Soledad Acosta o el Mirador de las violencias

Soledad Acosta de Samper. Tomada de http://cerosetenta.uniandes.edu.co/wp-content/uploads/2013/04/soledad100.png>

Al volver a estas páginas de Soledad Acosta de Samper, que conocí hace algunos años en las clases de Carolina Alzate, me ha quedado el sin sabor de no haber visto en su momento lo que esta prosa tenía para decirme. Valorar a la luz de nuestra historia la precisión de esta mirada, que no puede ni debe agotarse en un inventario de nostalgias. Seguramente eran otros los intereses, otra mi visión de esos días. Había que seguir las rutas del deslumbramiento académico, tratar de escribir lo mío entre tantas distracciones. Marcharse del país, evitando cualquier reflexión que me invitara a quedarme. Una mirada que coincide con una generación nómada, que ha arrojado los centros del sentido lejos de casa. No interesaba una escritura que demorara su interés en nuestras cosas, hablo de mi ciudad y del lenguaje de mi ciudad. Que enfrentara estos entornos para entenderlos o cambiarlos, siendo un lenguaje que describe y descubre, teje y desteje sus atmósferas, como esas mujeres “severas” que nos indagan en sus relatos.

Las mismas razones, creo, hacen de la lectura de Soledad Acosta una rareza entre los jóvenes, demasiado ocupados en sus planes. Tratar de escribir un extrañamiento propio –hablo de los que quieren escribir– que pareciera no dejar pie para las huellas de un fantasma: aquello que fue y en nuestro desprecio desplazamos, ciudades y autores, voces que hoy son niebla. Lo que pudo ser y no cumplió la cita. La fecundidad de las promesas jamás realizadas, y que encarnadas en nosotros son un fracaso espectral y movedizo. Tenía razón Eric Hobsbawn cuando hablaba de una “perturbadora” tendencia de este siglo a “destruir los mecanismos sociales y culturales que vinculan la experiencia del individuo con las generaciones anteriores”.

En medio de este panorama de olvidos y desdenes sistemáticos, la publicación de estos relatos supone un rescate invaluable de nuestra intimidad perdida, esa que no aparece en los libros de historia ni en nuestros monumentos del siglo XIX, y que de no ser por la literatura estaría condenada a los archivos judiciales, tal como ocurre con una parte importante de la memoria indígena. Pero también supone una promesa. Que estos libros “al viento” aparezcan en los lugares de paso, buses y bibliotecas, colegios, desde el epicentro de esta “modernidad líquida”, caracterizada por espacios inestables y conexiones difusas, hará que estas memorias circulen de mano en mano redefiniendo los contornos de la ciudad, volviendo a poblar de ecos nuestros nombres. Palabras lanzadas de un naufragio a otro, al encuentro de quién sabe qué rostros e historias, cuántos reencuentros inesperados.

“Mecanismos de la memoria”, decía el historiador Eric Hobsbawm. Y no encuentro una expresión más adecuada para hablar de estos tres relatos: “Mi madrina”, “Un Crimen”, “Un venganza”, los mismos que hoy tengo el gusto de presentar junto a la misma persona que me los dio a leer por primera vez, Carolina Alzate, y que con Monserrat Ordóñez ha venido cuidando esta obra por razones que hasta hoy entiendo.

Desde una distancia prudente, resultado del exilio de la autora o de un afán de perspectiva, de una exclusión de mujer que ahora se vuelca ante nosotros, insumisa, llegan a nuestras manos estas memorias. Soledad Acosta parecería ser muy consciente de que la función de un escritor, antes que otras, es impedir que lo que en él ha muerto se quede impune. Y por eso escribe estos relatos. Desliza su pluma al interior de los cuartos, en la intemperie de los caminos inseguros, como el que lleva una pequeña vela hacia dominios extraños.

