De toque y tome

Conviven oriundos campesinos y chicos de ciudad que vinieron a ver las milenarias esculturas y terminaron quedándose. Los visitan turistas, aventureros, investigadores, místicos, farreros, y locos. “Aquí no hay hambre, por eso todo el mundo está contento”, me dice un amigo que vive en San Agustín hace cuatro años. Ha de ser por eso que no les importa gastarse hoy toda la harina tirándosela a los vecinos para festejar el último día del 2012. La fertilidad de estos suelos hace que abunden las cosechas y que la comida no sea tan cara. Ni hablar de la marihuana y el opio. Qué gangas.

Casi las cinco de la tarde y los andenes están llenos de guaro, gente y cerveza. Vallenato ventiao’ en bares y discotecas. Melodías caribeñas que nadaron por el Magdalena, desembocaron en el sur del Huila y San Agustín quedó enamorado.

– Hola ¿estás buscando hospedaje?

– No, voy para el mismo camping en que me quedé la vez pasada.

– Tengo habitaciones a cinco mil pesos la noche, por si estás interesado.

El camping queda como a veinte minutos caminando desde el pueblo y cuesta cuatro mil. Estoy mamado con este peso que llevo: guitarra, mochila, carpa y un yembe pequeño. Además, el tipo tiene acento de rolo intelectual clase media, camisa dentro del pantalón, pelo corto y está afeitado con la uno. Esas características me dan confianza. Podría ser un ladrón de corbata, pero esos roban desde la oficina. Aquí parece incapaz de joderme la vida. Y está barato el cuarto. Desde mis prejuicios me la juego con toda.

 

– Listo, déjemela ver.

– Oquei, vamos allí donde Meri, nos tomamos algo y ya te la muestro.

Nos presentamos en el camino. Se llama Carlos David y dice que es guía profesional. Entramos donde Meri, directo a la mesa de su grupo: Una mujer y cinco hombres de diferentes edades, unos muy canosos y otros que no aparentan más de 35. Algunos tienen sombrero suaceño y poncho. A la mesa solo se le ven las patas,  pues su cuerpo está cubierto de botellas de Águila. Ninguno quita la mirada de la mujer. Es delgada, blanca, de mejillas rosadas, nariz respingada, pelo castaño delicadamente rizado y ojos verdes. Se pelean por  hablarle pero no la tocan. Luci, del sur de Francia, es la novia de Carlos David.

Me presenté y todos me dieron la mano cordialmente. El rolo me gastó la primera pola. Luego se fue y dijo que no se demoraría. De la mesa hablé primero con don Pedro, un viejo nariñense que lleva veintidós años en San Agustín. Dice que tiene casa y cosecha arriba en el Macizo Colombiano, y que es allá donde “de verdad uno aprende de la vida”.

– Usted va al bosque, a las montañas. Escucha las aves, los ríos, mira el cielo, los árboles. Eso, eso es vida.

Siguió hablando de la belleza del campo, de ‘sus’ animales y de los alimentos que cultiva. Fue fácil notar su borrachera, pero sus palabras no me parecieron vacías. ¿Guardarán un inmenso mar de vivencias que lo han llevado a comunicar su armoniosa relación con lo natural? Si no, ¿entonces para qué las dice?

– ¿También siembra marihuana, don Pedro?

– La marihuana, yo respeto la marihuana. Es una planta de sabiduría…

– Mono, ¡tóquese una!

Otro de los hombres había visto mi guitarra.

– No, hombre – dije, con esa risa agüevada que suelo hacer para que el receptor no crea que estoy contestando de mal humor – estoy un poco cansado por el viaje…

Todos se cagaron de la risa e hicieron apagar la música para que yo tocara. Empecé con una que yo escribí y los aburrí tanto que casi se les olvida aplaudir cuando se acabó.

– No, mono, ¡tóquese un vallenato!

Como no es la primera vez que me pasa, tengo mi comodín:

Recuerdo que Jaime Molina,

Cuando estaba borracho,

Ponía esta condición,

Queeeeeeeeee

Todos cantaban en coro, se abrazaban y chocaban sus botellas. Uno de ellos sacó un billete de veinte y me pidieron otra. ¿La casa en el aire? No tengo alas pero que la toco, la toco. Menos mal no había un sobrio que hubiera podido darse cuenta que los acordes de la guitarra iban por un lado y la voz por otro.

Luego les canté una de Nino Bravo bastante difundida. Me dieron más pola, copita de Doble Anís, el aguardiente de los huilenses, y otro billetico. ¿El mono quiere fumar? ¡Meri, una caja de Boston! Si con un beso y una flor los conquisté, cómo hubiera sido si… mejor no digo maricadas.

Llegó la flaca. ¿Acaso se había ido? ¿A qué horas? ¿De quién es la flaca? Es la novia de Carlos David, pero no es de nadie ¿bueno? No, marica, de Jarabe de Palo. Todos somos de jarabe de palo, güevón.

Para bailar la bamba se necesita…

Una copa de guaro y pola pá todos. ¡Meri!

Ahora hace calor y la música suena bastante bien.

Pero ya todos se tienen que ir a cenar con sus familias. Uno a uno salió derechito por la puerta, pero poco derechito. Qué rasca. Solo quedamos tres: Lisa, don Gonzalo – el más viejo y gordito del parche – y yo. Y nada que vuelve Carlos David.

– ¡Mono, hágale a una de Julio Jaramillo!

– No, don Gonzalo, no me sé ninguna. Además estoy muy borracho para seguir tocando.

No más que usted, claro, pensé.

Como típico ebrio, hacía caso omiso  a lo que yo respondía y seguía insistiendo, con la mirada desenfocada y hablando como en letra cursiva. Me seguí negando. Metió la mano al bolsillo del pantalón y esculcó un rato. Uy ¿otro billetico? Así sí. Cerdos capitalistas, él y yo. ¡Sorpresa! No es plata pero es plateada. Brilla, resplandece su finura. Cagada que sea una patecabra.

Continuará en dos semanas.

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