Orovilca al desnudo

Antes que el calor matutino me hiciera regresar de un sueño que no recuerdo, lo hizo el frío del amanecer. Usted no se puede dormir si está ahí, halándolo a la tierra, recordándole cruelmente que está en un cuerpo. Atraviesa cualquier cobija o bolsa de dormir y lo que más ataca son los pies. Su presencia es tan fuerte que es difícil enfocar la atención en otra cosa. “Podrá ser muy de día y estarás en un desierto y toda la cosa, pero esto no empieza a ponerse caliente sino hasta las 8”, susurra el frío. Si usted ha acampado en tierra fría sabe que huirle es inútil.
No aguanté más dentro de la carpa. Solo el paradisiaco arenal pudo distraerme del temblor que produce la helada presencia de la mañana. Además, ¿Para qué perder tanto tiempo acostado mirando al techo? Tan pronto se despierte, levántese, ¿o si no de qué sirve? Así, quizás, algún día lo hará tan rápido que empezará a caminar sin haber terminado de soñar.

Abrí la cremallera y ¡ufff!, ni mandado a hacer. El viento se lució esculpiendo la arena. Son los senos más hermosos que he visto. El sol los está escalando pero todavía no se asoma ni su frente sobre ellos. El desierto suele moverse de un extremo a otro: de noche tiembla y de día arde. Ahora es de día pero el cielo está pálido y, aunque la belleza del paisaje es la bebida caliente que lo atenúa, sigue haciendo frío.
Primera (y ojalá la única) diligencia del día: traer de vuelta lo que se fue ayer. Anoche, mientras hacíamos música alrededor de la fogata, un fuerte viento cargado de arena cegadora elevó nuestras cosas. Logramos agarrar todo menos una bolsa tipo Ziploc que voló hasta perderse entre los árboles de huarangos de Orovilca. Adentro tiene veinte o más gramos de corinto. Nada importante, pero lo único que quiero dejar son mis huellas.

Bajé en busca de la bolsa ayudado por los huarangos, que con sus ramas impidieron que me fuera rodando.
Iba a ser muy difícil encontrarla entre tanta basura. Bolsas plásticas, periódicos, latas y quién sabe cuántas más cosas que, usualmente explicamos que trae el viento desde la ciudad, excusándonos de dónde proviene la misma basura. Uno que carga con el imaginario de que en el desierto no hay una sola alma, solo arena. Pero el seco Orovilca es un bosque de Huarangos, atestado de residuos tóxicos. Este oasis es tan solo lo que queda del cuento del peruano José María Arguedas, publicado en 1954:
“Orovilca no tiene aguas densas, puede brillar; la superficie de las otras es opaca. No hay ficus, ni laureles, ni flores; la orillan árboles y hierbas nativas. Huarangos de retorcidos tallos, ramas horizontales y hojas menudas que se tienden como sombrillas; arbustos grises o verdes oscuros que reptan en las bases de las dunas, y totorales altos, espesos, de onda entraña, desde donde cantan los patos. Los huarangos dejan pasar el sol, pero quitándole el fuego. Árbol nativo del campo, el hombre se siente ahí, bajo sus troncos y rodeado del mundo seco y brillante como si acabara de brotar de Orovilca, del agua densa, entre griterío triunfal de los patos. Salcedo se tendía de espaldas en la laguna y flotaba durante
largo rato.”

Ya no hay patos. La laguna se secó por la extracción de agua del subsuelo por parte de empresas privadas y la contaminación que proviene principalmente de la laguna de Huacachina. Eso nos contó el artesano. No encontré cómo probarlo, pero de todos modos no fue el viento.

Nada que encuentro mi bolsa y sé que si sigo bajando, la subida va a ser muy agotadora. Así que empecé a devolverme y un poco achantado miraba atrás constantemente, en un intento por mantener la esperanza de llegar a verla. Era como un niño al que se le ha perdido un juguete que quiere mucho.
Pobre Orovilca. No dejas de ser bello para unos ojos de turista que se deleitan con lo que les resulta excepcional: árboles en medio del desierto. Pulmón de cientos de miles de dunas, eres fuente de vida y equilibrio. Mandala de luz que atrae todo lo verde: bella te ves en medio del exceso de arena y bello se ve el desierto a tu alrededor. Pero ya tu laguna no brilla por su agua como en el cuento de Arguedas sino por su ausencia. Tiempos difíciles, ya lo sientes en tu paladar, que ya no roza la pureza de lo vital pero sufre las consecuencias de las toxinas que te hacen tragar.
Es difícil volver a subir cuando mucho se ha descendido y cada paso se hace pesado y en él usted se hunde si se detiene. Agradezca que no está solo, los huarangos le dan la mano. Solo agárrese a ellos con fuerza que no lo van a dejar caer. Ya casi llegamos, el abismo quedó atrás, aunque no está de más voltear la cabeza y…
¡La bolsa! ¿Esa es? ¡Siiiií, esa es!
Volví a bajar corriendo. Por lejos que estuviera, poco me importó todo lo que había avanzado. Estaba recostada en un huarango que había frenado su caída la noche anterior. Qué oportunos y generosos son esos árboles. La levanté y con el ánimo de vuelta, empecé la segunda subida que, como gusta tanto en Colombia, fue un camino fácil y rápido.

