A las afueras del Titicaca

– Colombiano ¿eh? – Dijo el policía mientras hojeaba mi pasaporte – pasado judicial, por favor.

– Aquí está.

– Ahora el certificado de vacunación contra la fiebre amarilla.

– Eso ya no lo piden.

– ¿Quién dice que no?

– Pues en Ecuador y Perú no me lo pidieron. (Qué argumento más culo y falaz, pero no se me ocurrió otra cosa)

– A qué viene a Bolivia?

– Si piensa que porque soy colombiano vengo a vender cocaína, déjeme contarle que su país está catalogado actualmente como el mayor productor de ese psicoactivo en todo el mundo. Ya nos superaron según los gringos, así que no es rentable para mí ponerme en esas.

Eso último solamente lo pensé. Si lo hubiera dicho creo que me hubiera salido caro.

– Vengo a turistear.

– No será a hacer malabares o vender artesanías ¿o sí?

– No. Solo traigo mi mochila y mi guitarra.

– Ah, ¿entonces viene a tocar para hacer dinero?

– No. Toco por pasarla bien.

– ¿Cuánto dinero trae?

– No sé, hace rato no lo cuento.

– ¿Más o menos cuánto?

– Como mil soles, supongo.

El policía le dijo algo a su compañero en otro idioma. Supongo que era la lengua de los Aymara, una cultura indígena que existe desde antes de los Incas y aún habita zonas que ahora forman parte de Perú, Bolivia y Chile. O tal vez hablaron en ruso, alemán o polaco, el caso es que no entendí nada pero me dejaron pasar la frontera.

Un letrero grande que cruzaba la carretera a lo ancho decía en mayúsculas “BIENVENIDOS A BOLIVIA”. ¿Bienvenido? ¿Qué tiene de bueno si en la oficina de migración un guardia prejuicioso te interroga a ver si obtiene una razón para no dejarte entrar?

Tombos montadores. ¿Se parecen en algo a los de Colombia? No, para nada, estos me preguntaron cuánta plata tenía pero no me pidieron ‘una colaboración’.

Nikos y Blaz, el griego y el esloveno con los que estaba viajando, deben estar ahora en Machu Picchu. Me separé de ellos y decidí aplazar mi viaje a esas ruinas para el regreso por el único motivo por el cual las personas son capaces de dejar botados a sus amigos: me tragué.

Bella portuguesa, no veo la hora de llegar a Copacabana y abrazarte hasta que me llenes de ti. Quiero sentir tus manos pasar por mi cuello, mi espalda, mi pecho, mis brazos, que acaricien mi cara y se entretengan con mi barba. Quiero perderme en tus ojos café claro, en tu suave piel bronceada, en el pequeño lunar que tienes en cada pómulo. Anhelo escuchar una vez más ese ‘portoñol’  que  sale de tu boca y me eleva como el canto de los pájaros. Cuánto daría por besarte una vez más y jugar con la joya que perfora tus labios, o por sentarnos juntos frente al lago Titicaca y cantar hasta el amanecer, como cuando nos conocimos en el valle de Urubamba en Cusco.

Lo cierto es que ya he dado mucho por ti, Sofía. Como me dijo un paisa que conocí en el terminal de Cusco: “Pelo de cuca jala más que cualquier cosa”.

Cogí un taxi con cuatro personas más rumbo a Copacabana, un puerto con playa hacia el Titicaca. El paisaje ya no es tierra seca y árida con una que otra roca gris y despojada de árboles, como llegando a la frontera. Ahora brilla bajo el sol el gigantesco lago azul, de cuya espuma el dios supremo Viracocha engendró a los hermanos y esposos Manco Capac y Mama Ocllo con la misión de fundar el Imperio Inca, según una leyenda que narra Garcilaso de la Vega.

Hay otro relato que dice que el Titicaca solía ser un extenso valle donde las personas vivían en armonía y no conocían ‘la maldad’. La condición que Viracocha les puso para que la paz continuara fue que jamás deberían subir a la cima de las montañas porque allí se encontraba el fuego sagrado. Sin embargo, algunos habitantes fueron tentados por ‘el maligno’ y llegaron hasta la cumbre. Al ver que los hombres le habían desobedecido, el dios supremo derramó sus lágrimas por todo el valle hasta inundarlo. Así nació el lago Titicaca para los incas.

En la década del 70 un grupo de exploradores argentinos hallaron ruinas de una civilización en las profundidades de estas aguas. También hace 12 años, la llamada Expedición Atahualpa 2000, encontró figuras arquitectónicas dentro del lago.

– ¿Y uno se puede bañar ahí?

– Es bastante frío, pero vale la pena – dijo sonriendo.

Entre los pasajeros iba Maori, un caleño que lleva dos meses en Bolivia y tuvo que volver a la frontera para renovar su certificado de estadía y quedarse más tiempo. Su gorro, su saco y sus pantalones eran muy coloridos. Bastante flaco, de pelo y barba cafés y andaba en alpargatas.

