De renacuajos, ciénagas y poemas: una lectura de Vapor de Martín Rodríguez

Basta agitarla con levedad/ para que la rama salpique plumitas en todas las direcciones/ y termine de formarse un mundo/ donde todo es líquido/ como en el principio de todas las historias.
Mario Ortiz

1

Martín Rodríguez es un poeta argentino, nacido en Buenos Aires en el año 1978, que lleva publicados ya 9 libros. Además de escribir poesía hace -como todos los poetas, supongo- otras cosas; entre ellas también sostiene un blog (http://revolucion-tinta-limon.blogspot.com.ar) desde el año 2006 en el que se ocupa principalmente de las coyunturas de la política argentina actual. Quizás por esta y otras razones -fundadas también en claros indicios de dicha preocupación política en su escritura poética- muchos críticos lectores de su obra no dudan en leerla en términos de poesía política. Esta relación existe, está claro. Sin embargo los vínculos entre poesía y política que traza la escritura de Rodríguez nos parece que no se agotan en la pregunta por las maneras en las que el poema puede ser leído en relación a un referente político identificable, sino que también exponen toda su potencia en la interrogación por el modo en que la escritura de Rodríguez opera en y con la lengua.

El último post de su blog, por caso, -fechado el primero de enero de 2013- habla -como casi todos por acá en estos meses-, de las vacaciones, el mar, la familia y los recuerdos de infancia que inevitablemente se cuelan en la repetición de espacios de veraneo. Como en muchos de sus otros escritos, la intervención desarrolla en paralelo la fábula de una historia familiar con los cambios político-sociales de una generación, una época y una nación. Hasta que en un momento afirma con la decisión del deseo: “Tuve eso. Quiero eso para mi hijo. Arena espesa de playa y los breves paraísos de una naturaleza artificial cuyos mensajes no dicen ‘hay que volver a la naturaleza’, dicen: ‘hay que crear otra’”. Y es entonces ese gesto que opera no por retorno o añoranza sino por creación, el que me interesa pensar en su poesía. Gesto semejante al de aquellos hombres desarrollistas que, como leemos en el post, fundaron esos pueblos costeros argentinos allí donde todavía no había nada; hombres -escribe Rodríguez- que “vieron lo que hay que ver en el vacío: posibilidades”. Así, del blog al libro y de la playa a la lengua podemos trasladar la pregunt por la posibilidad de crear una naturaleza nueva en el lenguaje y de instaurar en el presente del poema un vacío colmado de posibilidades aún por desarrollar. Pero para ello quizás haga falta un rodeo, entrar de la mano de la lectura de otros poetas y autores en los que resuena este intento.

2.

En un ensayo que el poeta y ensayista cordobés Silvio Mattoni (2003) dedica a su vez al poeta entrerriano Juan L. Ortiz (1896 – 1978), la escritura recupera el asombro que Mallarmé (2004: 65) había experimentado y confiado en una carta a Lefébure al escuchar el sonido de un grillo entre los trigos para pensar, más cercanamente, el deseo de los versos de Juanele de descomponerse y conjurar, así, paradójicamente, la descomposición de la naturaleza en paisaje, que acompaña, en el lenguaje, la descomposición del canto en unidades discretas de significación y con ellas el comienzo de la diferencia pero también del dolor. Mallarmé (2004: 65) por su parte, describe el chirrido del grillo como “voz sagrada de la tierra ingenua, menos descompuesta ya que la del pájaro, hija de los árboles en medio de la noche solar, y que tiene algo de las estrellas y de la luna, y un poco de muerte”. En los signos de exclamación que indican el sobresalto con el que el poeta francés (2004: 65) concluye su carta se lee: “¡Y penetrada de Nada! ¡Toda esa felicidad que tiene la tierra de no estar descompuesta en materia y en espíritu estaba en ese sonido único del grillo!”. ¿Y es que acaso la poesía busca crear en la unicidad del verso esa felicidad indistinta que se expone en la voz chirriante que ignora la distinción del lenguaje humano; lenguaje que se sabe, por su parte, proviene, y aún conserva, aunque latente, las huellas de ese canto originario?

Por su parte, en 7 Sentencias sobre el 7º Angel Michel Foucault (1999) recupera el pensamiento de otro escritor francés contemporáneo a Mallarme, Jean-Pierre Brisset, quien se dedicó a investigar el origen primitivo de todas las lenguas, en una época en la que esta empresa ya había sido declaraba delirante, cuando no vana o imposible a secas. Lo paradójico de este pensador es que emprendió su búsqueda del origen desde la certeza de que una lengua primitiva, anterior y diferente que hubiera dado lugar a todas las otras por derivación, no existiría ni existió jamás. Según Foucault (1999: 47), Brisset hubo de “convertirse de nuevo en un niño para comprender la ciencia del habla”, para saber que lo que se descubre en el origen, es la lengua tal y como hoy la hablamos sólo que en estado fluido y en estado de juego. El origen primitivo del habla sería entonces, ya no “una lengua suprema, elemental e inmediatamente expresiva” (Foucault; 1999: 12) sino un lenguaje en emulsión en donde “las palabras saltan al azar, como en las ciénagas primitivas nuestras ranas antepasadas brincaban según las leyes de una suerte aleatoria” (Foucault; 1999: 14).

