Chepe con fortuna en las esquinas

Con la partida del sol se multiplican los transeúntes de forma aberrante. De día se esconden en sus ataúdes de concreto hasta que la noche brilla sobre sus párpados y los levanta. El sábado es vampírico en la urbe, sobre todo si se trata de una avenida peatonal. Montoneras de familias, parejas y grupos de amigos van y vienen por la calle que marca la entrada al centro de San José. Pocos los que caminamos solos. Los postes de luz estilo inglés y cientos de conversaciones a lo largo de la Avenida Central distraen de pasar una noche de pura y silenciosa oscuridad. La ciudad encendida y las estrellas ignoradas. Mundo moderno.

San José de Costa Rica. Por: Santiago Toro

Hay venta de películas recientes de Hollywood y sombrillas, porque entre junio y julio es una extrañeza que no llueva un día en Costa Rica. Ofrecen a gritos aguacate, mango biche con chile si quiere, limones al por mayor, empanadas de carne, juguetes luminosos, tarjetas para celular.  Aumenta la oferta, aumenta la bulla. Todos los vendedores quietos menos uno canoso que da vueltas entre la multitud exhibiendo ocarinas con formas de micos y tortugas mientras toca una. Se percibe una atmósfera típica de centro de ciudad: escándalo, comercio, sobrepoblación, cemento, rostros diversos y olor a pollo asado.

Plaza de la democracia. San José de Costa Rica. Por: Santiago Toro.

Termina la muralla de almacenes y el espacio peatonal se abre en un costado hacia la  extensa Plaza de la Cultura. Suelo color ladrillo, varias materas, sillas dispersas y un sótano donde queda el Museo de Oro Precolombino. En una esquina bajo un árbol, un hombre agita su melena crespa en sincronía con su violín eléctrico. Parece que el instrumento lo tocara a él. Algunos curiosos se detienen a observarlo y echan plata en el estuche. Sus rápidas y elegantes melodías se extienden por casi toda la plaza. Se hace querer, trozo de luz y sonido. Con su música devuelve la belleza a la noche.

Unos quince minutos más hacia el oriente el camino comienza a empinarse. Dejé de subir al llegar a otra plaza, más grande y con gradas largas. Plaza de la democracia, se llama. En la parte más alta hay un edificio amarillo de tres pisos con vestigios de castillo y bastante largo hacia los lados. Solía ser el Cuartel Bellavista, de instrucción militar y bodega de armas, hasta que en 1948 fue abolido el ejército en Costa Rica. Dos años después empezó a funcionar como el Museo Nacional. Cada primero de diciembre se celebra que ya no hay militares por aquí, aunque cabe mencionar que su gobierno apoya diplomáticamente la guerra contra Irak. ¿Y entrar al actual museo cuesta lo equivalente a 16 mil pesos para estudiantes extranjeros? No, gracias, con esa plata desayuno, almuerzo, ceno y desayuno al día siguiente.

Crucé la plaza de norte a sur. Pasé de la Avenida Central a la Avenida segunda, que no es peatonal. Hay una larga fila de taxis rojos cuando se termina la plaza. Varios de los conductores están fuera de sus carros mirando al segundo piso de un edificio esquinero que tienen en frente. La ventana está abierta y se asoma un mechudo sin camiseta, cantando en micrófono con voz gutural. El resto de la banda no se ve, pero se escucha una batería de doble pedal, guitarras gordas y bajos crudos a elevada velocidad. Toque de Metal hacia la calle con ensayadero de tarima. El público casi no se mueve, parece más bien curioso, ni siquiera perturbado. No es por pesimista, pero en Bogotá habrían llegado por lo menos dos motos de policías después de la primera canción. Bueno, habría que hacer la prueba.

En lo que paran entre canción y canción se escucha un rock lento al fondo. Viene de la sala del ensayadero que abre su ventana desde la otra cara del edificio. Por cada cara se escucha una banda diferente. Apropiación del espacio público desde el interior de lo privado, con doble tarima, para los que les gusta suave o les gusta duro. Se comparte el goce de un ensayo ¿O será que tienen mucho calor allá adentro y por eso abren la ventana? Un taxista me dijo que  es la segunda vez que se encuentra con esto y que antes también fue un sábado. Rock a la Calle, sin policías, sin cover, sin permiso de nadie, sin pogo. ¡Péguelo! Más que para el que quiera, está hecho para el que pase. Mostraría fotos, pero días después me robaron la cámara en ese hostal de mochileros primermundistas. Igual esto no es periodismo, que me crean es lo de menos.