– Te la estaban montando por la guitarra ¿cierto? la próxima vez pide que te cuiden tus cosas en una tienda y te presentas en la oficina de migraciones sin nada.

Maori habla muy delicado, pero no es la delicadeza del acento de los rolos gomelos ni como hablan algunos afeminados. Este suena más bien tranquilo, despacio, sin quejas ni groserías. Sonríe mucho, como enamorado de la vida.

– La isla del sol es un lugar mágico, es preciosa, suelo ir allá para cantarle a las montañas y al lago.

Si yo dijera que eso se le escuchó muy hippie estaría cayendo en ese viejo prejuicio con que muchos rechazan el afecto a la naturaleza, afecto que yo también le tengo. Además, voy a terminar haciendo lo mismo en esa isla que flota sobre el Titicaca.

Llegamos a Copacabana en menos de media hora. El cielo tiene pocas nubes pero el clima no está para quitarse el saco. El carro nos dejó en la plaza central y ahora tendré que ir a dejar todo en un hostal y esperar tres horas a Sofía, que me dijo por correo que nos viéramos en el mercado a las 11 de la mañana.

– ¿Ya tienes referencia de algún lugar para hospedarte? – me preguntó Maori – Vamos y te llevo donde me estoy quedando, el hostal de Mariela.

Salimos de la plaza y bajamos varias cuadras. Las montañas que rodean a Copacabana son secas, color aserrín, y tiene minúsculas pinceladas de verde. Las casas son muy similares a los barrios tradicionales de Colombia. El hostal de Mariela es una de esas.

Tiene un pequeño letrero que decía “Mariela’s” en letras amarillas. El patio embaldosado conecta todas las habitaciones, como en la vecindad del Chavo. El lavamanos y el único espejo son comunitarios al igual que la ducha, donde no se puede demorar más de diez minutos. Es lo más barato y fraternal que hay en Copacabana para hospedarse.

Mariela no está pero seguimos a la habitación de Maori sin ningún problema. Es un cuarto con tres camas, y las paredes tienen dibujos coloridos y frases alentadoras como “No estás deprimido, estás distraído”, de Facundo Cabral. Hay un hombre todavía durmiendo, que se despertó apenas entramos. Se llama Mauricio, artesano de Córdoba, Argentina. Saludó y se volvió a acostar.

– Bueno, como ya me voy aquí te dejo mi cama. Buen viaje, Sebas.

– Aaaah ¿ya te vas? Bueno, lo mismo, Maori, y gracias.

No sé para dónde se fue. Tampoco si algún día lo volveré a ver.

Ya no tenía sueño, así que dejé mis cosas sobre la cama y me fui a caminar. Casi todas las calles residenciales de Copacabana quedan al occidente. En el centro está la plaza, encuadrada por una iglesia, la estación de policía y tiendas. Más hacia el oriente hay varios almacenes  de artesanías y una plaza de mercado, donde se consigue trucha más que cualquier cosa. Llegando al lago están los bares y restaurantes más caros, la mayoría atendidos por argentinos. De la playa salen y llegan botes todo el día. El norte es una zona principalmente de hostales y agencias de transporte y el sur es mucho más rural, con varias montañas y pocas casas.

Más tarde me encontré con Sofía como lo habíamos planeado pero lo cierto es que casi nada fue como yo esperaba. Lo que habíamos tejido en Cusco se estaba descosiendo, por lo menos de parte de ella, y yo con esas ganas, pero tampoco las voy a mostrar. ¿Orgullo o dignidad?

La mayor parte del día estuve acompañándola a ella y a Joana, su compañera de viaje, a hacer compras. No era en centros comerciales ni almacenes de cadena, pero me causó gracia que actuaban muy similar a las mujeres que se la pasan en esos lugares, pues ellas dicen que viven lejos de la ciudad y casi no usan dinero. Iban de puesto en puesto de artesanías midiéndose ropa frente al espejo y antojándose de chucherías. Hasta me pedían que opinara qué se les veía mejor. Son peces de río, pero hoy nadan como si aún vivieran dentro de la pecera. De todas formas el ser absolutamente consecuente es una pretensión.

Al día siguiente cogieron un bus hacia Cusco para luego regresar a Río de Janeiro, de donde viven a hora y media en la montaña.

¿Me separé de Blaz y Nikos para ver a Sofía solamente un día y no hice más que acompañarla en sus compras? No me voy a desgastar más pensando en eso, y creo que me hubiera sentido peor si nunca más la hubiera vuelto a ver. Además aquí el paisaje es alucinante, me quedan todavía muchos lugares por conocer y tengo un mar de motivos – o más bien un lago – para pasarla bien en vez de estancarme en esta tuza tan pasajera. “No estás deprimido, estás distraído”, como dice la frase de Facundo Cabral en la pared del cuarto donde me hospedo. Le escribiré a mis compañeros a ver si nos volvemos a encontrar aquí en Bolivia.

Próxima parada: la Isla del Sol.

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