Estos relatos nos hablan de un mundo en conflicto, de cuadros y relatos que, por coloridos y en ocasiones “aleccionadores”, no son menos alarmantes. Al interior de ellos, en días acostumbrados a la guerra y las revoluciones, dentro de casas separadas por “pesados cerrojos”, sexistas hasta la médula, la palabra de Soledad Acosta se despliega entre los ámbitos, casi sin proponérselo, cruza las fronteras y paredes como quien quiere reclamar por otro tipo de comunidad.

Dos movimientos parecerían impulsar esta mirada trasgresora. La de quien entra en ese mundo de mujeres y cuenta sus rutinas con asombro, sin juzgarlas, se mueve con cariño entre las cosas, incluso en lo indebido, como es el caso de aquella licorera ilegal que se nos muestra con candidez más que con moralismos. Otro que lleva una sensibilidad femenina, la del “Corazón de mujer”, hacia un mundo de hombres que se matan por honor o por dinero. El primer estadio de la Violencia en Colombia que anda en párelo con las guerras civiles y las luchas políticas.

Ejemplo de este primer movimiento es “Mi madrina”. Aquel mundo divido por los sexos, de las mujeres en la cocina y los hombres en la calle, no impide que este niño, como “Apolo entre las musas”, nos dice el texto, logre situarse a través de esa atmósfera femenina. Cuenta “sus cosas delicadas” con el mismo cuidado. Habla de sus rutinas anónimas, como aquella de ir por musgo a los cerros en tiempos de navidad o cuidar plantas nativas en sus jardines y despensas. Más que una racionalidad-otra nacida de la mujer, asunto que no se puede descartar, hay una historia de las mujeres tan oculta como indispensable, una memoria subyugada, que desdice cualquier proyecto de una historia única u oficial.

Hacia esta historia, en un acto de desdoblamiento que se mira de vuelta, Soledad Acosta encontraría en estos ojos de muchacho su espejo reflexivo, la perspectiva suficiente para nombrar sus asuntos. Y así es que rescata la intimidad de esa ciudad de puentes y adoquines, desterrada o sepultada en un afán de demoliciones que todavía continúa. Movida por una ausencia de apropiación vergonzante, que aún desde distintos factores, ayer en lo reciente de la independencia como hoy en la globalización, no termina de afianzarse. “Cada vez que estallaba una revolución”, nos dice el cuento, “mi madrina se mostraba muy chocada, asegurando que este país no se compondría hasta que volvieran las españoles”. Pero esta palabra, narrando con detalle, es quien precisamente responde a estos desganos, mirando los espacios desdeñados como la posibilidad de un mundo nuevo para que habite su palabra. Un nuevo descubrimiento, sin los alcances de escrituras posteriores, pero descubrimiento al fin y al cabo, aquí en los espacios privados como afuera con los jardines y los caminos.

Una especial importancia tendría en este cuento la descripción de la cosas. Lo que pudo leerse como una aburrida enumeración de objetos, quisquillosa e irritante, hoy reviste un carácter antropológico de la mayor importancia. Pienso con Perec que este es el mundo de las cosas, son ellas nuestras protagonistas y amantes, lo que ha quedado alrededor, a falta de un espejo lo suficientemente fisurado para retratarnos. A contramarcha de esta mirada que taza y calcula ―Marx hablaba de un fetichismo de las mercancías―, páginas como estas vuelven a hacer de nuestras cosas vasijas de la memoria. Testigos de comercios y transformaciones políticas. Imaginarios religiosos, expediciones a lomo de mula que remontaban el Magdalena. Sincretismos y abandonos de aquel mundo de ayer. Todo un cruce de culturas recordadas con nosotros y en nosotros, como a través de un museo imaginario:

La salita tenía una ventana alta que daba sobre la calle, con poyos esterados, y en lugar de vidrieras un vestidor de percala. Dos canapés forrados en damasco amarillo de lana, cuidadosamente cubiertos con sus forros blancos, dos ídem de zarza, desiguales, cuatro grandes sillas de brazos y espaldar de cuero con arabescos dorados, y dos mesitas con sus cajones del niño Dios… se veían monos, pavos, caballos, etc., hechos con tabaco y con patilla popayaneja.

