Les molesta el olor de la unidad

A la gran ola de jóvenes de varios lugares de Colombia que comenzó a protestar a favor de la paz, el amor, la libertad y la armonía con la naturaleza a mediados los sesenta haciendo música, pinturas, artesanías, poesía, baile, deporte y consumiendo psicoactivos había que ponerle un nombre. Los medios nacionales los llamaron igual que el periódico californiano The San Francisco Examiner a los suyos algunos años atrás. En el distrito de Haigh – Asbury en San Francisco nacieron los primeros hippies, según la historia oficial.

Pero nunca fue una doctrina. Había una mezcla de gustos por diferentes psicoactivos, tipos de música, religiones y juegos. Ellos mismos preferían llamarse ‘gente bella’, aunque en recientes apariciones en los medios, algunos sobrevivientes de esa época, como la actriz de teatro Patricia Ariza, se refieren a ellos mismos como hippies. Se sienten orgullosos y dicen que lo siguen siendo.

Se trataba de un fenómeno social que crecía rápidamente comenzando la década de los setenta. Como era una amenaza para el orden establecido, había que darle nombre al enemigo.

Hoy en día muy poco se escucha a medios y políticos hablar de hippies, a menos que sea para referirse a una moda que pasó hace más de cuatro décadas. Los policías, por su parte, ahora creen que se trata de jóvenes cuya única razón para vivir es la marihuana y que les gusta fumarla en los parques solo para espantar a los ciudadanos de bien.

Sin embargo, el hippie todavía anda por las calles. Ahora habita en las cabezas de mucha gente como un prejuicio que cierra las puertas a cualquier comentario o acción que muestre la importancia de ser más respetuosos con la naturaleza o de disfrutar más el cuerpo y la mente. Basta con decir que les parece ‘muy hippie’, como si se tratara de otro producto más que está a la venta en esta sociedad tan pluralista y democrática. De un conjunto de ideas como cualquier otro que se debe respetar por aquello de que es tu libre desarrollo de la personalidad y tienes derecho a expresarte.

Pero antes que respetarse, se ignoran. Se excluyen porque no hay cómo incluirlas dentro de las reglas del juego. Como van en sentido contrario, dicen que no tienen sentido. Oírlas es tan ofensivo para las normas de conducta como cuando suena un pedo. El que se lo tira en público, como el que habla de dejar las armas y dejar vivir todo lo que vive, puede ser visto como un payaso, un mal educado, o simplemente está enfermito. Estigmatizar a alguien como hippie es la mejor alternativa para ahorrarse el tiempo que corre el riesgo de desperdiciarse en reflexionar sobre un discurso con aliento a hierba.

Pero ese prejuicio y otros similares no afectan a quienes los reciben tanto como a los que los dan. Las ideas excluidas son transportadas por muchas naves que viajan juntas hacia la salida de la estrella de plástico y no gastan mucha energía ayudando a las que definitivamente no quieren despegar. Aquellas naves parqueadas levantan sus prejuicios como muros y encierran a otros en casillas que solo existen en sus egos. Están decididos a no escuchar lo que los pueda hacer sentir regañados y a desechar lo que no tiene precio ni uso alguno. Creen que su opinión es tan acertada que habrá quienes mueran sin haberse enterado de que hay algo más que solo ellos.

Es difícil ser humanos cuando la mayor parte de nuestro tiempo se nos va siendo fichas y hay que encerrarse en un mundo de artificialidad para mantenerse con vida. Difícil sentir la conexión con todos los seres vivos cuando los problemas siguen siendo los mismos desde que nos desconectaron del resto. Tanto la abundancia como el hambre hacen difícil pensar en algo más que querer tener más o tener aunque sea algo. Lo que no es tan difícil es hacer un esfuerzo por escuchar sin que la ropa desvíe la atención.

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*