Pelean porque no eres legal

La crítica más común de la estética al arte moderno es que las obras son despojadas de su valor espiritual y por lo tanto quedan, como diría Erich Kahler, humanamente incompletas. Su importancia se debe solo a su presencia material, de donde se desprenden fines mecánicos y políticos. Eso es lo que producimos hombres y mujeres occidentales (¿u occidentalizados?) de hoy: objetos al servicio de la razón humana, una razón cada día más distante de ese más allá que la sostiene y la pone a caminar. Aquello que le recuerda que todos los seres vivos hacemos parte de uno solo, pero que trivializa por su complejidad.

Salientes de la profundidad, aprovechamos entonces la facultad de razonar que nuestros coterráneos no tienen para ponerlos a nuestro servicio: en lugar de ayudarlos a vivir, convertimos al resto de la naturaleza en insumos del mercado.

Quienes padecen la peor suerte son las plantas que llevan al consumidor a explorar las maravillas del inconsciente. Su validez en este mundo es puramente física, por lo tanto se legisla con base en lo que se puede ver: su consumo excesivo agota neuronas. Nunca ha sido beneficioso para nadie el exceso de algo, pero las personas son muy propensas al abuso de plantas psicoactivas y sus derivados.

Más que por los porcentajes de adicción que muestran los científicos, la gente empieza a consumir frecuentemente porque experimentan sensaciones muy placenteras. Los gobernados que no obedecemos a su prohibición olvidamos que pueden ser algo perjudicial y las valoramos por sus fines recreativos y como se trata del libre desarrollo de la personalidad de cada uno, suplicamos que las legalicen.

¿Legalizar para qué? ¿Para que siga siendo una alternativa de ocio pero sin restricciones?¿Para que los grandes empresarios entren a competir en el negocio y puedas comprar marihuana hasta en el Éxito?

Los gobiernos hablan de ‘legalizar la droga’, es decir, seguirán siendo drogas de todos modos. La legalización es necesaria para disminuir los índices de violencia en Colombia, pero las sustancias psicoactivas seguirán siendo un problema de salud si no se es consciente de que son mucho más que juguetes.

Está tan banalizada la idea de alterar la conciencia que la psicodelia de la naturaleza es tan reemplazable por los preparados químicos como los jugos de frutas por gaseosas: lo importante es la necesidad que tiene el cuerpo de saciar su sed. En cuanto a la conexión energética entre el humano y la tierra cuando este come de su fruto… eso es cosa de hippies.

La coca y la marihuana son regalos de dioses para los pueblos incas y la cultura rastafari, respectivamente.  Lo mismo es la salvia divinorum para los mazatecos y el peyote para los huicholes, en México. Estas plantas los ayudan a tener contacto con un mundo tan lejano que sus cinco sentidos no alcanzan, y por eso les agradecen y las respetan.

En occidente cambia un poco el movimiento. La coca se confunde con un preparado químico a partir de ella que no necesita presentación para los colombianos. Entre más porcentaje de THC tenga la marihuana, más codiciada. Del peyote se saca la mezcalina, que viene en polvo o en pastillas y es popular en Europa. La salvia divinorum, que todavía es legal en varios países, es la droga de moda entre muchos adolescentes estadounidenses, a quienes les parece muy divertido que los filmen bajo el efecto de esta poderosa planta y luego suben el video a YouTube.  Lo que para otros es fuente de energía, para nosotros es un parque de diversiones.

Concienciarse del valor espiritual de las plantas psicoactivas evitará su excesivo consumo, porque llegará el día en que no se necesitará de su ayuda. Por eso es importante una reeducación sobre el tema. No esperemos a que los gobernantes nos reeduquen, si el respeto por la madre tierra nunca ha sido compatible con su democracia. Su reloj nos hipnotiza y nunca nos va a despertar. Hagámoslo nosotros mismos, reeduquémonos sobre el uso de psicoactivos. Así, si algún día llega a haber legalización ya estaremos preparados.

O quizá muy adelantados.

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