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Última actualización: Viernes 30 de agosto de 2013 a las 10:04 am

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Desertando

Un agotador pero magnífico viaje por la arena.

Tan tiernas y puras se ven desde Huacachina las primeras dunas que hay que subir para adentrarse en el desierto. Ni un solo color diferente al de cada grano de arena que las forma, solo ese habano que quiere ser amarillo pero tira más al café. Tampoco alcanzaba a ver su movimiento. Perderse un instante en su cosa es como viajar a la nada: quieta y vacía de todo, menos de ella misma.

Al igual que con el sol y la luna, no podía siquiera aproximar desde abajo el tamaño ni a cuánta distancia estaba de esas montañas de arena. De pronto empezaba a ver una corta línea de personas miniatura subiendo y no era efecto de las dunas ni de los plones. Ahora nosotros éramos esos seres diminutos: un griego, un esloveno y un colombiano, como si fuera a empezar un chiste flojo en lugar de un viaje.

Subimos por la duna que queda al sur del semi oasis, como nos indicó el artesano. Por cada paso se me hundían los pies. Me sentía lento y pesado. El truco es caminar rápido para no hundirse, pero nos quedaba muy difícil cumplir con eso. Llevábamos mochilas, carpa, guitarra, tabla para deslizarnos en la arena, bolsas de dormir, cinco litros de agua y las bolsas con el mercado que compramos en la plaza de Ica: papa, pan, jamón, queso, atún, manzanas, mandarinas y galletas. Así era muy difícil caminar rápido, por eso lo que hacía era dar unos pocos pasos a alta velocidad, paraba un poco, después unos cuantos lentos, luego volvía a acelerar y así iba repitiendo el baile una y otra vez hasta que ebrio del cansancio logré llegar a la cima.

Blaz, que iba pocos metros delante de mí, no pasó de una vez al otro lado sino que siguió andando sobre las dunas a ver si encontraba una menos empinada para bajar. Era el que menos cansado se veía y el más apresurado también. Yo lo seguía mientras despistaba mi fatiga mirando lo que había a mis lados. A mi derecha estaba Huacachina, la foto ideal para la entrada de una agencia de turismo. Bonita y todo, pero más relajante una patada en las güevas. Nos suena más Orovilca, el oasis sin laguna del que nos habló el artesano, y no vamos a llegar por estar hablando carreta.

A mi izquierda, en cambio, solo jorobas cubiertas de arena. Y yo que me preguntaba dónde estarán los camellos de este desierto. Pues enterrados. Era el paisaje adecuado para las imágenes de muestra del próximo Windows, la diferencia es que esto sí es vida. Miré hacia atrás y abajo vi a Nikos, apenas unos pasos delante de la mitad de la montaña. Su mochila estaba apunto de hacerlo tragar arena. Tenía los ojos y la boca más grandes de lo normal. Se iba a morir. Cómo no, si anoche en Lima se tomó casi toda la botella de Pisco. Al final le echaba hojas de coca y decía que había inventado un nuevo coctel. Además, durmió tal vez cuatro horas o menos en el bus hasta Ica. Pobre griego enguayabado. No había terminado de subir cuando empezó a gritar ¡Hey chicos! Yo creo que me devuelvo, ¡ya no puedo más!

Qué man tan nena, diríamos en Colombia. Paramos un rato y con Blaz le insistimos que, aunque había que hacer un gran esfuerzo, la aventura sería alucinante. Hasta que logramos convencerlo.

Después de caminar unos cuantos metros por arriba, nos disponíamos a bajar para seguir hacia el sur hasta que viéramos el camino de piedras. Ni idea de cuánto faltaba, pero tendríamos que verlo antes de que el sol se escondiera, de lo contrario habría que esperar hasta el día siguiente para llegar a Orovilca.

Tenía muchas ganas de rodar montaña abajo, pero después tendría arena hasta en la sangre y ni pensar en cómo bajaría la mochila y la guitarra. Me tocó caminando, pero esta vez no me iba a mamar el botellón de cinco litros, así que lo eché a rodar con toda la confianza de que no se me pudo ocurrir algo mejor, pero qué susto. No calculé que la duna fuera tan alta. Cogió tanta velocidad que los rebotes se hacían cada vez más agresivos hasta que ¡PUM!

Si la tapa hubiera estado un poco menos apretada hasta ahí llegaba el viaje, porque así yo me hubiera devuelto hasta Huacachina, no iba a encontrar tanta agua allá. Me imaginé el cargo de culpa y a ellos dos pensando para qué nos trajimos a este tipo. Pero bueno, solo fue un susto.

Afortunadamente el sol estaba bajando, por eso el calor no era tan fuerte y podíamos caminar descalzos sin quemarnos. Afortunados y desafortunados a la vez, pues nada que veíamos el camino de piedras. Parábamos constantemente y para encender otra vez los motores cada uno se mandaba un trago de Arrechón – parecido al sabajón pero artesanal – que ellos compraron en Cali. Les dijeron que estar arrecho era como estar de ánimo, lleno de energía. Cuán diversas son las connotaciones de los colombianismos en las múltiples regiones.