Ocho de la mañana y el sol ya salió de las dunas. Mejor le hago trampa o si no me quema. Un poco de bloqueador, pero solo en la cara. Espalda, brazos, hombros y barriga que reciban los rayos puros y directos, sin mediadores artificiales. Que se nutran mis centros de energía y todo mi ser se llene de vida. Ya se verán las ardientes consecuencias de semejante descuido.

Nikos y Blaz siguen durmiendo. Les ofrecí fumar pero ni por eso se levantaron. “Guárdame”, dijo el griego. Le prendí fuego y emprendí mi viaje por la arena con la soledad, que a veces creo que está medio loca, pero siempre la pasamos muy bien. Para derribo de mi prejuicio, el suelo no está caliente. Se puede caminar descalzo sin problema. El hundimiento de los pies en la arena ya no será un obstáculo. Todo es parte del camino, que resulta algo obvio y vacío si solo se dice y no se hace.

Al rato perdí de vista la carpa y el oasis. Ahora solo veo dunas sobre la tierra que, al estar alineadas, forman serpientes que se entrelazan y pasean sin rumbo hasta perderse en lo profundo del horizonte. Montado en mi mirada, empecé a cabalgar sobre los arenosos reptiles de múltiples jorobas. Delineaba duna por duna, subiendo y bajando una y otra vez a la velocidad del placer, como si se tratara del camino de mi vida.

Esta es la tierra en su estado más primigenio. Sin árboles, plantas, pasto, animales u otro ser humano. Un mundo de arena. Infértil, pura y sencilla. Sin tapujos u obstáculos. Ni hablar del cielo, que está completamente despejado. Dos colores tiene la naturaleza: el habano del desierto que me da sed, y el azul, que es tan refrescante que dan ganas de bebérselo. Tal es la simplicidad de esta maravilla que cabe en dos palabras: cielo y tierra. No hay nada más. Y están completamente desnudos, como este cuerpo.

Mi ropa servirá para guiarme de regreso, solo espero que no se la trague la arena. La dejé tirada y empecé a correr por toda esa masa sinuosa y laberíntica. Corría en todas las direcciones, subiendo y bajando dunas ya no con la mirada sino trotando. Esto es completamente nuevo. He vuelto a nacer. Abrí los brazos y con mi pecho apunté hacia el sol, que ya volaba lejos de su refugio en las dunas. Poderoso fuego astral, agradecido recibo el calor que das. No me molesta en lo absoluto, ni aquí ni en ninguna parte. Eres fuente de equilibrio, y tus pinceladas de luz colorean de vida todo lo que acarician.
Corrí, salté, gateé, grité, lloré, me cagué de la risa (no literalmente, claro está), me acosté, me revolqué y me deslicé bajando las dunas. Es como jugar en una arenera gigante. Intercambié mi arriba y mi abajo, con cabeza y codos apoyados en el suelo y las manos sosteniendo las piernas, que pedaleaban una bicicleta estática invisible. Por un momento, el cielo estuvo todo cubierto de nubes, nubes de arena, y bajo mis pies fluía un mar intensamente azul cuyas aguas más profundas son navegadas por astros.

Ahora balanceo mi tronco lentamente, sin despegar los pies del suelo, y siento cómo el viento baña todo mi cuerpo. Esta brisa refrescante es complemento de la calidez de un sol descubierto, y la pureza del cielo y la tierra desnudos son una combinación paradisiaca. Un instante que abre sus ojos a la eternidad y se aleja de todo lo que quiera desviar su camino. Quizás no es perfecto, no es felicidad, pero es todo lo que quiero ahora, no lo cambiaría por nada. Todo combina. Ningún elemento es más que el otro, son bellezas diferentes, pero cada una es igualmente importante para el conjunto. El fluir de la existencia se eleva por encima de las horas de los relojes y los rumbos de todas las partes se transforman: siguen rutas diferentes, pero todo baila el mismo ritmo del presente. No hay remordimiento por el pasado ni afán por el futuro, solo es.

No sé cuándo empezó esta canción, llevaba un buen rato bailándola y hasta ahora soy consciente de ello. Es una melodía que combina percusión con efectos sonoros cargados de distorsión, es lo único que puedo decir, porque no la puedo encasillar en ningún género ni creo haber escuchado algo parecido anteriormente. Suena dentro de mi cabeza, pero parece venir de afuera, pues yo no la controlo. Aun cuando no logro ver nada que pueda estar haciendo ese sonido, tampoco parece venir de algún lugar lejano porque la escucho muy cerca. La escucho dentro de mí, sin la menor idea si su intérprete siempre ha estado aquí y nunca lo había percibido o llegó de quién sabe dónde. Pero no es momento de desgastarse pensando en esas cosas. A gozársela, después habrá tiempo para las dudas que pretenden racionalizar lo que pasa. Toda música es un regalo y, aunque no sé si son mis oídos los que la escuchan, estoy poseído por ella. En esta fiesta todos estamos desnudos y bailo como me da la gana.

