Espejos

Bogotá estaba fría y llena de carros, lo que no se sale de lo común un jueves a las siete de la mañana. El semáforo cambió a rojo y crucé la séptima con calle 45 camino a la universidad. Los vendedores de los carritos de dulces y salados apenas empezaban a acomodarse y no había mucha gente caminando por el andén.

Un hombre flaco, de pelo corto y chaqueta café un poco desgastada retuvo mi atención por mucho tiempo. Sus ojos miraban al infinito, no cerraba la boca y tenía la cabeza inclinada hacia un lado. Se bajó de la acera y comenzó a pasar no por la cebra sino entre los carros. Caminaba torcido y su gesto de embobado no cambiaba. Caminé más lento para no perderlo de vista, mientras me preguntaba si ese caso era encasillable en alguna enfermedad. En lugar de cruzar al otro lado, se desvió en dirección al semáforo y adelantó varios carros. Se detuvo frente a un corsa verde. De repente, se lanzó rápidamente como una fiera sobre su presa, al espejo del lado del copiloto. Lo sacudía de un lado al otro con ambas manos, y la conductora, como iba sola, se limitaba a darle al pito palmadas sin rebotar.

Nadie más pitaba. Ningún otro peatón parecía estar pendiente de la situación. El feroz tigre intentaba arrancar la oreja de un elefante indefenso, que expresaba su dolor mediante chillidos, mientras todos los demás mamíferos de este bosque de la jungla de cemento estábamos dormidos. Anclé mi cuerpo como un bote y me lancé a nadar en el océano de mis pensamientos. Rápidamente me dejé atrapar por una corriente de ira que me llevó hasta donde el agua se hacía más turbia.

Como si la voz sarcástica de un policía me susurrara al oído, me dije: ¿Tan temprano y robando? ¡Qué hijueputa tan descarado!

Me puse el traje de superhéroe  y me vi abrir los brazos para recibir el impulso del aire. Luego salté sobre la bestia que estaba de espaldas y me colgué en sus hombros. Lo halé hacia un lado hasta tumbarlo al piso, y estaba tan agarrado del espejo que este también se fue para abajo. Apreté su nuca en mi mano y mientras lo presionaba contra el pavimento grité tantas veces la misma frase que las palabras parecían desvanecerse en rugidos: {[¡Devuelva el espejo, ladrón de mierda! (bis)] (bis)} (bis)

 

Al cabo de unos segundos, todos los carros que estaban alrededor se unieron a la víctima y armaron un concierto de pitos. Los peatones pararon de caminar y ocuparon los puestos de la primera fila a la orilla de la carretera. ¡Un ladroooooón! Chilló una señora, y esa fue la señal para que varias personas del público se acercaran a colaborarme dándole patadas en las costillas. El semáforo cambió a verde, pero solo los pocos carros que había delante de la víctima aceleraron. El resto seguíamos en escena y cada vez llegaban más espectadores.

En pocos minutos llegaron dos policías en una moto. Los verdugos de turno nos separamos de la bestia para dejarla en manos de la autoridad. Lo levantaron halándolo de la camiseta; el tombo mala papa (dado que la parejita siempre está compuesta por uno mitad buena gente, mitad huevón que recibe órdenes y el que las da, un soberano hijo del desprecio) apretó su mano de gorila en la cara hinchada del tipo, lo acercó a su nariz y mientras lo chuzaba con una mirada amenazante, le dejó los detalles del castigo a su imaginación: Va a ver lo que le espera, ¡por ladrón!

La conductora víctima nos agradeció a mí y a los agentes, aún tiritando de la angustia, pero con una sonrisa que apenas comenzaba a formarse. Se respiraba cierto alivio en el ambiente; la satisfacción que emanaba el haber cumplido las normas puso a andar a los carros y los peatones otra vez. Todo se reorganizó conforme a su normalidad y las propias preocupaciones de cada uno regresaron. El antagonista ya está fuera de escena. A nadie le importa lo que vaya a pasar con él. ¡Cierren el telón! No hay epílogo, o se dañará el final feliz.

Mis ojos volvieron a contemplar la materia que tenían en frente. El tipo que yo creía enfermo dio dos o tres forcejeos más y arrancó el espejo de su base. La mujer seguía pitando pero nadie le paraba bolas. El tipo se guardó el trozo de vidrio dentro de la chaqueta y regresó al andén con su caminar extraño y su mirada demencial. Lo tenía a pocos metros; tiempo de sobra había para tirármele encima y cumplir mi fantasía de ser un héroe, o bien podía gritar ¡un ladrón! como la mujer de mi delirio y animaría a otros a cogerlo. Pero sumergido en esa agua contaminada hasta donde me había traído la corriente de ira, tropecé con un recuerdo que me transportó a la UPJ, lugar donde muy seguramente encerrarían a ese tipo si llegaba a caer en manos de la policía.

Ese edificio oscuro y frío, de un solo piso y con techo inalcanzable, donde los olores de la orina y el bazuco configuran una atmósfera deprimente y liberan una angustia que hace muy difícil dormir. Javier, que era mucho más flaco que yo y en lugar de cachetes tenía un par de dunas, se acercó y me preguntó porqué me habían metido.

¿Por un baretico? ¡No joda! Y se cagó de la risa.

¿Y a usted por qué?

Por trabajar, dijo con cierto cinismo. Javier había arrancado el espejo de un carro y creyó haber logrado escapar. Pero un vendedor testigo del hecho llamó a la policía, que se encontraba muy cerca. Lo cogieron rápidamente y lo subieron a la nevera, donde prefiero no decir que le pegaron, porque no tengo pruebas.

Vendiendo partes de carros y otros objetos, logra pagarse diariamente su alimentación, un cuarto en el barrio El Bronx y su ‘pegantico’, que nunca puede faltar.  Pero que quede claro: jamás fuma bazuco, pues según dice, eso ya es caer muy bajo.

No era la primera vez que estaba en la UPJ. Ya perdió la cuenta, pero siempre que sale al día siguiente le queda la misma lección: volver a robar, pero la próxima vez hay que estar más pendiente de los tombos. Intoxicado de ira y sacol, regresa a las calles a buscar lo que le pagará la plata del día.

Volví de mi viaje y el tipo con cara de enfermo me pasó por el lado y ambos seguimos nuestros caminos. Logré escapar de la corriente de ira una vez más, y siento que no soy nadie para juzgar las acciones de otros si desconozco su historia.

Quizás vaya a cometer otro robo, quizás no. De pronto la Policía lo atrapará en algún momento, y nadie va a saber lo que le pase durante el camino a la UPJ o cuando llegue allá.

Lo que es poco probable es que vaya a dejar de robar, pues no importa cuántas veces se visite la UPJ, al salir es evidente que el mundo sigue siendo igual de desigual: unos viviendo de las sobras de otros.

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