Lejos del sol

 

El inti raymi (la fiesta del sol, en quechua) se celebraba en el imperio inca durante el solsticio de invierno, que es cuando el sol se encuentra a mayor distancia de la proyección extraterrestre de la línea del ecuador, el ecuador celeste. En el hemisferio sur, ocurre entre el 20 y 23 de junio; en ese momento el día se hace más corto que la noche, y para esta antigua civilización significaba el comienzo de un nuevo año.
Hoy en día esta celebración la conservan numerosos pueblos indígenas en Colombia (Nariño), Ecuador, Perú y Bolivia. Mediante rituales, música, bailes y caminatas, se le agradece al sol por ser fuente vital de energía y haber hecho posible el cultivo de alimentos durante todo el año. Después se le pide que las cosechas del año que viene sean mejores.

 

Sobre el sol nos hablaron a temprana edad en el colegio. Que es una estrella muy, muy caliente que sale por el oriente cuando comienza el día y unas horas después se nos esconde por el occidente dando lugar a la noche. Que además de darle calor y luz a nuestro planeta, es fuente de vida para todos los seres. Y que los rayos solares, que el efecto invernadero, que la fotosíntesis, etcétera, etcétera, etcétera.

 

Todo eso está en los libros escolares. Bastante se ha dicho de la importancia del sol, pero permanece en muchos como una idea que rara vez se pone en práctica. Son demasiados los que pasan ocho horas de su día dentro de un edificio digitando números frente a una pantalla, contestando el teléfono o barriendo el piso. Encerrados en cuatro paredes de hormigón, que además de bloquear los rayos solares, impide el contacto directo con todo lo natural, el mundo del que realmente formamos parte. Durante todo el día, desde lo avivador que es en la mañana hasta lo bello que es en la tarde, remplazan el sol por millones de bombillos. Diariamente, pasan por cinco cielos: el techo de la casa, el del carro o el bus, el de la oficina y el del restaurante. El que tiene nubes y es azul es en el que menos tiempo duran. Se usa como túnel que interconecta los otros cuatro.

 

Muchos andan muy ocupados en ‘ganarse la vida’ como para pensar si el mundo es algo más que el insumo de este juego que llaman realidad. Es difícil sentirse parte del ‘todo’ si no se vive. Hay que trabajar, trabajar y trabajar en lugar de tanta traba. Por eso el sol es como un bombillo más. ¿Y quién le da las gracias a un bombillo?

 

 

Es costumbre para muchos ir a la iglesia los domingos a agradecerle a unos muñecos de porcelana. Pero como el sol no tiene ojos, nariz, boca, orejas, manos ni pies como nosotros, no creemos que su ayuda sea intencional. Es muy fácil sentir su importancia para el cuerpo, pero difícil para el espíritu, porque nos tocó una época en la que el dominio de la naturaleza es más razonable que convivir con ella.

 

Se le saca provecho en vacaciones, o sea casi siempre dos semanas, y los fines de semana. Son como ciento catorce días, casi la tercera parte del año. Es un tiempo considerable, pero la naturaleza no es lo primordial. Lo que importa es producir para poder comprar cosas que disminuyen los esfuerzos físicos y mentales y elevan el estatus. O en otros casos, para sobrevivir. Recibir sol es ocio, y si lo que uno quiere es ocio, mejor la televisión. Hay cosas más importantes para preocuparse que por algo que no hace parte de la rutina laboral.

 

La revista inglesa de medicina The Lancet publicó en 2002 un estudio donde se comprueba que entre más luz solar se reciba durante el día, aumenta la producción de serotonina. Se trata de un neurotransmisor que produce la glándula pineal en el cerebro y que tiene múltiples funciones. Inhibe la ira, la depresión, el cansancio y el estrés y regula el deseo sexual, la temperatura corporal, la actividad motora y las funciones cognitivas y perceptivas. La producción de esta hormona aumenta durante el día, lo que hace que la persona esté despierta. Pero durante esas horas de sol hay mucha gente en la sombra de la empresa, ocupada en cosas que causan lo que una gran concentración de serotonina es capaz de inhibir.

 

Aunque sea la hormona que activa el cuerpo y la mente en el día, hay gente que pasa la mayor parte del tiempo encerrada y sin hacer ningún tipo de actividad física que alcance a beneficiar su salud. Mientras, sus mentes se enfocan en interiorizar las reglas del juego, un discurso muy respetuoso de los niveles de la pirámide. La luz no encuentra por dónde entrar.

 

 

La OMS recomienda hacer treinta minutos de actividad física, cinco días de la semana, para mantenerse saludable. Caminar y trotar en la calle, subir escaleras y cargar libros o cosas pesadas, equilibra el calcio en los huesos, conservándolos fuertes. Si no hay calcio, puede producirse osteoporosis. Este mineral se encuentra en alimentos como la leche, el huevo, la espinaca, la col rizada y el tofu. Con la vitamina D que producen, los rayos solares mejoran la absorción del calcio para que se fije en los huesos. Por eso el médico internista que tengo como fuente de dinero y también periodística, mi papá, recomienda exponerse al sol como mínimo quince minutos diarios sin usar bloqueador y lo más desnudo que el lugar y las inhibiciones morales de cada uno lo permitan. El exceso de sol es perjudicial para la salud, por lo que a veces es necesario disminuir su penetración con químicos farmacéuticos o un bloqueador natural, para ser más consecuentes.
Sin embargo, que el sol beneficie o perjudique la salud es una cuestión mínima.

 

El sol es fundamental para la existencia del cuerpo y el espíritu. Él, nosotros y todo lo igualmente natural, formamos parte de un todo que respira. Más allá del ego y de lo artificial, hay un mundo que no se impone con violencia ni con mentiras. Un mundo que nos necesita, así como el mundo de la economía de mercado necesita a los superhéroes del comercial de Coca Cola. Hay esperanza, pero todavía hace falta luz.

 

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