Parque Central, San Jose

Por un corredor estrecho salí a la siguiente calle. Después de bajar tres cuadras pasé al lado de otra plaza. Más pequeña que las anteriores pero con más árboles, dos de ellos más altos que el quiosco con techo en forma de cúpula que hay en la mitad. Parque Central, o sea, estoy en el Central Park de San José. Lleno de gente, como todo lo que he caminado del centro. Sentada en una banca a varios metros de distancia, está una morena con sus dread locks sueltos. Tiene la mirada intensa y profunda de una leona africana. Esconde los dientes tras unos labios provocativamente gruesos. Mi corazón canta un reggae y vuela lejos de Babilonia al encontrarse con tu belleza, princesa ¿rasta?¡Y está sola! Quién sabe si espera a alguien.

No está con la cabeza metida en el celular. No. Contempla la gente, los árboles, qué sé yo. La miro a los ojos. Creo que me mira. Ay, pero tan seria. Quitó la mirada antes que yo. ¿Si camino hacia ella de una vez quedo como ‘aquí llegó tu presa, mi leona’? Mejor sigo hasta el final de la calle haciéndome el indiferente y doy la vuelta al parque. Le llegaré por otro lado y si volvemos a intercambiar miradas ya tengo preparado qué le voy a decir para empezar la conversación. Demasiado tarde. Ya no había nadie en la banca cuando venía por el otro costado. Miré alrededor y había desaparecido del entorno. Por pensar mucho perdí mucho. La vida nos puso cerca, cada uno se dio cuenta de la existencia del otro y por orgulloso destruí la posibilidad de conocerla.

Ahora camino frustrado, insatisfecho. Me niego a aceptar lo que acaba de no suceder ¿La volveré a ver? No, la oportunidad ya se me dio y no la aproveché. O  tal vez no era la indicada… ¡jueputa yo creo que sí! Tan enojado voy conmigo que ya no sé ni en qué calle estoy. No me importa, para eso uno pregunta después. Solo quiero seguir caminando y que se me apacigüe la zozobra ¿Y si la busco? Uy no, tampoco.

Por estas calles que ya no se encuentran con la Avenida Central casi todo está cerrado. Qué video, de los pocos locales abiertos hay una panadería colombiana en la esquina del otro lado de la calle. Aguanta sacar la cámara, pero está muy oscuro y hay poca gente ¿será que me atracan?Dos fotos, rápido. Que se vea el letrero, PANADERÍA COLOMBIANA, sobre la bandera tricolor. Listo. Entraré a ver si hay mojicones, como si hace menos de cuatro horas no hubiera salido de Bogotá. Pero ni siquiera alcancé a subir el primer escalón de la entrada. Quedé como una piedra al verla de pie, justo delante de la puerta. Me miraba fijamente con sus ojos verdes estallados de vitalidad, acompañados de una picante sonrisa infantil. No recuerdo si antes había visto una mujer tan hermosa. Su figura esbelta destella chispas luminosas que me invitan a fundirme en su majestuosa belleza. La panadería, la calle oscura, todo se ha desvanecido. También clavé mi mirada en sus ojos y creo que le sonreí, si es que mis labios lograron despertar de la parálisis carnal de todo el cuerpo. El colmo si vuelvo a seguir derecho, como sucedió con la morena en el parque. Así que casi sin pensarlo, pronuncié un hola que intentaba ser alegre pero salió tímido.

Hola, respondió segura. ¿Qué haces? Le pregunté, así o más colombiano. ¿Qué? Que qué haces. Tomando café, lo cual era una obviedad que narró con sarcasmo disfrazado de inocencia en esa sonrisita tan sana ¿Eres de aquí de Costa Rica? Sí, vos no, ¿cierto? ¿Te diste cuenta por el acento? Porque te vi tomando fotos. Ahhh sí, es que soy colombiano y me pareció curioso ver una panadería de mi país, entonces bla, bla, bla. El castaño claro de su pelo largo denota que de niña fue rubia. Brilla con la misma intensidad que las esmeraldas de sus ojos y las perlas de su sonrisa.La simetría en sus rasgos supera a las princesas dibujadas en las películas viejas de Disney. Tiene más sabor que cualquier europea de ojos claros: sus facciones arias están sazonadas con la cálida viveza de la mujer latinoamericana. Y ese saco amarillo se le ve tan lindo, potencia su brillo.