Si este primer relato nos habla de una violencia soterrada, detrás de las paredes y en las palabras, entre los géneros y las clases: aquello que ha dejado la guerra en las esferas de lo privado, en los siguientes dos relatos una violencia directa es la que ocupa las páginas, vista ahora desde una terrible pasividad, y que en uno u otro caso fractura la vida de estas mujeres hasta volverlas heroínas trágicas.

Advertía García Márquez que la verdadera literatura de la violencia, antes que en el lugar de los hechos, ocurría entre los que siguen vivos, y que ahora mismo esperan desde sus casas “con sudor de hielo”. Y esta autora, casi cien años antes, es quien parece fundar este camino, cuando esta violencia apenas comenzaba. Algunos han preferido nombrar estos horrores desde una lacerante cercanía, con nombres propios, dándoles la palabra a las víctimas en una suerte de conjuro. Otros, es el caso de Soledad Acosta, han escogido una distancia reflexiva para tratar de entender, señalar. Recuperar una mirada atenta como el que quiere que estos hechos no se vuelvan habituales. En su famoso estudio de la Violencia en Colombia, desde la otra orilla, también señalaban Fals Borda y Umaña, Monseñor Guzmán, que el verdadero drama de la violencia ocurría en la “patológica” habituación de los sobrevivientes, esos que miran al margen no sin cierta indiferencia.

Apartados de la violencia en las laderas de “El valle”, lugar literario que sería todos y ninguno, es donde ocurren los otros dos relatos, “Un crimen” y “Una venganza”. Que la casa se llame el “Mirador” sería una escogencia más importante que el dato topográfico. La mirada de Soledad Acosta, apartada de los hechos como sus personajes, arrinconada por ellos así sea desde el exilio, escoge un punto alto para darle a los horrores su perdida unidad, su carácter de Tragedia colectiva. Y así es que mira en perspectiva la mezquindad de la política aliada con fuerzas oscuras, un fenómeno tan tristemente repetido en nuestra historia, el machismo congénito en el absurdo del honor, otra violencia, los crímenes de estado en la complicidad insolidaria de los habitantes. Basta “un crimen”, los móviles del absurdo que lo mueven, pero esta autora ya nos advierte de los dramas del desplazamiento, el delito político encubierto entre lo anónimo. Un crimen como decir el origen de todos los crímenes, rompiendo aquella atmósfera de paraíso con el sonido de tres disparos:

[…] ya no se distinguía el paisaje sino confusamente y sólo la parte más alta de los cerros brillaba con los últimos destellos del sol. Un momento después se hundió bajo el horizonte y al mismo tiempo se oyeron dos, tres tiros, cuyo estruendo repicó de cerro en cerro.

-¡Dios mío! ¡Dios mío! –gritó Luz levantándose convulsa, y tambaleándose hubo de apoyarse contra la pared de la casa.

En aquel mismo instante los niños gozosos retozando en el baño de la quebrada, ¡y un pajarito posado en una rama del árbol vecino cantaba alegremente sus adioses al día!

Qué vieja es nuestra violencia. Desde este camino, apenas entrevisto entre las ramas, ya estaban los poemas de Fernando Charry Lara y Emilia Ayarza, de Mery Yolanda Sánchez y Piedad Bonnett, tan desatendidos por nosotros como la súplica de esa mujeres, y que una y otra vez le advierten a sus hijos o esposos que no se marchen. “Ya se ve, pues, que comenzábamos adiestrarnos en esto de matar, en que tantos progresos hemos hecho después,” decía el pintor José María Espinosa en el epígrafe de un país. Otra mujer de estos años fue capaz de decir lo mismo, ella con la poesía como Soledad Acosta con la prosa. Se trata de Josefa Acevedo y Gómez, quien se pregunta por la tumba de su padre, “el tribuno del pueblo” José Acevedo Gómez, perdida en los indómitos parajes de los Andaquíes colombianos.