Estábamos tan adentro del desierto que hace rato que perdimos de vista el punto donde comenzamos. Preocupados porque se hacía oscuro, intentábamos no parar tanto. Continuábamos separados, sin hablar, cada uno en su video. Me iba tanto hacia mi cabeza que dejaba que mis pies anduvieran por sí solos. Me llegaban canciones, libros, personas, ideas, disparates y luego la belleza del paisaje me sacaba del encierro y me recordaba el placer de estar ahí, explorando un lugar realmente nuevo para mí.

Por la mitad de una duna no muy lejana había una línea gris trazada horizontalmente. Con su color marcaba la diferencia frente a todos los granos de arena. Se veía bastante delgada, pero cuando nos acercamos notamos que no era un solo trazo, sino que la formaban piedras del tamaño de un mango. Ahí empezaba oficialmente el camino a Orovilca, o sea faltaba la mitad del viaje, de acuerdo con el artesano. Nosotros guardábamos la esperanza de que sería un poco menos, porque estábamos andando sobre las rocas con los zapatos puestos y era mucho más rápido ya que no nos hundíamos como en la arena.

Se hizo de noche y varias veces se nos perdió el camino. De repente se acababan las piedras y Blaz sacaba la linterna para encontrarlo. El viento le ha tendido encima varias capas de arena, pues bastante ha pasado desde que un grupo de viajeros lo construyó.

Me fascinaba que todo fuera tan incierto. Era placentero desconocer el cuándo, el cuánto, el a dónde e incluso el por qué. En algún momento llegaremos. Solo sigue el camino.

Otras veces me entraba un afán que la fatiga no dejaba salir nuevamente, entonces se quedaba adentro, intoxicándome. ¡Jueputa, hubiéramos salido más temprano!

Bendita bipolaridad, sí que nos divertimos.

¿Cuántas dunas habremos pasado? ni hablar de cuántos granitos, y nada que vemos siquiera un árbol. La arena nunca me había parecido tan imponente. Yo la sentía toda pequeña cuando jugaba en la arenera del parque y se me hace débil cuando las olas se llevan sus palabras y destruyen sus castillos. Antes la dominaba y ahora los papeles estaban cambiando.

¿Será que pasamos el oasis hace mucho y no lo vimos? ¿Qué tal que este no sea el camino? ¿O que Orovilca sea invento del artesano? ¿O que las piedras que seguimos sean un espejismo colectivo?

Otro traguito de Arrechón.

No sabíamos si seguíamos andando hacia el sur porque la luna se nos escondió y las piedras ya nos habían hecho dar muchas curvas. Eso sí, el cielo estaba plagado de estrellas. Al menos una fuente de luz a la cual pegarse como las polillas a los bombillos. Pura atracción.

Teníamos montañas muy cerca que nos acortaban el horizonte a ambos lados y así mismo se hacían más intimidantes. Sin embargo, el enclaustramiento no duró mucho y nuestro límite visual volvió a ampliarse. El recorrido de las dunas a nuestra izquierda se desvió completamente hacia ese lado. Iban camino abajo, como absorbidas por un sifón. Pero ese hoyo hacia donde si dirigían las dunas tenía un color más oscuro que el resto de la arena. Blaz prendió la linterna. Eran árboles agrupados como un pequeño bosque. ¿No tiene laguna? ¡Entonces ese es!

Se nos cayó el cansancio. Nuestras mechas se prendieron otra vez y gritamos de la dicha. Descargamos todas las cosas y bajamos corriendo hacia el oasis. No vimos más personas, ni siquiera animales. Caminamos entre los árboles, pero ese ambiente boscoso resultaba un poco terrorífico de noche. Así que mejor acampar arriba. Entonces aprovechamos para  recoger leña y subimos.

Armamos la carpa, prendimos la fogata y comimos papa, galletas y sánduches de atún. No cocinamos nada pero al calor del fuego tocamos muchas canciones y también improvisamos. Intercambiamos voces, guitarra, xilófono y maracón. Nunca salió la luna, pero con fuego y estrellas festejamos toda la noche hasta que se acabó la leña y el frío nos mandó a dormir.

Dentro de la carpa sentía que me estaba perdiendo de tremendo espectáculo nocturno. El cielo iba a reventar de estrellas. Salí otra vez con mi cobija y me acosté en la arena. Me quedaría mirando hacia arriba hasta que me durmiera. Qué buena cama es la arena. Iba a ser alucinante despertar al día siguiente, ver el cielo en vez de un techo y recibir directamente la luz del sol. Dormiría en casa, en la casa de todos por naturaleza.

En cuestión de minutos, la tembladera me hizo volver a la carpa y adiós al amanecer mágico. Para la próxima, Orovilca de día y el regreso inesperado en alfombra voladora.

Comentarios


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Mostrando 2 comentarios
  1. Comentario por
    Angie
    octubre 19, 2012

    Juan te quedo muy bonito, que rico leer esto, un abrazo.

  2. Comentario por

    septiembre 5, 2012

    Fascinante gracias por transportarme.

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