Gaby. Le puse 22, pero tiene 18. Está en el último año de un colegio francés. Vive en Cartago, como a cuarenta minutos de San José. Casi todos los días de la semana entrena en una academia de baile y con lo que mejor se mueve es el jazz. Cuando se gradúe quiere irse a estudiar baile en Argentina, pues dice que hay mejores oportunidades que en Costa Rica. ¡Quiere dedicarse a bailar! ¡Qué chimba de vieja! La primera persona en este país con la que cruzo más de dos frases, y seguro que no hubiera podido desear a alguien más oportuno. Es buena conversadora, dulce, atenta e inteligente. De mente muy abierta a juzgar por su edad. Si hubiera salido con la francesa o le hubiera hablado a la ¿rasta? en el Parque Central, no hubiera llegado a la panadería.Y si la panadería no fuera colombiana ¿para qué me hubiera acercado si no tenía hambre? Así tenía que pasar, la noche se tomó su tiempo en cocinarlo ¿El encuentro causó la atracción o la atracción causó el encuentro?

Llevamos varios minutos parados en la escalera de la entrada. No me has dicho tu nombre… Sebastián. Tenés cara de Diego, ¿y qué hacés en Costa Rica? Llegué hoy, como tengo cinco semanas de vacaciones planeo ir también a Nicaragua, Honduras y lo que alcance. De hecho tú podrías recomendarme qué lugares puedo visitar de aquí. Entonces saqué mi libreta y me senté en la escalera. Me mencionó algunas playas en el Pacífico y el Caribe. Al rato también se sentó. Buena señal. Luego me enseñó palabras de la jerga tica: chiva o tuanis, algo así como chimba o bacano. Estar de goma, que es estar enguayabado, y polo, casi lo mismo que ñero. ¿Y esperas a alguien, Gaby? Sí, a mi “novio”. Así lo dijo, enroscando y desenroscando el índice y el medio de ambas manos. Ahhh, bueno. Nos quedamos callados por unos segundos hasta que ella rompió el silencio: si querés te doy mi número y nos vemos en unos días. No, gracias, no quiero que este encuentro pierda el valor que lo hace único para estructurarse como un hecho más en la trillada continuidad. Pues claro que no respondí eso, espera y anoto ¿cómo es?

Cuatro días después, un miércoles, nos encontramos en un bar cerca de la Universidad de Costa Rica. Mientras tomaba una cerveza empalagada de jarabe rojo que me arrepentí de pedir y ella disfrutaba la suya, verde y ácida, intercambiamos historias de viaje. Empezó: estuve tres semanas en Francia por convenio de mi colegio, y un día fui con mis amigas a turistear en el Palacio de Versalles. Entre la multitud vi a un hombre, guapísimo, que también me miró. Nos cruzamos varias veces, cada uno con su grupo de amigos, y nos mandábamos picos de lejos hasta que por fin nos acercamos. Bastó con que dijéramos nuestros nombres y un par de frases de cortesía para que nuestros labios cedieran y empezáramos a besarnos como viejos amantes. Sentí que duró más que unos cuantos segundos. Ya me tenía que ir, así que le dije la estación de metro más cercana al hostal donde me hospedaba, pero nunca supe si él pasó porque llegué muy tarde esa noche. ¿Y no se dieron el correo? ¿Facebook? ¿Nada? Nada, podía ser peligroso. Es iraní, no recuerdo su nombre, pero es el mejor beso que he dado hasta ahora. Tu turno.

En diciembre conocí a Idoia, una artesana feminista española, en San Agustín, Colombia. Viajamos juntos a Mocoa, al sur del país, casi llegando a la selva Amazónica. Llegamos a la plaza central del pueblo, que estaba llena de gente. Como estaban en plena celebración de la fiesta del agua entre todos se mojaban con baldes y bombas. En la tarima tocaba un grupo de música llanera, pero nadie se animaba a bailar, menos nosotros dos. De pronto el animador dijo en el micrófono: a ver, la parejita de extranjeros, si pasan aquí al frente a bailar les regalo una botella de ron. ¡De una! El público hizo una rueda y nos metimos en el centro. Intentábamos coordinar pero parecíamos pogueando. Todo el pueblo nos aplaudía y se reía. Cuando nos entregó la botella, el animador preguntó por el micrófono de qué país somos. Idoia, muy honesta, dijo que de España, y yo, para seguirles la corriente de que éramos una pareja de extranjeros, me las di de francés, entonces simulaba hablar español a medias. Como no sé nada de francés me lo inventaba cuando la gente me preguntaba cómo se dice tal cosa. Mientras tanto la agrupación en tarima, como si se hubiera dado cuenta del engaño, cantaba: Tomando el pelo, tomando el pelo, la vamos pasando bueno, tomando el pelo, tomando el pelo…

