Un burro sin trabajo en la Isla del Sol

Aunque el sol ya empezaba a dar golpes fuertes en la ventana,  lo que me despertó fue el canto del animal que suele anunciar el amanecer. Suena mucho más grave que los cacareos que he oído en otras tierras campesinas. En tu isla, sol, la banda sonora que te acompaña cada mañana que llegas a la cima de los nevados orientales es un rebuzno, natural e irracional, que trasciende los juicios sobre afinación y ritmo (mi ignorancia respecto a la música en términos académicos occidentales me impide decirlo usando conceptos ‘válidos’).

Hace tres días que zarpé en una lancha desde Copacabana y navegamos hora y media por el Titicaca hasta llegar aquí, y no he visto ni un solo gallo o siquiera un ave que pase más tiempo en la tierra que en el aire. El primer animal en levantarse, la alarma natural de los habitantes de la Isla del Sol, es el burro.

Me causa mucha gracia quizás por el imaginario que tengo de que eso es absurdo y son los gallos quienes avisan que ha llegado un nuevo día. Pero los que viven aquí ya están acostumbrados, me contó Doña Dominga, “la dueña de mi cama”, o sea, la que administra el hostal. Es una señora de 59 años que hace parte de los yumani, una de las tres comunidades descendientes de los aimaras, pueblo precursor de los incas. Los otros grupos son los Challa, que viven en el centro de la isla, y los Challapampa, al norte. “Nosotros somos los del sur”. Conservan prácticas de sus antepasados como la agricultura y la artesanía, pero respecto a sus creencias, fueron convertidos al catolicismo hace muchos años. Aún vive la lengua aimara, que aprenden en el colegio al tiempo que el español.

La mayoría de los hombres usa jeans y camisa. Las mujeres lucen muy parecido a doña Dominga que, al igual que muchas, tiene una trenza que baja hasta el final de su espalda, mientras otras tienen dos que caen sobre sus hombros. El sombrero negro que usa se parece mucho al que se ponen casi todas, redondo arriba y tan pequeño que dudo que alcance a hacer sombra. Llevan la falda hasta los tobillos y lo único desnudo son las manos y el rostro.

Caminan con el peso de un manto que amarran como morral a sus espaldas para cargar las cosas, subiendo y bajando con sus alpargatas por este mar de montañas que flota sobre el lago Titicaca. Es el trozo de tierra más grande de los 35 que quedaron luego de que el legendario valle de los incas se hundiera en las lágrimas del dios supremo. Cuentan que aquí permanecieron a salvo durante el diluvio Manco Cápac y Mama Ocllo, el matrimonio de fundadores del imperio inca y ambos hijos de Viracocha.

Los incas construyeron un camino de piedras por el que atravesaban la isla de norte a sur. Si esa ruta no se conservara habría más de un turista perdido en medio de las montañas. También queda algo del templo del sol, centro de culto, y si no hubieran hecho las ‘mil escalinatas’ sería muy difícil para los habitantes subir las montañas todos los días.

Tan amplias son estas escaleras de hierba y piedra que podrían considerarse pisos. Los Yumani siembran papa, arveja y stevia en las que dan hacia el suroriente, me contó doña Dominga. Se les llaman terrazas de cultivo, una práctica que conservan de los aimaras. Se ven como parches cuadrados que remiendan la montaña, verdes los fértiles y arenosos los que nadie trabaja, que es en donde se hacen los que no trabajan, como yo.

Ayer en la mañana me senté con mi guitarra en una de esas terrazas secas. Ovejas y burros pastaban cerca en otros escalones más verdes. De frente está el Titicaca, no tan claro como el día ni tan oscuro como la noche. Aquel azul parece tener un poco de los dos. Sus aguas atraen rayos solares que se fragmentan en millones de estrellas y parpadean al ritmo de las suaves olas. ¿Qué esconderá en su profundidad? ¿Cuántos misterios ocultos? ¿Es cierto que antes era un valle? No espero que me responda el lugar con sólo verlo, pero me deleito al preguntar y alucino mientras bailo desnudo en un bosque de especulaciones.

Recuerdo que cuando era más pequeño la gente de Bolivia me daba lástima por no tener mar. ¿Cómo pueden vivir en un país sin costeños? Culo e vaina aburrida. ¿Y el ceviche? ¿Lo harán de burro? Pero lo cierto es que este inmenso lago, donde nada historia que no se ha escrito, incita más a agradecer que a lamentarse. Su horizonte, a diferencia del mar, no se funde en la distancia. En cambio, el viaje lacustre hacia el oriente termina en un grupo de montañas nevadas, cuyas frías y empinadas presencias son lo último que mi mirada alcanza. Blancas con retazos de azul, como si el cielo se hubiera solidificado y rocas nubíferas hubieran caído sobre la tierra. El sol se anuncia en sus cumbres, aunque en este momento ya flota lejos de la nieve. Son las cuatro y media de la tarde.

Me moví al occidente para mirar de frente al sol en su descenso. Mesetas áridas van absorbiendo la luz hasta que se la tragan toda. El frío ya no deja que mis manos se muevan en la guitarra con la misma agilidad. Las islas se pierden poco a poco en la noche y el paisaje se vuelve un misterio. Todo parece más pequeño porque la oscuridad no deja ver su inmensidad.

Me sentí cansado. Así que matecito de coca en la tienda al lado del hostal, los ploncillos en la ventana mientras veo la luna reflejarse en el lago y a dormir debajo de tres cobijas.

El burro rebuznó una vez más y regresé al momento donde empecé a divagar. Tengo media hora para bajar hasta el muelle y coger la lancha de regreso a Copacabana. Empaqué mis cosas y me despedí de Doña Dominga. Mientras bajaba las escaleras otro viajero, inclinado hacia adelante por el peso de su mochila, venía subiendo. Su aventura en este exótico lugar apenas comienza y la mía está por acabarse. Me dio nostalgia solo con observarlo y eso que solo pasé tres días aquí. El hombre llevaba puesto un saco de colores donde fácilmente podía caber dos veces y un chuyo, conocido popularmente como ‘el gorrito de Manu Chao’. Levantó su mirada y tan pronto me vio, sonrió y empezó a gritar entre jadeos de cansancio: ¡No lo puedo creer! ¡No lo puedo creer!

Me demoré en reconocerlo, pero cuando me di cuenta que no podía ser otro que Nikos, el griego, solté me guitarra y corrí a abrazarlo. “En la Isla del Sol se cruzaron nuestros caminos por casualidad”, como dice una canción poco fresa. Aunque, ¿sí habrá sido casualidad?

– Llegué anoche, no te imaginas lo que me pasó, fue de locos. Lo malo fue que antes de que ocurriera me separé de Blaz.

– Qué mal, luego me cuentas. ¿A dónde ibas?

– Al norte a buscarte.

– Estuve todo el tiempo en el sur.

– ¡Menos mal nos encontramos! ¿a dónde ibas tú?

– De vuelta a Copacabana, ¡pero qué carajos! ¡Dejemos las cosas donde doña Dominga y vamos pal norte!

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