La misma violencia aparece en el tercero de estos relatos, “Una venganza”, solo que ahora aparece al interior del pueblo. El móvil inicial de estas venganzas no es otro que el dinero, perdidas las máscaras de la simulación o los supuestos valores. Con “El valle” vuelven hasta nosotros las memorias de una vida campesina, mostrada en su dignidad de pisos de tierra y techos pajizos, chocolate. Un país atravesado por el Magdalena, en el que la violencia, representada en este caso de la delincuencia común, ha comenzado a dejar sus estragos. Nos dice Soledad Acosta en la que podría ser “moraleja” de esta fábula desalentada: “el hombre ama a quien ha protegido y hecho beneficios, y odia a las víctimas de sus malas pasiones, considerándolas seguramente como una viviente reprobación de sus actos”. Y de verdad que ha sido cierta esta máxima, del uno que liquida al otro para evitar su espejo, escapando de cualquier reconocimiento.

Aunque no convenza demasiado esta esperanza en los valores cristianos, la fe de la autora en el remordimiento de quien mata, desata un proceso psicológico que nuestra compulsión violenta ha sabido burlar. Quizá este cuento vaya muchísimo más lejos que esto, más lejos incluso que las creencias de su autora. Lo que paraliza al criminal, más que un valor específico, que una culpa demasiado intelectual para alguien que asesina por dinero, podría ser el acto mismo de la imaginación, magistralmente descrito en el cuento. El hecho de verse en los ojos del muerto, reconocerse en ellos como el asesino que es:

[…] se estremeció y, como obrando bajo un impulso para él hasta entonces desconocido, y atraído por la mirada luminosa de su víctima, permaneció allí sin movimiento y atareado hasta que vio pasar por la fisionomía del caído la última agonía de la muerte. Aquella escena muda duró apenas unos segundos; pero el bandido creyó que aquella agonía había durado años de horrible martirio para él […]

Más adelante, ante la inminencia de la condena, se dice el asesino en este reconocimiento doble, de él en los ojos del otro y del otro en sus ojos, ambos asesinados: “―¡Los ojos… !Oh! “¡Me han matado!”” No vuelven los que mueren. El brillo de sus ojos permanece intacto, haga lo que haga la literatura. Pero si imagináramos todas las posibilidades irresueltas que se truncan en un crimen, todas las promesas, quizás podríamos entender que es lo que muere cuando se mata. Recuperar la indignación, pariente del asombro de estar vivos.

Muchos autores pensarán que la historia, antes que redimirnos, puede aplastarnos en su fardo de terrores. Que el fármaco de la memoria es, en el caso de Colombia, una pócima perturbadora, y que debe mantenerse por “fuera del alcance de los niños”. Pero olvidar estos hechos también es ignorar que nuestros actos, por distantes que sean, son su siniestra consecuencia, también nuestras palabras. Que somos su oscuro monumento, siempre con el riesgo de repetirnos.

Estas palabras al viento nos encuentran ahora y son como una memoria que se busca un cuerpo. Escriben su hazaña con cuidado y distancia, con doloroso cariño, negándose a que las muertes sean cifras e indiferencia cómplice, asunto resuelto, pues vuelven a ocurrir cada que las leemos. Imaginarnos lo que hubiera ocurrido con ellos apartados del crimen, sus matrimonios y destinos, sus esperanzas, sería acercarnos al país que no pudimos tener. Mirar a los ojos al fantasma para medirle el pulso, como quien mira para quedarse y por eso escribe, escribe como puede, le entrega a los que vienen su parte de luz y de desgracia.

  • Isabel Corpas de Posada

    Excelente página que recoge hermosamente el hacer de Soledad. Lamentaba haberme perdido el acto de lanzamiento de Libro al viento. Me alegra haber recuperado esta posibilidad. Disfruté esta lectura. Felicitación, Isabel Corpas de Posada

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