Televicio

Cuando era niño me gustaba mucho dibujar y salir a jugar al parque, pero nunca les di la suficiente importancia a estas actividades como para pensar que me podrían ayudar a amar la vida. En cualquier zona abundante de pasto y árboles que nos metíamos con el parche, jugábamos a ser personajes de Dragon Ball Z, Guerras de Bestias Transformers, Pokemón y hasta Yo soy Betty la fea; cuando jugábamos fútbol, nos ‘pedíamos’ a los jugadores de los clubes europeos; y los muñecos que más me gustaba dibujar eran Gokú, Déxter y los cinco Power Rangers (a veces seis) de mi época.

Siempre preferí ese juguete, que dibujaba mejor que yo y era más divertido que las hojas de los árboles y de los libros. Todos mis muñecos eran réplicas de personajes de series televisivas y las historias que me inventaba para jugar con ellos eran pobres imitaciones de lo que mi maestro Cartoon Network podía hacer, pero siguiendo la misma línea: dos tipos, uno bueno y otro malo, dándose en la jeta.

Dibujando, recuerdo que alguna vez me inventé una serie de caricaturas sobre una banda a la que llamé 40km. Los dibujaba en conciertos, llenos de público (muchos círculos mal hechos a la carrera), o a veces en sus casas o en el colegio, haciendo ‘travesuras’ como espiar a la hermana de alguno mientras se baña o haciéndole alguna broma al profesor. Ah, y eran californianos. Una evidente copia de Blink 182, ícono de la ‘rebeldía’ televisiva por sus videos chistosos. Tampoco me cabía en la cabeza que la banda ficticia pudiera ser colombiana, pues los niños de Hey Arnold, Rocket Power, El Laboratorio de Dexter, Las Chicas Superpoderosas y La Vaca y el  Pollito, eran todos gringos clase media que iban al colegio sin uniforme.

Hace más o menos dos años que le perdí el interés a la televisión. No puedo decir dejé de verla, porque me ha tocado cuando visito a alguien que la tiene prendida o en la sala de espera del odontólogo, pero escasamente he oído sobre los programas que están dando o que han dejado de dar.

Siento que debí haberle hecho caso a mis papás cuando me decían que saliera más y no viera tanta televisión. Esa es de las pocas cosas que debí obedecer. Lo único que hizo ese aparato fue quitarme tiempo mientras me mostraba payasadas sin transcendencia alguna para la vida. Me hizo frustrar alguna vez por no poder tener las golosinas y los juguetes que mostraban los comerciales de los canales extranjeros. Me hizo creer por algún tiempo que sin él todo sería muy aburrido.

Creí que la televisión jamás me volvería a quitar más de cinco minutos, hasta hace unas semanas. En la clase de periodismo radial hicimos un programa sobre las series animadas que ‘más corazones tocaron’ en las últimas tres décadas que emitió Javeriana Estéreo. El día que se decidió sobre qué trataría, no pude llegar, por lo tanto tuve que atenerme a la decisión de la mayoría. En el programa se habló sobre Topollillo, Sailor Moon, Dragon Ball Z, Pokemón y otros que no me acuerdo y se emitieron una serie de testimonios donde la gente contaba con nostalgia sus experiencias con esas series.

¿Nostalgia de qué? ¿Qué aportaron esos programas que ante nuestro vacío espiritual lograron de seducirnos convirtiendo las manifestaciones culturales en chistes pendejos? ¿Qué importancia tiene para la vida unas telenovelas donde siempre el hombre o la mujer de clase alta se enamora del hombre o la mujer de clase baja? ¿De qué sirve un programa donde el objetivo es parecerse a un ícono de la farándula hasta que lo confundan con él?

Ah sí, cierto que se trata de entretener, de divertir, de unir a la familia. De relajar y no dejar hacer esfuerzo alguno a quienes durante horas estuvieron encerrados en cuatro paredes y han gastado toda su energía como para poner a viajar su cuerpo y su mente. Es una forma de descansar, que para no tomarse el trabajo de pensar en lo que uno quiere, tiene fijado un horario y ofrece ciertos productos por si no sabes en qué gastar tanto dinero. Es una manera de ocupar en algo a la gente incluso cuando dice estar desocupada. ¿El humano no sabe para dónde va? Que vea un poco de televisión a ver qué se le ocurre.

Nada tengo en contra de los documentales históricos, sociales y sobre investigaciones científicas, que son medios que pueden incitar al televidente a ir más allá de la pantalla, el problema es que la mayoría de la televisión actúa como un fin y quiere que no te despegues del sofá.

Pero todo está muy bien organizado: trabajos mecánicos que agotan las ganas de mirar más allá de la pantalla. Para actuar más como humanos y menos como máquinas hay que diferenciar entre qué es lo que nos integra y qué es lo que nos distrae del resto del universo. ¿Será que esos trabajos son distracciones al igual que la televisión? Reflexionemos, así el mundo de la diversidad de pensamiento y la libertad de expresión nunca nos haya enseñado otra forma de ‘ganarnos la vida’.

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