudad pero no pudimos ir a los templos porque se inundaron. Ayutthaya  es muy baja y plana y en ella confluyen tres grandes ríos,  esto la hace muy vulnerable a las inundaciones. Si por allá llueve por acá no escampa, parece cierta la teoría de  que lo que pasa en un lugar pasa también en sus antípodas. Gran parte de Ayutthaya está sumergida hoy bajo el agua. En el siglo XIV Ayutthaya fue una ciudad estado, el agua le sirvió como barrera contra los invasores hasta 1767 cuando fue desvalijada por los birmanos.

Huimos del agua de Ayutthaya y nos fuimos para la antigua Sukhotai, esta ciudad emergió en el siglo XIII y su diseño se basó en el del decadente imperio Jemer de Angkor. “Sukhotai” significa aumento de la felicidad y representa la máxima expresión artística del pasado tailandés. La mejor forma de conocer estas imponentes ruinas es recorriendo la ciudad antigua en bicicleta.

Dejamos Sukhotai y nos fuimos para Chiang Mai. Lo atractivo de Chiang Mai es el trazado de la ciudad antigua, la parte histórica de Chiang Mai está rodeada por una muralla y un canal que forman un cuadrado perfecto, eso impide que el estilo occidental se mezcle con el oriental como sucede en Bangkok, las calles de la ciudad amurallada son angostas y están atestadas de guest houses, restaurantes y sitios de masajistas. Es la ciudad de los cursos, hay cursos de cocina, de thai, de masajes…de lo que uno quiera. Nosotros, deleitados por los masajes, nos metimos a aprender reflexología con Annong, una profesora china.

Chiang Mai tiene influencia de Yunnan, Birmania y Laos y esto se hace evidente en su arquitectura, su gente y su comida. Chiang Mai es una ciudad para quedarse varios días, como es bien turística puede pasar que uno termine metido en un tour viendo a una recreacionista haciendo como un chimpancé.

Algo que nunca olvidaré de esta ciudad, además de la recreacionista, son los refugiados de la tribu de long necks, todos hemos visto alguna vez esta tribu por televisión, las mujeres usan unos pesados anillos de bronce en el cuello, debajo de las rodillas y en los brazos, todos los anillos que usan pesan en total 17 kilos. La estética de estas mujeres es fascinante pero sus músculos se debilitan por el peso. Según nuestra guía thai sólo las mujeres que nacen el miércoles por la noche usan estos anillos,  tengo mis dudas respecto a esta teoría, prometo averiguar más para la próxima entrega, pues esta tribu merece especial atención. Tampoco olvidaré el paseo en elefante ni a Namo, el nieto de Annong, que es sorprendentemente parecido a un conejo, tiene una forma de arrugar la nariz y mover la boca muy ilustrativas de esta especie y además camina con los pies empinados, sólo le falta saltar. Apenas tenga un rato escribiré la historia de “the rabbit child of Chiang Mai” por ahora les adelanto que se tratará de un niño al que raptaron para ponerlo a trabajar en un circo.

Para no aburrirlos termino aquí esta juiciosa y muy general crónica, prometo profundizar un poco más en las próximas entregas. Ahora me espera una semana recorriendo Laos.

Desconcierto 1: En los restaurantes de Tailandia no hay saleros sino azucarera, la sal no se usa para nada, a las sopas se les echa azúcar.

Desconcierto 2: Las ventanas tienen dos postigos como en Occidente, pero los dos se abren para el mismo lado lo que hace que la ventana nunca quede del todo abierta.