El griego, el esloveno y Huacachina

Tengo arena en el pelo, la barba, los oídos y debajo de las uñas de las manos. No me baño desde hace seis días que nos fuimos de Ecuador y no pienso hacerlo por lo menos hasta que lleguemos a Cusco, pues aquí me cobran tres soles – algo así como dos mil y pico de pesos – por la ducha y sin agua caliente. Así que mejor me aguanto, y me importa poco si en mi lugar usted sí hubiera pagado.

Durante cinco días nuestras camas fueron asientos de buses y anoche acampamos. Desde ayer hasta hace una hora estuvimos tan cercanos a la tierra que me sentía en otro planeta. Kilómetros y kilómetros de toneladas de arena me cabían en la mirada. Ni una sola nube y el cielo viajaba entre azules. El sonido del viento al encontrarse con el resto de la materia era tan suave que parecía silencio absoluto.

Foto de Nikos Crhisto

Allá no vi más personas que a ellos dos, mis compañeros de viaje. Les contaré un poco de ellos para que se familiaricen.

Nikos, un griego de 24 años que estudió economía pero tiene pocas ganas de seguir ejerciendo. Trabajó durante un año para un laboratorio farmacéutico en Caracas, por eso habla tan bien español. Tiene mucha cara de árabe, pero en Suramérica le han preguntado si es venezolano, colombiano, ecuatoriano, brasileño, chileno, turco, albanés y en Lima un drogo le habló en hebreo, creyendo que eran paisanos israelíes. Está fascinado por la cantidad de latinas para él todas hermosas, aunque dice que sus preferidas son las negras. Hincha apasionado del Panathinaikos y fiel detractor del Olympiakos. Quiere vivir en Suramérica por mucho tiempo más, aunque por ahora tiene planeado regresar a Atenas para terminar de pasar el verano con su familia.

Blas nació en Eslovenia, tiene 27 años y estudió sociología. No ha ejercido su carrera desde que se graduó y dejó su último trabajo para viajar con sus ahorros por algunos países de este continente. Sin embargo, buscará empleo apenas regrese a Ámsterdam, donde vive desde hace 2 años. Toca guitarra y canta. Como tiene novia gallega se defiende bastante bien hablando español, aunque se desenvuelve mucho mejor en inglés. Critica bastante el capitalismo y siempre es el que regatea los buses, la comida y los hostales. Por ser rubio y de ojos azules, está condenado a que no importa el país de Suramérica que visite, para mi gente siempre será ‘el gringo’.

Nikos y Blas se conocieron hace cuatro años en Lisboa, mientras los dos hacían parte de un programa de intercambios con el que puedes estudiar uno o más semestres en cualquier ciudad de Europa a precios muy accesible. Siempre y cuando seas europeo, claro.

Planearon viajar a Suramérica algunos meses atrás. Empezaron en Caracas desde la casa donde se hospedaba el griego, luego fueron a Maracaibo y a otras dos o tres ciudades venezolanas. Después llegaron a Colombia, donde visitaron Cartagena, el Tayrona, Medellín, Cali, San Agustín y Mocoa, de las que me acuerdo. Pasaron la frontera con Ecuador que queda en Putumayo. Estuvieron en Quito y otras ciudades hasta que llegaron a Montañita, una playa de mucho jamming y circo en la calle, pero sobre todo mucho alcohol. Ahí los conocí una tarde mientras tocaba guitarra frente al mar, lejos de la zona de farra. Blas me la pidió prestada y los tres festejamos toda la tarde hasta que el sol se escondió.

Foto de Nikos Crhisto

Nuestro parecido gusto por embriagarnos de agua, arena, sol y piedras nos llevó hasta ese lugar. Buscando aventura nos encontramos. Quién sabe si fue por algo, por todo o por nada, pero sea lo que sea fue un acierto. Como haríamos la misma ruta hasta La Paz, me pareció buena idea pegármeles y a ellos también. Así que dos días después, cuando por fin logramos escapar del espíritu fiestero de Montañita que a todas partes nos perseguía con botella de ron en mano y en la noche no dejaba dormir, comenzamos el camino rumbo al Perú; país de bandera roja, blanca y roja que gobierna Ollanta Humala, como para que no digan que esto es periodismo mediocre.

De Montañita a Guayaquil, de Guayaquil a Huaquillas. Después cruzamos la frontera y el primer pueblo peruano por el que pasamos se llama Tumbes. Luego estuvimos en Piura, Chiclayo, Trujillo, Lima y en Ica cogimos la (¿o el?) moto taxi que nos trajo aquí: el oasis de Huacachina.

Yo mejor diría que se trata de un semi oasis. El único de los cuatro oasis que hay en este desierto, que todavía conserva su laguna, es también el único que tiene hostales, restaurantes, almacenes de artesanías, alquiler de tablas para deslizarse en la arena y de 4×4 para manejar por las dunas. Puede que para algunos esto sea comodidad; para mí también, pero no es lo que quiero en este momento. Yo vine a conocer un desierto, no un arenal enterrado bajo toneladas de cemento que parece un club con piscina.

Foto de Nikos Crhisto

Pero bueno, ya tuvimos nuestra dosis de naturaleza e introspección, y al final un poco de suerte y adrenalina. Hace un poco más de una hora que regresamos a Huacachina después de pasar una noche y un día en otro oasis, a muchas dunas de aquí. Orovilca no tiene laguna como este. Se secó hace más de cincuenta años, pero su bosque de huarangos y el extenso desierto que lo contiene son un paraíso psiconáutico.

Llegamos allá gracias a un artesano que ayer en la tarde nos dio las indicaciones. Dijo que subiéramos el monte de arena que en forma de media luna abraza a Huacachina, por el pico que se levanta sobre el sur. Después de bajar la duna y salir del semi oasis, habría que caminar desierto adentro hacia el sur hasta que viéramos un camino de piedra sobre las dunas que conducen hacia el occidente. Hasta ahí, calculó que tardaríamos hora y media y sería más o menos lo mismo desde que comenzáramos a seguir las piedras hasta llegar a Orovilca, inconfundible por ser el único grupo de árboles en medio de un sinuoso mar de arena.

Sin embargo, advirtió que si no llegábamos a ver el camino al oasis antes de que el sol se ocultara, sería muy difícil encontrarlo. Entonces tendríamos que regresar o acampar donde quedáramos para evitar perdernos.

Empezamos a subir por la montaña que amura a Huacachina por el sur como a las cuatro de la tarde. Vamos sobrados de tiempo para llegar al camino de piedras, decíamos, con seguridad. Ilusos.

Para la próxima contaré cómo nos fue en Orovilca, porque esto ya está como muy largo.

2 comentarios en El griego, el esloveno y Huacachina

  1. espectacular la experiencia, cuando se es joven se viaja asi de descomplicado, abierto y alegre,muy bonito el relato del paraiso de desierto,mucho calor me imagino, bien por ti

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