Para Brisset la posibilidad de exponer en la lengua el estado originario que ya late en su decir radicaría en un saber reconducir las palabras al estado brincante y croante que les dio origen. Porque tal y como puede leerse en la Antología del Humor Negro de André Bretón, Brisset había arribado finalmente a la conclusión de que el hombre desciende directamente de la rana. Hallazgo al que llega, en palabras de Bretón (1991: 204), por un lado, por “un juego de asociaciones verbales de una riqueza increíble” (siguiendo, a su vez, con su teoría según la cual “todas las ideas enunciadas con sonidos parecidos tienen un mismo origen” (1991: 207)) y, por el otro por la constatación de la semejanza de las dos imágenes iniciales del hombre y el anfibio, que acercan en aspecto al renacuajo y al espermatozoide. “De esta forma –continúa Bretón (1991: 204)- [Brisset] desarrolla, sobre un fondo pansexualista de gran valor alucinatorio, […] una serie vertiginosa de ecuaciones de palabras […] y constituye -de este modo- una doctrina que se considera la llave cierta e infalible del libro de la vida”.

Así, mediante el juego sonoro que imagina las escenas violentas y deseantes que habitan en la distancia que se abre de una palabra a la otra, Brisset deja oír los sonidos y los cantos que “forman poco a poco ese gran ruido repetitivo que es la palabra” (Foucault; 1999: 25) y, con ella, el murmullo hablado antes de que existiera la lengua, esta lengua que es la nuestra. Cito nuevamente a Foucault (1999: 19):

Efectivamente antes de que hubiera lengua se hablaba. Pero ¿de qué se hablaba si no era de ese hombre que aún no existía puesto que no estaba dotado de ninguna lengua, de qué si no era de su formación, de su lento acomodo a la animalidad, si no era de la ciénaga de la que penosamente escapaba su existencia de renacuajo?

Más allá de lo anecdótico, entonces, y salvando las distancias entre el grillo y la rana, Mallarmé, Brisset, Bretón, y Foucault, hemos trazado este largo rodeo para recuperar la posibilidad de pensar un habla cantante, chirriante, croante. Habla que habla del nacimiento futuro de un hombre que aún no existía; habla que confía como Brisset en que “la palabra lo es todo”, que ella “conserva en sus pliegues la historia del género humano de los primeros días” (Bretón; 1991: 204-5). Pero habla que sabe, como dice Foucault (1999: 23), que “la palabra sólo existe incorporada a un escenario en el que surge como grito, murmullo, mandato, relato”; escenario en el que se expone, de una palabra a la otra, el sinfín de batallas, episodios, amoríos y gestos que le dan sentido.

3.

Todo este rodeo entonces para volver a Rodríguez y leer en esta estela la escritura de Vapor, libro publicado por la editorial Vox en el año 2007. Y aunque quizás el lugar de Vapor podría haber sido ocupado por casi cualquiera de los otros libros del autor, la elección responde a que éste, nos parece, ofrece en su escritura el lugar deseado de conciliación, el topos utópico buscado por los soñadores del origen que ansían recuperar, al menos como perdido, una extensión del lenguaje que conjure la distinción que con el hombre se introduce, anunciando al mismo tiempo, como dijimos, sus alegrías más sublimes y sus dolores más extremos.  Pero con una diferencia: la escritura de Rodríguez conquista esa extensión en el juego con la lengua. No busca el origen en el tiempo ni lo representa como sido, perdido, olvidado sino que lo crea en sus poemas; hace la lengua primitiva, fluida y jugada en el fraseo de sus versos. Porque no busca una lengua anterior como raíz enterrada en el origen del tiempo, sino que recoloca la lengua, nuestra lengua, en su estado líquido, lúdico; estado en donde cada frase es contemporánea por inactual, porque condensa en un mismo gesto el concierto de gritos que la ha moldeado.

Escritura rítmica en que la repetición de una sílaba diferida va trazando el espacio en que se exponen las imágenes y el relato de un mundo en que se  “recoloca la palabra en la boca y alrededor del sexo” (Foucault; 1999: )En Vapor la palabra se vuelve cavidad sonora de la que brotan árboles, gritos, nidos. Palabra que alumbra y calla. Encanta; toca y encanta: da lugar al canto primitivo. Dice el poema (2007 :12):  “toco una piedra/ y hace su monólogo de piedra del escándalo”. La palabra, la boca, el poema se vuelve entonces nido, ciénaga, río del que chorrea el murmullo de lo ya dicho: lo perdido de la tradición, lo repetido en la impersonalidad del plural (del dicen, se dice) ahora brota de nuevo pero mojado, tiritante o desviado. Cito: (2007 :15):

La cosa empezó en la primera
semilla, hasta los trece años
sobrevivía en su cuerpo
pero un brote
torció esa rama raquítica
que lo unía, colgado, pequeño
en cruz, con corona de flores,
a una rama del árbol más grande.