Anocheció y regresamos bastante tomados a la orilla del río Rumiyaco, donde estábamos acampando. Mientras cocinábamos sopa, se acercaban cuatro hombres. Nosotros, bien prendidos por el ron, les gritábamos ¡vengan muchachos, únanse! De repente uno de ellos agarró a Idoia por detrás y forcejearon su maleta hasta que ella cayó hacia adelante. El hombre sacó una pistola y desbordándose en groserías le apuntaba y le pedía el celular. Yo entré en shock al ver el arma y empecé a gritar ¡llévense todo! Hasta que los cuatro salieron corriendo pero no se llevaron nada. Fuimos a avisarle a la familia que cuidaba nuestras maletas lo que había pasado y en esas llegó el suizo que administraba el hostal de al lado gritando ¡llamen a la policía, por favor, cinco hombres me han robado dinero, computadores, teléfonos, se metieron a dos habitaciones! Ahhh claro, Idoia, el quinto no lo vimos porque salió primero en carro con todas las cosas. Ay, pero se le advirtió y no quiso contratar celadores, nos dijo después un policía.

Gaby apenas me miraba y sonreía a medias, como desconcertada. Quizás un poco diferentes nuestras historias. Terminamos las cervezas casi a la par. ¿Y si vamos a la Universidad de Costa Rica? ¿Es pública? ¿Hay zonas verdes amplias, como para sentarnos y tocar guitarra? Sí, es hermosa, yo suelo ir allá a relajarme y a leer. Vamos.

Esa tarde en la nacho de los ticos fue uno de los conciertos personales más valiosos que he dado. De esos que uno toca con ganas todo el repertorio, y cada acorde, cada golpe, cada verso es energía muy nutritiva y deleitante para el ego, quizás también para el espíritu. No es una plaza llena de gente, no hay tarima ni amplificadores. Es un terreno extenso de pasto y árboles y una mujer de mente abierta, sencilla, churrísima que está sentada frente a mí, no me quita sus penetrantes ojos verdes de encima mientras canto mis composiciones acompañado de mi guitarra. Yo tampoco le quito los míos. Nos sostenemos la mirada lo que dura la canción, casi sin parpadear, sintiéndonos el uno al otro, desnudándonos, explorándonos, gozándonos. Cada que termina una canción me dice que le gustó más que la anterior. Poco a poco vamos fortaleciendo el puente que une nuestros ojos. Se hace más íntimo, más firme, flotamos, vibramos el uno por el otro. Va a estallar una estrella. De película. Había fantaseado varias veces con un momento así, tocando todas mis canciones a solas con una mujer hermosa, sin dejarnos de mirar. ¿Cuántos otros músicos también lo habrán deseado y se les habrá cumplido?

San José en la noche

Pero todo eso pasará cuatro días después. Por ahora seguimos sentados en la escalera de entrada a la panadería colombiana. Su “novio” acaba de llegar. Lo veo más joven que yo porque aunque somos igual de flacos, sus mejillas brillan por la ausencia de barba. Me dio la mano con seriedad, como desconfiado, o quizás solo fue mi impresión. Gaby me despidió con un cálido abrazo y luego se fueron no sé a dónde. Volví a quedar solo pero muy complacido, sin arrepentimientos, con el ánimo arriba para seguir con la caminata nocturna. Me encuentro en modo “ya puedo irme a dormir tranquilo”. ¡Gracias francesa por cancelarme! ¡Gracias linda ¿rasta? por irte! ¡Gracias Colombia por tus panaderías en el exterior! ¡Gracias Gaby! Es como si hubiera llegado a una meta que jamás me propuse y hubiera recibido el premio mayor. Hace mucho no me sentía tan satisfecho, pero falta. Falta llegar al Morazán, el parque más jipi de San José. Malabares, ulaula, artesanías, música, poesía, marihuana y policías en bicicleta. De eso escribiré otro día, por ahora voy a ver si hay mojicones.

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