Desde una de las dunas que escalé, vi abajo a Orovilca, con nuestra carpa apenas rozándolo. No me alejé tanto como creía. Blaz y Nikos ya se habían despertado y estaban fuera de la carpa. Los veía en miniatura, sin poder distinguir lo que estaban haciendo. Tengo que decirles que vengan aquí, así que empecé a regresar. Caminaba al ritmo de la misteriosa canción. Aun no dejaba de hacer corrientes de aire con mis brazos. Cuando llegué a mi ropa miré hacia atrás. Mientras me vestía me daba cuenta que había dejado huellas sobre muchas dunas, pero fue un pedazo de superficie plana lo que más llamó mi atención: las honduras hechas por mis pies eran un desorden en esa parte. No había linealidad entre ninguna. Ni entrada ni salida eran perceptibles, ni pretensiones de seguir una ruta. Un microscópico laberinto de pisadas dentro del laberinto de arena. Sin conciencia de haberle dado esa forma, como supongo que el viento tampoco predeterminó la distribución de la arena. Es una pequeña representación de este desierto. Estuve moviéndome a su ritmo durante todo el viaje y lo que ahí quedó de mi camino refleja su no estructura.
Tomé mucha agua durante el resto del día y una que otra foto. Nikos tuvo su aventura entre los Huarangos de Orovilca, mientras Blaz caminaba por las dunas al tiempo que tocaba guitarra. Al intentar hacer sandboarding, nos pesó que hubiéramos olvidado algo con qué engrasar la tabla. Liberaba más adrenalina bajar las dunas caminando. Cuando nos dieron las cuatro de la tarde empezamos a desarmar la carpa y a empacar todo. Si tardábamos lo mismo que ayer viniendo hasta aquí, llegaríamos casi a las siete de la noche. Había que prepararse mentalmente para la caminata, pues era la única opción.
Escuchábamos cada vez más de cerca el ronco sonido de un motor, por lo que el carro parecía venir hacia Orovilca. Efectivamente. Por sus ruedas parece un jeep, pero lleva mucha gente, y no van en asientos acolchados, sino que cada fila es una sola banca de madera donde caben por ahí cuatro personas. Tiene techo pero no vidrios ni puertas. Es un carro lleno de turistas, parecido a una chiva, pero sin música ni borrachos. Cuando pasó cerca a nosotros, todos los pasajeros nos saludaron efusivamente moviendo las manos con un saludo tan nasal que se notó que no hablaban español. Respondimos el saludo como la gente de bien. Como ellos, que prefieren no arriesgarse a que algo grave les pueda pasar en medio del desierto y confían en los planes que les ofrecen las agencias de turismo para tener ‘un viaje seguro’. Pero no se aventuran a explorar el mundo ellos mismos, todo se los muestran en pantallas. Son tan ingenuos que creen que ‘conocieron’ un lugar solo por haber pasado por ahí y tomarse mil fotos y porque el guía les echó un carretón que al rato van a olvidar. Para ellos la presencia de las industrias es necesaria en los sitios que visitan. Lo natural los asusta, la incertidumbre los atormenta. Cuando van de vacaciones no descansan de su obsesión por la seguridad. Dejan que otros les organicen sus actividades pues el viaje en ellos proviene de un temor bien organizado.

El carro paró y todos se bajaron a tomar fotos. Eran más o menos unos diez y no ocupaban todos los puestos. El griego corrió hacia ellos y le preguntó al conductor cuánto había que pagar para que nos llevara de regreso a Huacachina. Es bastante caro, dijo. Yo los puedo llevar y ustedes me dan propina, pero solo si los pasajeros están de acuerdo. Nadie dijo que no. Tanto que criticamos a ese tipo de turistas y nos terminaron ayudando.

Me sentía en una montaña rusa cuando el carro bajaba las dunas a toda velocidad. Esto podrá ser muy artificial y superfluo para mis planes en este viaje, pero es una chimba. Qué manera de terminar nuestra aventura por el desierto. Casi que los hubieran mandado por nosotros. Como si fuera poco, paramos a ver el atardecer frente a las dunas donde se esconde el sol. ¿Can you take a picture of us, please? Y los tres sonreímos como buenos turistas.

Nos bajamos al llegar a Huacachina y le dimos la propina al conductor. Seis soles por los tres, que son como cinco mil y pico de pesos. El tipo hizo mala cara y no respondió cuando le dimos las gracias. Después nos enteramos que cada persona paga cien soles por el paseíto extremo por las dunas.

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