Vapor se inicia trazando imágenes de un origen en el que la filiación se interrumpe por exceso, por brote; brotes de los que caen, como frutas, niños a un jardín fértil y salvaje en donde lo que comienza y termina se trenza en una proliferación de imágenes y sonidos reverberantes. Dice de nuevo el poema (2007 :16):

niños encantados de la muerte de los cuerpos de las flores
arrancadas de los cuerpos de los pelos,
alguno dice ya ‘vellosidad’
y el otro le dice ‘no, belleza’
y otro dice:
‘las uñas crecen siempre hasta en los muertos’
y otro dice:
la belleza se defiende con uñas y dientes
de leche’
y otro dice:
‘cómo se enreda la lengua
y en el sonido crea un movimiento,
una cinta flotante y continua de luz
se adhiere a las cosas
y las abandona también

Así, entre el vello y lo bello, entre los cuerpos y los muertos, en la distancia que abre la diferencia de un fonema (que a su vez inscribe en la letra la marca del infinitesimal desvío de recorrido y contacto, entre el diente y el labio, la lengua y el paladar); en el enredarse, como escribe el poema, de la lengua y el sonido, centellea toda la historia compleja de lo viviente en donde animales, plantas y hombres convocan sus fuerzas más potentemente vitales de erotismo y muerte. El poema se dice entonces como fiesta en la que se celebran las infinitas reuniones posibles entre los seres más diversos; composiciones que se trazan en continuidades paradójicas guiadas algunas veces por el deseo, otras por la mera semejanza visual, e incluso por el juego con el sonido.

En la escritura de Rodríguez la palabra recobra, decíamos, el espacio de la boca como sexo, sonido, nido; “nido, nido que amplía el intercambio” (2007 :17), dice el poema; zona de relaciones entre naturalezas que no se estancan, ni se mimetizan, ni se afirman: “Nunca decir el animal que soy” (2007 :17). Los poemas inauguran un espacio que ya no elige ni lo animal ni lo humano, ni la materia ni el espíritu, ni el sonido ni el sentido, ni el sujeto ni la cosa. En la duración de los versos, los opuestos se concilian con la seriedad del juego de niños que dejan de jugar a lo reglado, para jugarse en lo indiferenciado; de niños que ante el parto animal de una perra en un descampado, cito nuevamente a Rodríguez (2007: 21):

interrumpieron el fútbol en el baldío
se pusieron a verlos nacer …se sacaron las remeras,
se pusieron a amamantar la cría,
se volvieron como nuevas madres
a celebrar la fecundidad de un nuevo mundo.

Porque si el poema dice la lengua del origen en su escribirse, lo hace al recordar el iterar de los sonidos, el croar primitivo que permanecía inseparable en un unidades indiferenciadas. Y así como Brisset debió convertirse de nuevo en un niño para comprender la ciencia del habla, la infancia se erige en la escritura de Rodriguez como tópico y locus del decir privilegiado. Porque el niño, dice el poema, “se hace polvo entre las flores,/ se hace trizas en el viento,/ se hace espuma con el mar…/ Hace lo que quieras,/ es materia de pura corrupción” (2007:18). La voz infantil juega y se juega en el decir de los versos que corrompen, pervierten, desvían el orden establecido que prima siempre uno de los polos en el lenguaje: el sentido sobre el sonido, la intención sobre el azar, lo probable sobre lo posible.

Y así, remontándose al origen que late en lo actual, el poema nos dice también algo de nuestra propia contemporaneidad, algo de lo que falta en el presente y quizás también algo de lo que podría aún acontecer. Como si, siguiendo ahora a Agamben (2011), hiciera falta, doblemente, una cierta distancia del presente y de sus pretensiones para poder escribirlo con mayor agudeza; y como si éste, a su vez, se expusiese mejor al ser signado como arcaico, al ser remitido al arché, al origen que no “se sitúa solamente en un pasado cronológico: [sino que] es contemporáneo al devenir histórico y no cesa de operar en este” (2011: 26). Recolocando nuestros sonidos significantes en aquel estado primitivo del lenguaje, Rodríguez (2007: 41) permite volver a escuchar aquellas gargantas croantes que aún insisten en la palabra, donde:

[…] unidos por
un sueño
el jefe de hogar y el sapo
croan desde el pedestal otoñal
de un rey más primitivo
de la misma cosecha,
en representación de todo lo que tuvo que morir
para que esta familia crezca: el jardín, las rosas, las ranas, la virgen.
 
el paraíso.
 
 
Franca Maccioni
Revista Caja Muda 2013
www.revistacajamuda.net

 

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